Plaza Mayor n° 6, Soria, España

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RECIBIMIENTO DE NUEVOS MIEMBROS EN LA MAESTRANZA DE MÉRIDA DE YUCATÁN.

Hace escasas fechas, hemos recibido en esta Casa Troncal cumplida invitación para asistir a los actos de recibimiento de nuevos miembros, que para este año patrocina el Capítulo Jurisdiscional de España, de la Maestranza de Caballería de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Mérida de Yucatán.
Los actos, que serán presididos por S. A. I. y R. Don Andrés Salvador de Habsburgo-Lorena y Salm-Salm, Archiduque de Austria, Hermano Mayor Protector de la Maestranza, junto con su Teniente de Hermano Mayor y la Dama Principal , comenzarán a las 20.00 horas del día 11 de diciembre de 2010, en la Caserna de Fuente Pizarro (Collado-Villalba, Madrid).
En esta ocasión la ceremonia tiene un carácter extraordinario, ya que estará organizada por el Capítulo Jurisdiccional de España, para recibir en el seno de la institución a los 50 Caballeros y Damas de nuestro país  que han sido aceptados en la misma, a lo largo del año 2010.Del mismo modo y en dicho acto, se tomará juramento a Maestrantes pertenecientes a los Capítulos Jurisdiccionales de México , Guatemala , Canadá , Puerto Rico , Portugal , Italia y Japón , venidos ex profeso a tan importante ceremonia.
La misma finalizará a las 22.00 horas con una cena y baile de gala.
Como ya hemos apuntado en otras entradas de este blog, esta corporación, fundada para honrar las tradiciones caballerescas, fue creada el 20 de Enero de 1988, dentro del seno y bajo los auspicios del Instituto Mexicano de Genealogía y Heráldica, y reivindica el recuerdo del proyecto, nunca autorizado, de un grupo de 31 caballeros de la Nueva España, quienes, con el apoyo del Virrey Don Juan Vicente Güemes, pidieron autorización real, el 3 de febrero de 1790, para poder crear la Real Maestranza de Caballería de México.
Con este antecedente, se constituye esta flamante entidad, que adopta la denominación de Maestranza de Caballería, con el fin principal de fomentar las artes ecuestres y el conocimiento sobre la cría caballar. De igual forma, sus actividades se dirigen al ejercicio y práctica de los deportes hípicos y a honrar a todas aquellas instituciones y personas que ensalcen con orgullo, en cualquier parte del mundo, el nombre de Mérida de Yucatán.
Por |2020-11-13T03:48:48+01:00domingo, noviembre 28, 2010|

DON JUAN ANTONIO DE VERA Y ZÚÑIGA,UN PÍCARO CONDE GENEALOGISTA, Y UNA CREENCIA MUY ARRAIGADA.

Por D. Jorge A. Vera-Ortiz, Caballero Linaje Chancilleres de esta Ilustre Casa Troncal.
Este estudio, con algunas breves modificaciones, es parte de otro del mismo autor, aparecido bajo el título: “Linaje emeritense de don Juan Antonio de Vera y Zúñiga, un pícaro conde genealogista y una creencia muy arraigada” en el Boletín Nº 257 del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas, Buenos Aires-Argentina, noviembre-diciembre de 2009, pp. 27 a 50. 
Por motivos relacionados con el formato de este blog, como así por razones de espacio, hemos prescindido de las notas marginales sobre la bibliografía consultada por el autor.No obstante ponemos a disposición de cualquiera de nuestros lectores, o de un eventual investigador que lo necesitase, el texto íntegro que compone el artículo.
El segundo solar de origen y su posteridad encarnada en la familia originaria del Reino de Aragón, los Vera y Aragón de Estepa y Vera de Mérida, yace en la castellana, Muy Noble y Leal Ciudad de Soria, dentro de la Casa Troncal de sus Caballeros Hijosdalgo de los Doce Linajes, de tal manera que se puede afirmar a ciencia cierta que este linaje tuvo un doble origen: ARAGÓN y SORIA.
Hemos querido, bajo el título: “Un pícaro conde genealogista y una creencia muy arraigada”, dar nuestra opinión sobre la creencia o parecer que tendría la familia Vera y Aragón respecto de una leyenda muy antigua referida a su supuesta y fabulosa ascendencia de la Casa real de Aragón, dado que por la época en que les tocó vivir, debieron alternar su relación con obras genealógicas apócrifas de los Vera de Aragón, en donde la pluma del conde de la Roca, don Juan Antonio de Vera y Zúñiga, no permaneció ajena.
Al escribir sobre este personaje, hombre de ingenio, nacido en el siglo de oro, embajador, brillante escritor clásico, literato, historiador y genealogista, no podemos soslayar sus peculiares sesgos personales vinculados a su quehacer genealógico. Su participación, sin que le temblara el pulso para falsificar autorías en diferentes obras sobre el linaje de su familia paterna, ha ejercido influjo en genealogistas de su tiempo y en epígonos posteriores que, lamentablemente para la ciencia genealógica, ha dejado huellas dignas de censura. Cabe expresar que el presente estudio forma parte de otro que tenemos en preparación en el que nos extendemos y profundizamos sobre esta cuestión.
 A la izquierda: retrato realizado por Goya actualmente en el Museo de San Diego, en California) del Marqués de Sufraga o Sofraga, don Vicente María Vera Ladrón de Guevara, Duque de la Roca , con grandeza de España de 1ª clase por gracia de Carlos IV, perteneció a la Orden del Toisón de Oro en 1794 ; de la rama emeritense del 1er. Conde de la Roca, don Juan Antonio de Vera y Zúñiga y de su tío el agustino don Fray Fernando de Vera, Obispo del Cuzco, Obispo Auxiliar de Badajoz.
A la derecha: retrato realizado por el profesor Francisco Mansi, que se encuentra en el Museo Histórico de Corrientes, de un deudo de Estepa del Conde de la Roca, Juan de Torres de Vera y Aragón , último Adelantado del Río de La Plata y fundador de Corrientes en 1588, hermano de Carlos de Vera y Aragón y Torres, Alférez Mayor, Familiar del Santo Oficio de la Santa Inquisición de Córdoba y antepasado de los Vera americanos y de Francisco de Vera y Aragón y Torres, Caballero del hábito de Santiago, Comendador de Corral y Almager, Embajador ante la S.S. Gregorio XIII y ante el Dux de Venecia.
De genealogías esclarecidas y citadas, estas personas, en el Capítulo del Linaje Chancilleres de los Doce de Soria, “de los sucesores que descienden de los Caballeros del Linaje Vera de la ciudad de Soria”, por Mosquera de Barnuevo en su Numantina .

UN PÍCARO CONDE GENEALOGISTA Y UNA CREENCIA MUY ARRAIGADA.

Creemos interesante poner de relieve que no obstante nuestro esfuerzo en el estudio historiográfico de los primeros tiempos, a partir del siglo XII en el que aparecen personajes con el apellido Vera, se nos presentó una imposibilidad práctica para hacer su seguimiento genealógico dada por la ausencia o acotada documentación que se conserva en los archivos españoles de la primera época de esta familia. Tampoco son muchas ni bastas las noticias traídas sobre ellos por tratados serios y acreditados de esa época. Esto nos indujo a emprender su estudio no tanto desde el aspecto genealógico, sino orientado principalmente a la “historia del apellido Vera”, ya que sólo a partir del primer tercio del siglo XV y hasta el presente pudimos establecer genealogías que los documente, y aun así, sólo de las ramas más esclarecidas.
Sabido es que los Vera de Mérida en Badajoz y los de Estepa en Andalucía, procedían del reino de Aragón y de Soria como su segunda cuna. Siguiendo el itinerario histórico-geográfico de los de este apellido, se advierte que como consecuencia de la larga guerra contra el infiel, partiendo de Aragón migraron primero a Castilla (Soria) desde donde se esparcieron por Extremadura y de allí, algunas de sus ramas, continuaron su camino hasta establecerse en Andalucía. En los archivos de dichas comarcas, en pruebas de hidalguía, en expedientes para la entrada en distintas hermandades o cofradías de caballería, cartularios, etc., se puede advertir reiteradamente que el apellido Vera aparece sin conjugarse con otro o bien, en escasos casos, acompañado de algún apellido por línea de ombligo, pero cuya antigüedad del compuesto no iba más allá de dos o tres generaciones atrás. Un solo caso detectamos en este apellido que, según afirmaciones, superaría esta barrera y que supuestamente se remontaba a varios siglos atrás, y es el de los Vera y Aragón, y cuyo segundo término del apellido se debería a su ascendencia de un monarca aragonés de mediados del siglo XI, supuesto algo difícil de sostener, dado que en realidad recién se haya documentado el compuesto promediando el siglo XVI.
Hace a parte de este trabajo resaltar que no obstante que los Vera de Extremadura y los de Estepa eran una misma familia originaria de Aragón, lo cual se extrae de diferentes testimonios y declaraciones, sólo los de la última localidad, salvo escasísimas excepciones, se llamaron a sí mismos “Vera y Aragón”, siendo además, que ellos, luego de pasar por Soria y antes de establecerse en Andalucía fueron extremeños. En realidad la aparición de los apellidos “Vera” y “Aragón” unidos en forma inseparable, artificialmente o con pretensión de ser apellido compuesto de larga data, vio la luz como ya expresamos, mucho después de que los primeros personajes en apellidarse Vera, a partir de la figura del primer Vera que fue Fortún Sanz de Vera , nacido por 1125, Senior de la villa de Vera del Moncayo y Caballero de la Orden del Temple aragonesa , hicieran su irrupción en Aragón durante las postrimerías de siglo XII y principios del siglo XIII. Es de advertir que Zurita jamás cita a los Vera con su apellido unido al de Aragón .
Sobre el linaje Vera hubo cronistas que intentaron hacer maravillas genealógicas armándolas a la medida de sus patrocinadores, o de sí mismos en otros casos, remontándose a pretéritos tiempos aun anteriores al advenimiento de los apellidos que, como es conocido, se produjo a fines del siglo XII y principios del XIII, y como forma de identificación de las personas y de sus familias, tal cual se la conoce hoy en día . Así al apellido Vera, según estos autores, se lo conocería como tal desde mediados del siglo XI, a partir del reinado de Ramiro I de Aragón, época en que los apellidos aun no se habían formado, yendo de suyo que esas afirmaciones al menos suenan pretenciosas y ciertas genealogías del apellido Vera son un buen ejemplo de falsedades como esta. Así en el año 1622 don Alonso López de Haro, publica una genealogía, parcialmente errónea de los Vera, que había sido concebida con evidente intención de ensalzar esa estirpe, y de hacerla de antigüedad tan inmemorial que viene “desde donde no se rompe el hilo” . Como muestra de inexactitudes podemos decir que este cronista no hace reparo en llegar a extremos que orillan el absurdo, tal como hacer a esta familia descendiente de patricios romanos, cónsules, “varones excelentes y esclarecidos”, etc.. Luego, ya citando nombres y entrando en la genealogía un tanto más cercana y algo más concreta de esta familia, hace al caballero aragonés llamado Fortún Sanz de Vera, citado más arriba, señor de Los Fayos y descendiente de un Sancho Ramiro de Vera, que se llamaría así por la buena memoria del rey Don Ramiro de Aragón, su abuelo, quien estaba unido en matrimonio con Mencia Salvadores, mientras que a Fortún Sanz lo tiene casado con una dama llamada Guillerma Romeu, de ilustrísimo linaje de ricohombres, y padres ambos, de un Martín de Vera Romeu . No conocemos documento alguno que cite a su supuesto antepasado Sancho Ramiro de Vera, como hombre con alguna actuación o siquiera que haya visto la luz su existencia. Esto también alcanza a la creada consorte de Fortún Sanz, Guillerma Romeu, y a la tenencia del Señorío de los Fayos, pero que sí tuvieron los Vera con posterioridad a la época del citado caballero . Respecto a su supuesto hijo Martín de Vera Romeu, encontramos sí un caballero principal de ese nombre recién en 1278 desempeñándose como justicia mayor de Calatayud , no dando los intervalos generacionales entre uno y otro personaje por lo que esta sucesión no resiste el menor análisis, sino suponemos un vacío a llenar de al menos un par de generaciones. Y así sigue Haro en su incongruente itinerario genealógico por varias vidas.
En su trabajo se ilustra un blasón que aparece en blanco y negro y no lo describe por lo que si nos atenemos a los invariables dibujos que desfilan en los diferentes tratados debemos suponer que lleva los colores tradicionales en el escudo de los Vera: 6 ordenes de veros ondados y alternados de plata y azur (azul) o bien verados de plata y sable (negro) y bordura de gules (rojo) con 8 sotueres de oro y un águila sosteniendo en su pico una cinta ondulante con la divisa «Veritas Vincit» de sable, y la cruz de Santiago –esto último por corresponder en este caso al vizconde de Sierrabrava: don Juan Antonio de Vera y Zúñiga, caballero Santiaguista-. Arriba aparece un timbre con una corona y la especificación de que pertenece a la Casa de los señores de las villas de Sierrabrava y San Lorenzo, que fueron los Vera de Mérida y a los que considera los parientes mayores de esta familia .
Portada de “El Enbaxador”.En su parte superior se visualiza el escudo de armas del primer conde de la Roca, con la Cruz de Santiago.
En esa genealogía aparece la conocida leyenda sobre los supuestos hijos naturales del infante Ramiro, luego primer monarca de Aragón (1035-1063), y fueron, según el cuento, don Carlos y don Luis, habidos en una señora del castillo de Vera llamada Geloyra de Vera, de quiénes, a través del infante don Luis, descenderían los Vera de Aragón (Ver: Nota 2).
Nota 2: Pero aquí, en la descripción de la fábula por Haro, se mezclan hechos que corresponden a la tradición histórica con lo legendario conformando una sola. Siguiendo a Zurita en sus Anales, el rey Sancho, el Mayor, que le sucedió a su padre, Don García el Tembloroso, en los reinos de Navarra y Aragón, casó 1º con una señora que se llamaría Cala, en quien hubo un hijo, luego casó con Doña Mayor, a quien algunos llamaron Elvira, princesa castellana, en quien tuvo tres hijos, Don Fernando, Don Gonzalo y el primogénito llamado Don García. Este último exhortó a sus hermanos a que acusaran a la reina de adulterio por el sólo hecho de que ella, aconsejada por el caballero Pedro Sesse, no permitió que le diesen el caballo más preciado del Rey, por lo cual publicaron que la reina tenía deshonesto amor con este caballero, y por ello fue puesta en prisión en el castillo de Nájera. Se juntó la corte y determinó que la reina salvara su honor, según costumbre de la época, en juicio de batalla, mediante un caballero que la defendiese. No habiéndose presentado nadie, salió en su defensa, contra sus hermanos, el infante Don Ramiro hijo bastardo del rey (*). Ya en trance de armas, un monje al que le fue revelado el hecho en confesión, aconsejó al rey y fue puesta en libertad la reina con gran loor para Don Ramiro. A instancias del rey, Don García (de Nájera) y sus hermanos fueron perdonados por la reina, con la condición de que el primogénito no heredase a Castilla, que era patrimonio de la reina, pero sí se le entregó Navarra . Si bien esta historia es algo singular, hasta aquí es lo relatado por el prestigioso Zurita. Esta antigua crónica habría ocurrido alrededor del año 1030, en donde el encuentro de armas no se dio, y para nada aparecen los citados infantes don Luis y don Carlos que refiere López de Haro.
(*) A partir de aquí comienza la leyenda que dice: “Don Ramiro el Alnado, salió al campo el día fijado llevando sobre las armas una sobreveste bordada con veros, y un águila sobre celada en lugar de penacho con un lema que decía “Veritas Vincit” a defender la justicia y salvar la honra de la Reina. De allí el apellido “Vera” en los supuestos hijos, Don Carlos y Don Luis, del infante Don Ramiro que fuera luego primer Rey de Aragón” .
Por lo dicho es que es bueno citar aquí la verdadera descendencia que tuvo el rey don Ramiro I de Aragón, hijo natural de Sancho III el Mayor, rey de Navarra y de doña Sancha de Aybar, la cual ha sido esclarecida. De su matrimonio, en 1036, con doña Gisberda o Ermesenda, hija de Bernardo Roger, conde de Foix-Bigorra y de su mujer la condesa Garsenda tuvieron por hijos a:
– Sancho Ramírez, luego rey de Aragón, quién casó con Isabel, hija del conde de Urgel;
– García Ramírez, luego Obispo de Jaca;
– Sancha, quien fue casada con Ermengol III de Urgel;
– Urraca, monja de Santa Cruz de la Serós;
– Teresa, mujer del Conde de Provenza, Guillem Beltrán;
– Sancho Ramírez, conde de Ribagorza, vástago de Ramiro en una doncella, doña Amuña.
En un casamiento posterior de don Ramiro con doña Inés de Aquitania, no se registra sucesión .
Y como acertadamente expresa Olmos Gaona, ni la señora de Vera y sus hijos, ni otra sucesión aparecen en los dos testamentos de Don Ramiro: Anzanigo (1559) y San Juan de la Peña (1561) .
También relata Haro, que en tiempos del encuentro entre los reyes de Castilla y Navarra en la batalla de Atapuerca, quedó preso don Carlos de Aragón y llevado a la fortaleza de Soria donde murió y cita al cronista Gracia Dei , quien, evidentemente alude a esta historia en sus coplas –que reproducimos aquí por su vinculación con las armas de los Vera y versan así: “Vi a don Carlos de Aragón – de alta sangre y nobleza, – y a la su generación – en Soria puesto en prisión – con Veros de fortaleza, – y un Águila por firmeza – encima, por grande honor, – publicando la nobleza – que asoló con gran crudeza – el Rey Alfonso el Mayor” . Según de desprende de estas estrofas, Gracia Dei debió conocer la romancesca leyenda, ya que aluden al supuesto origen del apellido Vera y de su escudo. Si bien no establece ninguna vinculación genealógica, su cita a don Carlos de Aragón, asociado a las estrofas “veros por fortaleza” y el “águila por firmeza” a nuestro criterio es elocuente. Estas coplas, también nos revelan que este monje, rey de armas de los Reyes Católicos, ya tenía conocimiento de esta fábula hacia fines del siglo XV, época en que transcurrieron sus días. Es decir, la remota crónica histórica ya corría vinculada a la legendaria por ese tiempo, y la antigüedad de este cuento sobre el origen Regio de los Vera y su escudo de Veros con un águila llevando el lema “Veritas Vincit” nos sugiere que la leyenda estaba instalada mucho antes de que a partir de López de Haro fuera echada “a los cuatro vientos” y quien no hace más que incorporar esas “noticias” en su trabajo, contrario a lo que sugiere Olmos: que ese cronista modificó la historia –relatada por Zurita- introduciendo la leyenda para justificar el origen del apellido y su vinculación con la realeza . Ya veremos más adelante que hay todavía ejemplos más precisos, con las noticias que traen Martel y Mosquera de Barnuevo, de que esta leyenda estaba instalada antes que Haro la introdujera en su trabajo. El cronista López de Haro, a principios del siglo XVII, debió basarse en pretéritos autores para sus “noticias”, en donde el más cercano en su tiempo era Velazquez de Mena.
Don Carlos Luque Colombres afirma que el licenciado Velazquez de Mena (en 1617) , en quien se apoyó Alonso López de Haro (en 1622) , inició la “serie de publicaciones apologéticas” sobre la genealogía de este apellido con patrocinio evidente de ciertos personajes del apellido Vera, de tal suerte que en ellos recaería el ser los primeros que traen las apócrifas noticias que exaltan la remota procedencia y estirpe de este linaje . Creemos apropiado resaltar aquí, por el interés que reviste en cuanto a la actitud respecto de este asunto que habrían tenido los Vera hacia finales del siglo XVI y principios del XVII, que esta crónica legendaria se gestó mucho antes que entre 1617 y 1622, e inclusive de los trabajos preparatorios de estos dos autores, sin olvidar lo escrito por Argote de Molina: quien dice en 1588, que los de ese apellido vienen de “un infante de Aragón” , aunque no aclara cuál. Esto tal vez nos lleve a entender finalmente, acerca del verdadero temperamento y criterio que a nuestro juicio tenían los Vera y Aragón sobre este tópico, evidentemente como resultado del conocimiento de esta historia y su derivación en la cristalización del apellido compuesto “Vera y Aragón” y en el uso de sus blasones.
Sabemos que los Vera y Aragón usaban ya el apellido compuesto mucho antes que los mencionados cronistas citaran la leyenda (que como vimos fue en 1617 y 1622).
Según parece, de tiempo antiguo, al menos de una o tal vez dos centurias atrás de que los Vera y Aragón y los de Mérida, hubiesen tenido contacto con la lectura del Nobiliario de López de Haro y de sus preparativos, la leyenda ya estaba instalada. Por ello, no creemos que esta familia haya intentado influir a sabiendas, por lo tanto con engaño, de que el citado cuento era sólo una leyenda, con el fin de enaltecer la estirpe en base a ese mítico origen. La antigüedad de esa “historia”, concurrente con que el apellido Vera viene desde antiguo y del reino de Aragón, la sancionaría como cierta para ellos.
Se advierte también que en documentos para el ingreso a la caballería de Santiago o para entrada a Indias de caballeros, Vera de Mérida y de Estepa, numerosos testigos declaran que es sabido que los de esta Casa descienden de los reyes de Aragón ; no obstante que ambas ramas de la familia estaban separadas geográficamente y en tiempo, unos 200 años en cuanto su antepasado común. Esto nos induce a sospechar que la leyenda tenía escala de tradición en la familia toda y que venía de antiguo.
Es cierto que hubo algunos personajes que asomaron por esa época, que tal vez por sus peculiares características psicológicas pudieron, en su afán de lograr sus fines de grandeza nobiliaria, carecer de escrúpulos para faltar a la severidad histórica. Para desbaratar la trama de mendacidades, falsificaciones y genealogías apócrifas con fines apologéticos y váyase a saber qué otros, ellos ameritan ser citados, exhibidos y contrastados en escritos, ante la elocuencia de la verdad que finalmente surge como en el caso que nos ocupa. Y esto debería ser así particularmente por el daño que han creado al conocimiento de la antigua genealogía de los Vera, ya que es de pensar que dentro de sus falsedades es posible que hayan intercalado noticias venidas de documentos auténticos y hoy, tal vez algunos desaparecidos, pero que nos obliga a descreer por estar vinculadas a la mentira y al descrédito de sus autores. Particularmente en este aspecto podemos citar a Ruy Martínez de Vera, antepasado común de los Vera, quien figura como hemos visto en un Registro General de Mercedes, es decir un documento oficial del reino de España, pero noticia de la que hoy desconfiamos, y la existencia de este Vera para nosotros es dudosa porque su nombre aparece en un solo documento que probadamente salió a la luz y justamente asociado al registro de su elevación al título de conde de uno de los personajes que han falseado la genealogía de los Vera.
Portada de la obra citada de Blas de Salazar.
Estas figuras tan particulares, fueron el obispo del Cuzco, don Fernando de Vera y Becerra y su sobrino, don Juan Antonio de Vera y Zúñiga , nombrado primer conde de la Roca, hombres del siglo XVII, quienes no supieron comprender ni honrar desde el aspecto genealógico-heráldico, el lema de sus propios blasones citados más arriba: y tal vez su remoto pariente: un hijo del cuarto Adelantado del Río de la Plata, Juan de Torres de Vera y Aragón, que fue el indiano don Juan Alonso de Vera y Zárate, quinto Adelantado del Río de la Plata, que con el conde de la Roca mantenía correspondencia epistolar tratándolo de primo “si bien el ascendiente común distaba dos siglos de ellos” como nos refiere Luque Colombres . Sin embargo tenemos nuestros reparos sobre si, don Juan Alonso, en realidad habría mantenido similar actitud que la del conde y su tío como se ha dicho -pese a que tenían en común rasgos megalómanos en sus personalidades-. El doctor Carlos Luque Colombres expresa que Vera y Zárate no debió estar muy desvinculado de los trabajos preparatorios de la obra de López de Haro y habría buscado su apoyo apelando a todos lo medios para alcanzar sus pretensiones, de ahí el uso indebido en sus blasones que hacen uno las amas de Vera y las de Aragón. Dice Luque que “las armas de Aragón en el escudo de Don Juan Alonso de Vera y Zárate” le sugirió el capítulo apendicular “Veritas Vincit” ; ya que Vera y Zárate usaba los blasones que ostentaba su familia es decir el de los “Vera” a los que agregó, debido a su temperamento no exento de fantasías nobiliarias, el de “Aragón”, o sea con ambas casas presentes en un cuartel del dibujo, además de la alianza con su línea materna en otro cuartel . “Ni el conde de la Roca se había atrevido a estampar en sus armas los emblemas aragoneses, a pesar de su indiscutible prurito nobiliario”, dice Luque . El expresado autor opinaba que las armas de los Vera y Aragón en el que sólo figurarían los “veros” de los Vera, eran las plenas en este linaje, expresadas en el escudo del cuarto Adelantado del Río de la Plata, Juan de Torres de Vera y Aragón, fundador de Corrientes y padre de don Juan Alonso , y es por tal motivo que realiza el citado artículo que sugiere que don Juan Alonso habría apelado al extremo del uso indebido de dichos blasones con el agregado de la armas de Aragón para lograr su fines. Más allá de que las armas de Aragón no le correspondían a su familia, en realidad todos los Vera y Aragón hacían uso en sus blasones de los veros de los Vera y de los bastones o palos de Aragón , acompañados o no de las armas de alianza, asunto acerca del cual nos extendemos y probamos en un estudio que tenemos en preparación. Esto último, nos condujo a la convicción de que en realidad don Juan Alonso de Vera y Zárate no utilizó indebidamente esas armas, como un instrumento para buscar el apoyo del cronista López de Haro, como se dijo en el citado estudio “Veritas Vincit” por error involuntario, ya que el quinto Adelantado del Río de la Plata las concebía como correctas por ser las que había heredado de su familia, y ya vimos la creencia que pudieron tener sus ancestros aceptando como verídica la fábula de su supuesta ascendencia de la Casa reinante aragonesa.
También expresamos que la importancia de cuándo pudo aparecer la leyenda, no sólo radica en el conocimiento de su historicidad en sus aspectos heráldico-genealógicos, sino también respecto de los citados personajes y su creencia en un supuesto origen regio; y como se dijo, en sus armas con los dibujos de “Veros” y de “Palos”, presentaban su linaje, simbolizado en instrumento heráldico, ante la sociedad en que les tocó vivir: ¡tal sería su convicción!.
Blasón de D.Juan Alonso de Vera y Zárate, Caballero de Santiago, hijo de Juan de Torres de Vera y Aragón. Que fuera hallado por el doctor don Carlos Luque Colombres.
En él se observan las armas de Vera, ostentando 4 (cuatro) ordenes de veros, unidas a los palos de Aragón en el primer cuartel y las de Zárate en el segundo. El escudo aparece sobre una cruz de Santiago .
Aunque nos alcanzan las generales de la Ley, intentamos evitar sesgos en nuestra opinión y, a riesgo de equivocarnos, debemos manifestar nuestra honda convicción en este asunto, por ello de acuerdo a los fundamentos citados creemos que los Vera de esa época sabían de esta “épica historia”, pero no la percibían como mito y la aceptaban tal como lo habían hecho sus mayores, siendo que no fueron concientes de su falsedad.
Es sabido que en aquellos tiempos circulaban toda clase de historias romancescas enaltecedoras del origen de algunas familias, esto era moneda corriente dentro de la nobleza. El conocimiento de antiguas obras nobiliarias necesariamente debió influir en ellos, aun antes de la lectura de las publicaciones de los citados cronistas, así como el autor del presente estudio, en sus 20 años, creía en ella, cuando llegó a sus manos un ejemplar del Nobiliario de Carlos Calvo, en donde aparece la citada historia romancesca ; luego, por supuesto con el pasar del tiempo, mayor experiencia e información y desde el enfoque de la genealogía moderna dejamos de lado esa creencia, pero comprendimos como admisible que aquellos personajes del pasado, la tomaran como cierta de buena fe: se había instalado en sus mentes “una creencia muy arraigada”.
Nada de lo escrito sobre ese legendario y novelesco origen Real, ha sido probado, ni fundamentado seriamente siquiera como hipótesis medianamente sustentable . Y, como hemos afirmado, resulta imposible o árido en el mejor de los casos, el rastreo genealógico de generaciones hasta los primeros de los de este apellido, como de tantos otros, remontándose a antes del siglo XIII e inclusive del XIV. De la ausencia de rastros documentales que los vincule, como vástagos legítimos o bastardos, con la monarquía aragonesa de aquellos remotos tiempos es de lo único, en este asunto, que tenemos certeza.
Por el origen aragonés de esta familia, el segundo término del apellido debió ser «de Aragón”, lo cual hubiese sido legitimo, ya que de ese reino provenían y se halla el primero de sus personajes que conozcamos. Nuestra opinión no pudo dejarse de verse influida por aquel pensamiento del Hidalgo de la Mancha, que “…. acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y su patria …. y se llamo Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya, y llamarse don Quijote de la Mancha, con que, a su parecer, declara muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre de ella.” . Este es a nuestro criterio, cómo nació el apellido combinado, tiempo después, como hemos dicho de que muchos de sus miembros se esparcieron a causa de las vicisitudes de las guerras contra los moriscos desde Aragón y Soria, de donde luego se los ve aparecer en Mérida y Llerena, en Badajoz y desde allí algunos de sus miembros terminaron estableciéndose en Estepa. Pero, no obstante su antiguo desarraigo, siempre en la tradición y recuerdo permanecía Aragón como la tierra de sus primeros ancestros, y en sus blasones, Soria por la presencia de la bordura de gules con ocho sotueres de oro, que aparece a partir de su segunda cuna en las tierras castellanas del Duero , dentro del Linaje Chancilleres de los Doce de Soria. Y es en Estepa, y en función de no olvidar su identidad de origen, los Vera, ya muy lejos de su primitiva cuna, y en un momento del que no nos ha a llegado la memoria ni testimonio alguno, donde debió cristalizarse la forma compuesta: suponemos primero “Vera de Aragón” y luego su mutación a “Vera y Aragón”. Tal vez no sepamos nunca cuándo y quién, aun cuando adivinemos por qué esta familia enarboló por primera vez el apellido bajo la forma compuesta “Vera y Aragón”.
Si este apéndice “y Aragón” evidentemente artificial fue interesado, o no, lo ignoramos y mucho se podría especular al respecto, pero ¿acaso la leyenda no era relatada por distintos cronistas de diferentes épocas?…, así estaban escritos tan valerosos hechos desde tiempo inmemorial, y los autores que los recordaban (ver más abajo) gozaban de prestigio y fama, incluso, algunos de ellos habían sido acreditados por la confianza del mismo monarca, con su desempeño como reyes de armas (Gracia Dei). Y como humanos que eran …. satisfecho su orgullo, algunos de ellos la difundieron como cierta hasta donde les alcanzó el aliento, seguramente conscientes de que ello les añadiría prosapia y beneficios. Además los propios intereses sociales y económicos así lo indicaban como conveniente, dentro de un orden nobiliario en donde era tenida en alta estima la circulación de sangre real por las venas de los vasallos de la corona. Y como cierta y antigua noticia, siempre bienvenida por el cortesano, algunos de los propios cronistas, sin apearse de la ingenuidad caían vencidos ante ella, y a coro e invariablemente se transformaban en epígonos de tan fantástica historia. Genealogistas prestigiosos han tenido como cosa juzgada a la ascendencia regia de los Vera, son numerosos y conocidos los tratados donde esto así consta, y el mismo Atienza dice: “Vera: descendientes de don Luis y don Carlos de Vera, hijos del Rey de Aragón Don Ramiro I …” , pero ese tema no se revisaba, simplemente se aceptaba. Sea como fuere, la forma que adoptaron para escribir su apellido los Vera de Estepa, fue “Vera y Aragón”, y la época en que nos ha llegado constancia de ello fue a fines del siglo XVI , que es cuando aparecen los primeros personajes así llamados como se dijo.
Respecto de si las publicaciones con la fábula venían de antes de lo consignado por López de Haro (1622), no parece difícil develar este aparente enigma. Miguel Martel, ya en el año 1590, 32 años antes que Haro, en su “Canto tercero de la Numantina”, entre las páginas 112 a 115, cuando se refiere al origen de los Vera: relata en términos semejantes a otros autores, la ya “clásica leyenda” y dice con referencia a don Ramiro, que iba “…… su persona armada de buenas armas, con unas sobrevistas azules sembradas de veros de plata. llevaba por cimera un Águila de oro y en el pico una letra, que decía la verdad es la que vence …..“, y que de uno de sus hijos, don Luis, que tomó a partir de allí el apellido Vera, desciende esta familia aragonesa, etc.; y escribía también que “Para escribir la descendencia de los Veras vi un tratado antiguo escrito de mano sin nombre de Autor”, sobre la genealogía de los antepasados de los Vera enlazados con los Reyes de Navarra y de Aragón . También en esa obra cita un manuscrito dedicado al gran capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, “compuesto por persona natural de Soria, y que tenía por título Vergel de Nobles” , del que tal vez le haya llegado un borrador , se extrae de ello que supuestamente hacia fines del siglo XV ya corría esta historia. Encontramos en 1612 párrafos concordantes con el autor anterior, escritos 10 años antes que la obra de Haro viera la luz, por Francisco Mosquera de Barnuevo , en que repite lo mismo, sumándose a la leyenda, cuando menciona el lema “Vincit Veritas” (sic) y cita a los Infantes don Carlos y don Luis , y no se olvida tampoco de la copla de Gracia Dei vista más arriba . Esto confirma que Alonso López de Haro no modificó la crónica de Jerónimo de Zurita como se ha dicho … , la “historia” venía de antes.
Quienes elaboraron intencionalmente genealogías falsas de los Vera, pero hechas con posterioridad al siglo XVI son los ya citados, obispo del Cuzco y su sobrino el primer conde de la Roca, como se describe en este estudio. Relacionado con esto, creemos importante dedicar unas líneas a la figura del licenciado Velazquez de Mena, autor de una genealogía de los Vera y quién, según señalara Luque Colombres, inicio la serie de publicaciones apologéticas sobre esta familia en 1617. Al tratar de indagar sobre la biografía de este personaje, nos encontramos con la sorpresa y la imposibilidad de hacer un perfil sobre su persona por más escueto que fuera, ya que este hombre jamás existió y fue puro invento, debemos decirlo: de dolosa actitud intelectual del astuto y “pícaro conde genealogista”, de la Roca, que fuera don Juan Antonio de Vera y Zúñiga, también llamado Vera y Figueroa o Vera y Ávila, en quien recae en realidad, la verdadera autoría del “Tratado del Origen Generoso e Ilustre del Linaje Vera” -obra que además se dedica a sí mismo, a través de la “firma” de Velazquez de Mena -, siendo que el nombre Velazquez de Mena, supuesto autor de la obra, ni siquiera era un pseudónimo de Vera y Zúñiga, sino que, con inusitada e inescrupulosa habilidad, hizo creer a los hombres de su tiempo y también de épocas contemporáneas a la nuestra, que este personaje era de carne y hueso, y con la sola intención de dar credibilidad a una parte de la genealogía de los Vera que él sólo imaginó, y con gran maña, intercaló en la verdadera y autentica de esta familia, aparentando así, ya que la obra era supuestamente de otro autor, severidad, rigurosidad e imparcialidad en un estudio más cercano a fantasías literaria, en la que este autor se movía como pez en el agua, que a una obra genealógica, y que por añadidura era de su propio cuño. Tal vez hasta el propio Haro fuera engañado o ¿acaso este cronista no cita a Velazquez de Mena como una de las fuentes principales en su conocido estudio sobre los Vera? . El conde de la Roca, habría patrocinado a Haro, como se ha sugerido , quien, según Fernández-Daza Álvarez, habría consentido en introducir la fabulosa genealogía de los Vera en su Nobiliario a cambio de “una generosa contribución económica de don Juan Antonio” , pero lo que es seguro es que ideo algo más escabroso y sutil, editando este “estudio” (Velazquez de Mena) de su propia cosecha en la imprenta clandestina que tenía en los sótanos de su palacio veneciano. De esta forma burló a los genealogistas posteriores a López de Haro quienes creyeron de buena fe que Haro era finalmente el último responsable de la apócrifa genealogía. A nuestro parecer, no descartamos el influjo de parte del conde en este cronista y aun en otros, pero Haro, si bien habría aceptado el “trato” con este noble emeritense, basó principalmente su trabajo en la fuente vista más arriba posiblemente ignorando, como tantos otros, de que se trataba del propio don Juan Antonio. El conde, en su delirio genealógico, no tuvo en cuenta la posibilidad de que, años después, sería desnudada su trama no exenta de motivaciones con aspectos psicológicos personales difíciles de desentrañar … ¡Veritas Vincit!.
El conde y su pariente el obispo del Cuzco inundaron el mercado editorial con obras genealógicas apócrifas y que hacían cosecha erudita de otros como el citado Velazquez de Mena, Martínez de Bahamonde, Sylva de Chaves, Mogrovejo de la Cerda, Francisco de la Puente y otros . El Centón Epistolario de Fernán Gómez de Cibdadreal , obra supuestamente publicada en 1499, también es cosecha de este hombre y en que aparecía repetidamente antepasados suyos, entre ellos Ruy Martínez de Vera, citado en nuestro estudio: “…altos caballeros que la historia no había recogido,”, impreso en su imprenta clandestina que albergaba en su casa como editor con experiencia en el mundo de lo falso . No obstante del Centón, dice Pidal, es una joya literaria del siglo XV y “…hay en aquellas epístolas, una naturalidad, un abandono, una gracia elegante y urbana que sazona y embellece la narración …” pero esas cartas ”son hoy en día miradas por algunos como de fe dudosa: se desconfía de su autenticidad” y que en realidad no fueron impresas sino hasta muy entrado el siglo XVII .
Un pseudónimo que habría usado el conde fue el de Pedro Fernández Gayoso para escribir en 1627: “Parentescos que tiene D. Juan de Vera y Zúñiga, señor de las villas de Torremayor … con los Reyes Católicos”, citado más abajo. Tampoco vaciló en descuidar sus escrúpulos para atribuir a Lope de Vega, una comedia que versaba sobre su propia familia llamada “El Desprecio de Lomas” , no obstante y con el agravante de tener con este eminente escritor ¡una suerte de amistad!. Nuestro conde era hombre de múltiples facetas, de gran talento, singular cultura y de buena pluma y fue elogiado con entusiasmo por muchos escritores de su tiempo, lo que da idea del prestigio de que gozó. Con Quevedo mantenía nutrida correspondencia epistolar, quien en una carta dirigida al secretario real, Francisco de Oviedo, le pide que le de noticias del “venerable conde de la Roca” y que le “avise en qué figura de demonio anda, que lo quiero saber” , estas palabras de Francisco de Quevedo y Villegas, nos sugiere una suerte de definición sobre ciertas aristas de la personalidad de Vera y Zúñiga, y del sesgo en el aprecio que debieron mantener Quevedo y el conde. Cervantes le ofrenda versos en su “Viaje de Parnaso”, y Lope de Vega le dedicó su comedia “La felisarda”, y habla elogiosamente de él en “Jerusalén Conquistada” y en su “Laurel de Apolo” escribe: “Mas ya Mérida antigua, siempre ilustre, las dulces Hipocrénides provoca, para que eternamente las ilustre el Conde de la Roca” . Había logrado fascinar a estos autores con sus obras, de “El Embaxador” –que se convirtió en el vademécum de los que se iniciaban en la carrera diplomática-, “Fragmentos históricos de la vida de don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares” en 1627, “El Fernando o Sevilla restaurada” y comedias y poesías, pero al que su pasión por la genealogía y veleidades nobiliarias lo arrastraron a falsificar la historia y su propio linaje paterno.
“El Centón …”, citado más arriba, es una obra extensa de contenido histórico escrito a través de epístolas que supuestamente relataban verídicos hechos pasados. Pero si reparamos que allí aparecen como protagonistas los Vera siendo ensalzados con proezas inventadas a su propio molde, dentro de una base de hechos que realmente acontecieron y que relata la historia general de España, podemos imaginarnos aun con mayor calado la magnitud de su obsesión genealógica la cual era mucho, mucho más que un simple prurito, y que además compartía con su pariente el obispo del Cuzco …, “temperamento que fue común en la familia” dice Luque , palabras suyas que hacemos nuestras, pero nos permitimos agregar, que ese temperamento sólo fue común y envuelve a esa rama de la familia de Mérida y así, sólo se estrecha a algunas de sus figuras, personificados en un conde y un obispo; y por lo visto más arriba, su lejano deudo don Juan Alonso de Vera y Zárate permanecería ajeno a ello, pese a que el erudito cordobés lo supone parte de esta singular manera de enaltecer el linaje.
El conde no hubiese satisfecho su vanidad con patrocinar a López de Haro o a otros estudiosos, servirles una genealogía de sello propio, y presentarla como tal. Más bien debía dar la vuelta y proporcionar al mundo no sólo de la genealogía, sino social, esto último en la que se movía con la soltura de elegante y gran cortesano que era, su ilustrísimo linaje y quedar bien exhibido frente a los intereses propios de la época muy ligados a los blasones y antecedentes familiares. Y esto sin olvidar que a través de esas cartas “centonianas” de prosapia con fragmentos integrados de “historias” generalmente asociadas a hechos destacados que beneficiaban a la Corona …. y a los Vera, era conciente Juan Antonio que allanaba el escenario para acceder a altos cargos, prebendas y hasta mercedes. No ignoraba esto, por supuesto, este gentil-hombre muy adepto al mundo palaciego, del poder y de las artes literarias, donde él formaba parte activa con sus obras en ese género . Creo que debemos reconocer hasta cierta maestría para las falsificaciones si nos atenemos a la influencia que ejerció en su generación y en sus seguidores posteriores, ecos de la farsa sin saberlo, de esas genealogías de los Vera, haciendo ver que descendía de los monarcas más antiguos e ilustres y que era pariente muy cercano de Felipe IV, del emperador Fernando II rey de Francia, del de Polonia, del de Hungría, de la princesa de Transilvania, de los duques de Baviera, de Lorena, de Saboya, de Toscana, de Parma, de Mántua, etc., etc.. Y además de todos los duques y grandes señores de Castilla, Aragón y Portugal (ver: Nota 3). Pero ya dijimos que no estaba solo en estos andares, ya que al conde y su tío los unía algo más que el parentesco, dado que, fray Fernando de Vera además de las tareas propias de su ministerio, fue también entrañable amigo de llevar estas urdimbres casi al extremo. Así conviene decir que este prelado es el verdadero autor de otra obra que ensalza la genealogía de su familia, se trata del “Tratado breve de la antigüedad del linaje Vera, y memoria de personas señaladas del, que se hallan en historias y papeles auténticos” , editado en Lima en 1633, embozado bajo el nombre de don Francisco de la Puente, presbítero de la ciudad del Cuzco y natural de Burgos, y dedicado a un hijo del conde de la Roca , y del que Luque en “Veritas Vincit”, creyó que era, dicha obra de Puente, porque ni siquiera este distinguido historiador podía suponer la magnitud de talengaño, si bien la denunciaba como otra obra apologética . Desde 1617 a 1635, asombra el cúmulo de estudios que aparecen enalteciendo el linaje del conde de la Roca (ver Nota 3).
Nota 3: dice P. J. Pidal en su obra Historia literaria sobre la legitimidad del Centón Epistolario del Bachiller Fernán Gómez de Cibdareal, citada en este estudio, que: todas esas obras se publicaban unas veces bajo el nombre de autores y genealogistas muy nombrados y otras no tanto, pero de todas tanto los genealogistas Pellicer y Salazar y Castro, como el bibliotecario Nicolás Antonio y Franckenau, dan por supuesto y sentado que eran parte de la fecunda inventiva del mismo Vera y Zúñiga, que bajo nombres supuesto los hacía publicar para darles mayor autoridad. Entre estas obras, Pidal cita:

-“Tratado del origen generoso e ilustre del linaje Vera y sucesión de los Señores de Vera y villa de Sierra Brava”: del licenciado Velázquez de Mena, 1617. Sin Lugar.
-“Primera junta de sangre imperial de Roma, Alemania y Constantinopla con la Real de Castilla y algunas sucesiones de ella”, por el licenciado Silva de Chaves. Sin lugar, pero la dedicatoria a J. A. De Vera está fechada en Salamanca en 1617.
-“Parentescos que tiene J. A. De Vera … con los reyes Católicos y otros príncipes y grandes señores”, por el doctor Pedro Fernández Gayoso. En Arrás pour Guillaume de la Riviere, 1727. Don Luis de Salazar y Castro dice que es del mismo Vera y Zúñiga.
-“Tratado breve de la antigüedad del linaje Vera”, por don Francisco de la Puente, dirigido a Don Fernando de Vera, hijo del Conde de la Roca. Lima, 1635. Atribuido a don Fernando de Vera, Obispo del Cuzco. Aquí, desde la primera página, se deja sentado que el apellido y linaje Vera tuvo su origen poco después que Roma y aun antes.
-“Árbol de los Vera”, por Juan Mogrovejo, Milán, 1636. También sería del conde de la Roca.
-“Elogio de los ascendientes de don Juan A. de Vera”, por Juan Martínez Bahamonde, posiblemente impreso antes de 1627. Atribuido al conde de la Roca.
-“Historia de los Veras”, por Juan de Mena, citado en los márgenes de la Historia de Mérida. Sin noticias.
-“Casa de los Señores de las villas de Sierra Brava y San Lorenzo, del apellido Vera”, en Nobiliario Genealógico de los Reyes y Títulos de España”, Vol. I, Madrid, 1622, pp. 461 a 492 ,por Alonso López de Haro, citado por nosotros y del que hicimos nuestros comentarios.
– “El Centón Epistolario”, del Bachiller Fernán Gómez de Cibdareal, 1499: OCHOA, Eugenio, Epistolario Español, Colección de Cartas de españoles ilustres antiguos y modernos, Biblioteca de autores españoles, Tomo I, Madrid, 1850.
Por último, no podemos olvidar y estimamos justo tener presente que don Juan Antonio de Vera y Zúñiga, primer conde de la Roca, nacido en abril de 1583 contaba con 7 años de edad por 1590, cuando ya circulaba la leyenda y vio la luz la obra de Martel, por lo que a principios del siglo siguiente, ya adulto, debió ser influido por las convicciones de dicho autor, por las de Gracia Dei (siglo XV), por Argote de Molina (1588) y luego por Mosquera de Barnuevo (1612) y, tal vez, hasta él mismo tenerla como historia verdadera.
Por |2020-11-13T03:48:49+01:00sábado, noviembre 27, 2010|

MISA DE REQUIEM.

Por D. Bernardo Lozier Almazán, Presidente de Relaciones Internacionales del Capítulo de la República Argentina de esta Casa Troncal.

Tocaban a muerte las campanas de la capilla de Nuestra Señora de la Rueda, haciendo oír su lúgubre tañir en el soriano pueblo de Chércoles, Partido Judicial de la villa de Almazán y sus barrancosos aledaños (1).
Aquel remoto poblado – nido de hidalgos solares – rodeaba el antiguo templo, cuya gallarda torre del campanario emerge por sobre los anchos tejados de su abigarrado caserío, como custodio de su secular pasado.
En su frente, el atrio luce la añosa portada de madera; a su costado el campo santo. cercado por un pequeño muro de piedra sillar, ampara bajo carcomidas lápidas el eterno reposo de antiguos moradores, cuyos nombres recuerdan sus ancestrales cepas castellanas.
Aquella mañana del 10 de mayo de 1648, las campanas doblaban tristemente llamando a misa de «Réquiem» por el ánima de don Francisco de Almazán. muerto en la víspera cuando su edad frisaba en los setenta años(2).
Siguiendo la tradición familiar, el difunto había dispuesto que sus exequias se celebraran en el «Altar privilegiado de San Francisco de Almazán», cuyo Patronazgo les pertenecía, más otras misas en la cercana capilla de Morón de Almazán, donde también poseían algunos dominios gentilicios.
La capilla se encontraba colmada por los deudos más allegados, parientes entroncados y vecinos lugareños, algunos venidos de la muy cercana villa de Almazán y pueblos colindantes, como Almaluez, Santa María de Huerta, Matamala de Almazán, Arcos de Jalón, Escobosa de Almazán y Monteagudo de las Vicarías, lugares donde se habían avecindado algunas ramas del viejo tronco ancestral.
La cera de las velas ardían iluminando el altar de San Francisco de Almazán, y su parpadeante luz se proyectaba sobre los primeros reclinatorios donde se hallaba la enlutada viuda, doña Catalina Tejedor y Ramos(3), cuyo rostro trasuntaba un mudo dolor, su hijo Francisco de Almazán y Tejedor(4), con aquel aire de arrogancia en toda su persona, que no disimulaba el pesar reflejado en su semblante, su esposa Lucía Ramos(5), cuya negra mantilla hacía resaltar – aún más – la habitual palidez de su castiza fisonomía, que sosegaba a sus tres  inquietos retoños: Francisco, Bartolomé y Martín de Almazán y Ramos(6). También junto a su madre, su otro hijo, Roque de Almazán y Tejedor(7) acompañado de su esposa, Isabel del Castillo y Aguado(8), quien alzaba en sus brazos al pequeño Juanito(9). A su lado, la tan adusta Quiteria del Castillo, viuda de Marcos de Almazán, con su hija Anita de Almazán y del Castillo(10) de elocuente hermosura juvenil. Muy próximos, se encontraban el alcalde de Chércoles, don Bernardo Baltueña, don Pedro Bodega y Aguado, hidalgo de la aledaña villa de Almaluez, futuro suegro de Martín de Almazán y Ramos(11), el licenciado Juan de Aguado, egresado de Alcalá de Henares(12), Juan Rivero, mozo de familia solariega, cuyos ojos vivos y audaces cruzaban furtivas miradas con Anita de Almazán y del Castillo, con quien se uniría en matrimonio años después(13). Más atrás se notaba la presencia de aquellos parientes tan cercanos, como Francisco del Castillo con su mujer, María de la Torre y tantos otros imposible de distinguir entre tan nutrida concurrencia, a la que se sumaban humildes lugareños de rústica traza, cuyos apergaminados rostros expresaban con tristeza el afecto que le profesaban a don Francisco de Almazán, hasta ayer hidalgo morador de aquella villa comarcana.
El tan venerado cura párroco de Santa María de la Rueda, Francisco Ramos Blanco, doblemente emparentado con la enlutada familia, inició la solemne misa de difuntos, pronunciando con voz grave aquellas palabras del Introito «Réquiem aetérnam dona eis, Domine…» (Dales, Señor el descanso eterno…). Los deudos y concurrentes asistían, unos con sollozante rezo, otros con silenciosa unción.
Su hijo Francisco – en quien recaían los fueros del linaje – recreaba la postrer imagen de su padre, cuando abandonaba este mundo como hidalgo cristiano, con la cruz sobre su pecho y con el amor de Dios en su alma. Lo recordaba con su carácter sombrío y austero, sus maneras graves y mirada profunda, que alguna vez dejaba entrever su enorme bondad y el cariñoso afecto que guardaba para todos los suyos, rasgos propios de quien había sido forjado en el yunque del rigor castellano.
Roque – por un momento – también se vio invadido por imágenes que mostraban a su padre, seco de carnes, enjuto de rostro, con negro traje de sencillez señoril y apuesto chambergo, caminando por las estrechas callejuelas de Chércoles, como solía hacer hasta que, aquejado por los achaques, se recluyó en su vieja y amplia casona, donde transcurría largas horas cavilando consigo mismo, o dedicado a la lectura de antiguos libros de miniadas vitelas que le recordaban las glorias y memorias de aquellos linajes sorianos que llevaba en su sangre.
Sus nietos – en inocentes cavilaciones – tomaron conciencia de que ya nadie como él les narraría aquellas historias fabulosas de fieros caballeros que, en esos mismos lugares, habían vencido a los temibles sarracenos en cruentas y heroicas batallas, que luego durante las noches le invadían sus sueños con sobresaltadas pesadillas.
La voz del oficiante se hizo oír con aquella vieja plegaria: «Concédenos, oh Dios omnipotente, la gracia de que el alma de tu siervo, Francisco de Almazán, que ha salido de este mundo, sea purificada con estos Sacrificios y merezca conseguir a la vez el perdón y el descanso eterno…»
Doña Catalina Tejedor, concluyó sus preces exhalando un muy quedo Amen, como poniendo fin a la última página de otro capítulo de la historia familiar.
Los asistentes fueron abandonando el templo lentamente. Muchos se santiguaban ante aquellas imágenes, por las que profesaban especial devoción, ubicadas en los altares laterales dedicados a San Isidro Labrador, Nuestra Señora del Pilar, San Miguel Arcángel y el conmovedor Jesús Crucificado.(14)
Afuera, la sequedad del aire y el sosegado paisaje de la villa envolvieron con su melancolía a aquellos descendientes de ilustres linajes solariegos, cuyas piedras armeras recuerdan los remotos orígenes de sus figuras heráldicas que forman parte del paisaje comarcano.
Si el lector me acompaña en una imaginaria incursión – a poco de andar – podremos divisar, sobre vetustas portadas, las tres manzanas, de los Almazán, y muy cerca, los tres ramos, de los Ramos, poco más allá, otra que lleva un castillo, las bandas y aspas, propias de los Bodega. Algo más distante, reconoceremos las tan parlantes armas con un castillo sobre peñas, de los del Castillo, o una torre con sus fieros leones empinados, de los de la Torre, y también aquellas otras ajedrezadas, de los Ariza, y por último – si aún me acompañas – nos llegaremos hasta aquel antiguo solar cuya piedra armera lleva cinco fajas ondeadas, surmontadas por una sangrante cabeza de moro, que así blasonan los Aguado. Al observarla no podemos olvidar la sugestiva advertencia de su divisa, que dice:

«Soy un perro que royo un hueso,
y royendo recibe reposo,
tiempo vendrá, si no es venido,
que morderé a quien me ha mordido»


Regresamos, pero en nuestra mente quedan grabadas – como en aquellas piedras – el misterioso mensaje de los símbolos heráldicos que nos trasmiten en su idioma hermético la historia de sus linajes, sin que la incuria de los tiempos hayan podido borrar.
La capilla ahora está en penumbrosa soledad, nos acercamos al altar privilegiado de San Francisco. Un rayo de luz escapado del sol penetra por la ojiva iluminando las tres manzanas labradas sobre la lápida, en cuyo epitafio podemos leer:

«Aquí yace D. Francisco de Almazán.
Falleció a 9 de mayo año de 1648»

De esta manera, basándonos en testimonios documentales, hemos querido recrear aquel luctuoso acontecimiento familiar ocurrido en el siglo XVII, para evocar a nuestros antepasados y recordarlos como creemos que lo fueron, piadosos hidalgos castellanos puestos bajo la tutela del seráfico San Francisco, a quien elevamos nuestra plegaria por ellos y por nosotros.

(1) El pueblo de Chércoles forma parte del Partido Judicial de la Villa de Almazán, Provincia de Soria y Diócesis de Osma. Está situado al sud de una extensa meseta, en la vertiente izquierda de un barranco, que tributa sus aguas al río Nágima. Su templo parroquial originalmente fue una fortaleza mora, con retoques de muchos siglos de cristiandad
(2) Parr. Ntra. Sra. de la Rueda, Chércoles (Almazán). Lib. Nº 2 de dif. dol. 9, Nº 53. Certifica que Francisco de Almazán falleció, «en nueve de mayo de mil seiscientos cuarenta y ocho; no recibió los Sacramentos por no dar lugar la enfermedad». Dispuso que se celebraran misas en el altar privilegiado de San Francisco de Almazán y en la cercana parroquia de Morón de Almazán.
(3) Hija de «Francisco Texedor y Cathalina Ramos»., esta última fallecida en Chércoles el 20-2-1624 (Lib. dif. I), «recibió los Santos Sacramentos y está enterrado su cuerpo en la Iglesia» de Sta. María de la Rueda. Su hermano, Francisco Ramos, fallecido el 3-5-1638, mandó a decir «veinte misas en esta Iglesia, más otras veinte en la capilla de San Francisco de Almazán»
(4) Parr.Ntra. Sra. de la Rueda.- Lib. I de baut., fol. 58. Baut. el 16-5-1612, siendo su padrino Francisco Tejedor.
(5) Idem. Lib. I de matr., F. 6/47. casados el 16-2-1637; testigos Bernardo Baltueña, alcalde de Chércoles y Pedro del Castillo.
(6) Idem.- Francisco de Almazán y Ramos, baut. 15-10-1646. Padrinos Francisco de Almazán y María Ramos. Bartolomé de Almazán y Ramos, baut. 16-9-1644.
Martín de Almazán y Ramos. Recurrimos al libro de Confirmados por no hallar la part. de baut. Fue confirmado el 12-5-1669, en Monteagudo de las Vicarías, por el Obispo de esa Diócesis, D. Pedro Godoy.
Contrajo matrimonio con Da. Magdalena Bodega y Aguado, el 2-7-1685, en la Parr. Santa María Magdalena, de Almaluez. Magdalena Bodega y Aguado había nacido en Almaluez y baut. el 9-7-1657. Hija de Pedro Bodega y Aguado (b. 26-3-1582) e Isabel de Catalina (b. 23-6-1617) Nieta de Juan de Bodega y Catalina de Aguado.
Cfr. Lozier Almazán, Bernardo P.- Linaje de Almazán, p. 65 y siguientes. El autor, que desciende de esta línea en sucesión directa, desarrolla esta genealogía hasta el presente.
(7) Idem. Lib. I de baut. fol. 52. Bautizado el 28-8-1606.
(8) Baut. el 23-5-1600. Hija de Francisco del Castillo y María de Aguado, casados en Chércoles el 18-6-1587.
(9) Juan de Almazán del Castillo y Aguado, baut.  en Cércoles 1-1-1647.
(10) Baut. 8-6-1636. Su padre Marcos de Almazán, esposo de Quiteria del Castillo. Había fallecido el 11-8-1647.

(11) Ver ref. Nº 44.

(12) Índice de Colegiales de Alcalá. Colegio de San Antonio. Lib. 1258/228.
(13) Ana de Almazán y del Castillo contrajo matrimonio con Juan Rivero, el 25-5-1659 en la Parroquia de Ntra. Sra. de la Rueda (Chércoles).
(14) Parroquia de Nuestra Señora de la Rueda (Chércoles).- Inventario General, año 1957.

Por |2020-11-13T03:48:49+01:00viernes, noviembre 26, 2010|

UN EJEMPLO DE LA REALEZA AFRICANA.

Casualidad o coincidencia, a los pocos días de publicarse en este mismo Blog una serie de tres artículos sobre el «Fons Honorum de los Reyes Africanos», Darío Silva-D’Andrea publicaba en «Monarquía Confidencial» un artículo sobre la realeza africana, titulado «Cambios históricos en las monarquías tradicionales de África», poniendo de manifiesto el renovado interés que este tema está tomando no solo entre los expertos y aficionados a la nobleza, sino también entre el público en general.
Satisfaciendo la curiosidad de nuestros lectores, nos asomamos nuevamente a este apasionante y, a la vez, desconocido tema de la realeza africana con una entrega que profundiza en el conocimiento del otrora poderoso Imperio de Wagadou-Ghana.

-EL IMPERIO DE WAGADOU-GHANA.-
Por D. Manuel DUCHESNE, Barón del Imperio, y el Dr. Francisco M. de las Heras y Borrero, Presidente de esta Casa Troncal.
El Imperio de Ghana, palabra que quiere decir «rey guerrero», existió entre los años 750 y 1240, aproximadamente, y es uno de los más grandes imperios del África negra conocidos, extendiéndose desde la mitad del Senegal hasta la actual Tombouctou.
Según fuentes medievales, el reino habría sido fundado por los Soninkés, pueblo animista de agricultores, que habitaban en los límites del sur del Sahara. Con el tiempo, el Reino de Ghana iría ganando poder, llegando a dominar a los jefes tribales de los alrededores. En el siglo VII se empieza a conocer como «Ghana, país del oro».
El año 734 comienza la penetración en estos territorios de los primeros bereberes. Varias décadas después, un Soninké legendario, el Rey del Wagadou Kaya Maga Sissé («el dueño del oro»), expulsa a los invasores, haciéndose muy popular entre sus súbditos.
El oro está estrechamente ligado al nacimiento y a la importancia del Imperio. El «país del oro» se corresponde con la región aurífera de Bambouk, sobre la cual se extiende la autoridad de los soberanos de Ghana, cuya capital se localizó en Koumbi Saleh, al sur de la actual Mauritania.
La organización política y militar del Imperio de Ghana era muy precisa y detallada. En la cúspide se encontraba el Kaya Maga, Jefe Supremo, con poder muy superior al de un Rey o un Emperador. Detentaba no sólo el poder ejecutivo, sino también el poder religioso y judicial, y se consideraba que estaba en relación directa con la serpiente Bida, siendo el responsable del pacto sellado con ella.
El resto de la organización era la siguiente:
– 12 patriarcas consejeros, descendientes directos de los compañeros de Dinga, originario creador del imperio según una de las tradiciones. Estos consejeros eran elegidos por sus conocimientos y su personalidad. El Kaya Magha (Emperador) los reunía para estudiar y discutir de todos los problemas, a los que buscaban las posibles soluciones antes de reunirse con los jefes de los clanes, los nobles, con quienes se tomaba la decisión final.
– 18 generales nana, o jefes de la guerra, encargados de la organización de la armada y de supervisar las operaciones sobre el terreno. Obligatoriamente, 9 de ellos montaban en caballos rojos y los otros 9 en caballos blancos.
– 12 fado, gobernadores militares que eran los responsables, en nombre del Emperador, del buen gobierno de las regiones.
– 12 hida, oficiales superiores, y 18 exploradores, que montaban también en caballos blancos. El regreso de los exploradores a los poblados indicaba que el enemigo se encontraba a la vista.
– 7 notables, responsables de velar por el respeto a las normas e interdictos, de manera que las disposiciones legales tuviesen una aplicación real y efectiva.
– 4 responsables de la policía, que aseguraban el orden público y la convivencia pacífica entre los habitantes del imperio.
La organización social no era menos precisa que la organización política y militar. Existían «funcionarios» que tenían a su cargo el control de las transacciones comerciales y se nombraban adjuntos a los responsables de los ritos funerarios y familiares (matrimonio, circuncisiones, funerales…).
Koumbi Saleh era el lugar del mercado a donde acudían los conductores de caravanas y donde se alojaban los comerciantes y los extranjeros de paso por la ciudad. El barrio imperial, Kaalata, se encontraba a varios kilómetros de distancia, lejos del lugar donde vivían los extranjeros, los cuales no tenían derecho a penetrar en el mismo.
El Emperador habitaba una residencia fortificada, decorada de pinturas y esculturas. El palacio era descrito por los viajeros como «el lugar de todas las maravillas arquitectónicas». La capital era cosmopolita e internacional, famosa por su comercio, sus eruditos y jurisconsultos. La abundancia de oro permitía la opulencia y el lujo, el Emperador, así como sus caballos, sus perros y los pajes estaban todos cubiertos de oro. El resto de personas de la corte vestía trajes de seda y algodón. El imperio estaba protegido por 200.000 guerreros, de los cuales 40.000 eran arqueros.
Cada día, el Emperador, sentado sobre un estrado de oro rojo a las puertas de su palacio, ofrecía 10.000 raciones de comida a sus súbditos. Las reservas de oro del país eran tan grandes, que se permitía que el pueblo se apropiase del polvo del precioso metal, extraído de las minas del imperio. En este periodo, ni la miseria, ni la inseguridad ni la injusticia existían en estos territorios de África. Todo extranjero era bien acogido y recibido, en tanto respetase las reglas de convivencia establecidas por el Emperador y sus jurisconsultos.
El explorador Bonnel de Mézières, que visitó en 1914 estos lugares, ha encontrado los restos de una gran ciudad, descubriendo las ruinas de edificios construidos con piedras talladas y esculturas, poniendo de manifiesto que, en otra época, estuvo habitada por una población sedentaria y culta, que disponía de su propio sistema de regadío para el cultivo de sus tierras, sistema de riego que, al decir de algunos, era mucho mejor que los de hoy.
El fin del Imperio de Wagadou-Ghana comienza a producirse por las guerras ocasionadas por la expansión del islán, con el fuerte empuje de los musulmanes saharianos almorávides, el progresivo agotamiento del oro, la destrucción parcial de Koumbi Saleh (1076), y, sobre todo, por la gran sequía, ligada a una explotación intensiva de los recursos forestales, que originó una fatal hambruna, lo cual forzó a los Soninké a emigrar en diferentes oleadas sucesivas al sur, hacia las proximidades de las riveras del Senegal y Níger.
El Imperio de Ghana declina progresivamente hasta que es conquistado por el reino de Sosso de Soumaoro Kanté (Siglos XII/XIII), perdiendo definitivamente su independencia después de su integración en el Imperio de Mali Keita hacia 1240. Una ciudad populosa y un estado floreciente sobreviven a los ataques y pillajes, pero no resisten a la falta de agua y de alimentos.
Puede decirse, sin temor a exagerar, que el Imperio de Ghana estaba mucho más avanzado que el Imperio de Carlomagno. Por otra parte, es un hecho que Europa, durante el periodo de la Edad Media, nunca tuvo una forma política superior a la de los estados africanos.
Heredero de este pasado y guardián de sus tradiciones es, actualmente, Su Majestad Tedjini I, Emperador de Wagadou-Ghana, también titulado Manga y Tounka, investido el 2 de agosto de 1999, como ya tuvimos ocasión de informar en las páginas virtuales de este mismo Blog al hablar del Fons Honorum de los Reyes Africanos.
La capital del imperio sigue siendo la histórica ciudad de Koumbi-Saleh y en ella tiene la sede sus instituciones: Secretariado Particular de Su Majestad, el Consejo Imperial y la Asamblea de Jefes Tradicionales.
Desde el 28 de septiembre de 2006 Su Majestad Tedjini ha integrado el Consejo Superior de Reyes de África, formando parte de su Bureau Executif y siendo el responsable de las carteras de Relaciones Exteriores y Estrategias de Desarrollo.
El Emperador Tedjini, muy preocupado por el bienestar de su pueblo, realiza una encomiable labor en defensa de la cultura tradicional de Wanagadou-Ghana y trabaja activamente, junto a las autoridades oficiales del país, para su mayor desarrollo y progreso.
Recordemos que Su Majestad distribuye entre sus fieles diferentes recompensas honoríficas y distinciones, algunas de las cuales han recaído en ciudadanos europeos como premio a los relevantes servicios prestados a la causa africana.
Por |2020-11-13T03:48:49+01:00jueves, noviembre 25, 2010|

UNA CORPORACIÓN ATÍPICA: EL NOBLE CABILDO DE SAN JORGE Y SANTIAGO APÓSTOL.

Por el Dr.D. José María de Montells y Galán, Heraldo Mayor de esta Casa Troncal.
Cuando mi admirado y querido amigo Alfredo Escudero, allá por el año 2004, me comentó que sería bueno crear un instituto para difundir en España las vicisitudes y azares de las Casas Reales no Reinantes, le tildé de iluso.
 Uno que se proclama firme partidario de las monarquías exóticas, creía que no había en nuestro país nadie que se interesara por este tema. Sin embargo, me equivocaba. No fue hasta el año siguiente, cuando aquella primera idea tomo cuerpo en una corporación ciertamente necesaria. Una institución que combatiese la falacia, tan extendida entre nuestros eruditos, por la cual todos los títulos nobiliarios que no lo sean del Reino, son falsos o cuando menos, dudosos y, mucho más, aquellos otros otorgados por pretendientes al trono, alejados del poder efectivo.
Enseña del Noble Cabildo de San Jorge y Santiago Apóstol.
Pese a mi escepticismo inicial, la organización es hoy una espléndida realidad. Gracias, sobretodo, a los desvelos del Marqués de Gori en Georgia, un auténtico prócer con la cabeza muy bien amueblada. Nuestro amigo Alfredo, a la manera de los viejos hidalgos castellanos, es hombre tenaz, inasequible al desaliento, leal y convincente. Noble de carácter y condición.
Así que fundada en el año de 2005, con el objetivo declarado de reunir en su seno a todos los titulados por Casas Reales no Reinantes, sea cual sea su nacionalidad y defender sus intereses, esta corporación internacional se rige por su propia Constitución puesta bajo la protección de San Jorge, patrón de la Caballería y Santiago Apóstol, patrón de España, teniendo sus sedes en Lisboa y Valencia.
El Noble Cabildo tiene también por loable empeño, la defensa y exaltación de la monarquía como forma superior del gobierno de las naciones; el estudio y divulgación de la historia y legitimidad de las Casas Reales no Reinantes; la creación de un espacio de diálogo y entendimiento entre las mismas y la publicación de trabajos científicos sobre la tradición y la nobleza titulada, en el mundo de hoy.
Para ingresar en el dicho Cabildo es menester probar indubitablemente la posesión de un título nobiliario otorgado por el Jefe de una Casa Real no Reinante. Así, el Cabildo reconoce los títulos emanados por los Jefes de las Dinastías de Portugal, Parma, Georgia, Anam, Ruanda, Etiopía y Egipto, sin prejuicio de otras, cuyo Fons Honorum se estime legítimo, veraz y contrastado.

El Dr.D.José María de Montells (izqu.) junto a D. Alfredo Escudero y Díaz-Madroñero (dcha.)

Según la recta doctrina comúnmente aceptada por todos los tratadistas, es precisamente como consecuencia del Fons Honorum del que disfrutan las dinastías que han reinado sobre un territorio y ostentado su soberanía, por lo que sus actuales titulares pueden ejercer el derecho de gracia, otorgando títulos nobiliarios u otros honores a aquellas personalidades que por sus especiales méritos y destacadas conductas se hayan hecho acreedoras a un premio tan excepcional. Así, los Reyes sin corona y los Jefes de las Casas Reales no reinantes, conservan su status privilegiado, ese carácter casi sagrado que se deriva de la tradición, por el cual se les reconoce la facultad, inherente a su condición, de discernir honores. Por decirlo de otra manera, el soberano desposeído, será siempre soberano, aunque no reinante, pero no dejará de ser soberano. Su Casa habrá perdido el ius regis, pero no el ius honorum, por lo que seguirá siendo fuente de honores hasta su extinción genealógica.

Es emblema corporativo, un óvalo de oro, cargado de un dragón de sinople con la cruz llana de gules sobre su pecho, representando a San Jorge, superado de una cruz de Santiago de gules, todo rodeado de un cinto de sable, con vivos y hebilla de oro, cargado de la divisa Por San Jorge y Santiago, en letras de oro. Al timbre, corona real cerrada. Se ha querido reflejar en él, las dos advocaciones bajo cuyo cobijo se puso al nacer. Esta insignia se lleva al cuello a modo de encomienda o en una placa a modo de gran cruz. Existe también un collar para las dignidades del Cabildo.
Collar del Cabildo.
Está regido por una Diputación Permanente, presidida como Decano como no podía ser menos, por nuestro amigo don Alfredo Escudero y Díaz-Madroñero, marqués de Gori en Georgia, figurando en ella viejos conocidos de nuestra Casa Troncal en su condición de titulados.
Como resultado del reciente encuentro de Lisboa del pasado 25 de Septiembre de 2010, son sus Protectores Regios, los príncipes asistentes, a saber: SAR don David Bagration, Jefe de la Casa Real de Georgia; SAIR el Archiduque de Austria, don Andrés Salvador de Habsburgo-Lorena, Príncipe de Bohemia y Toscana, Príncipe de Hungría; SAR el Infante don Miguel de Portugal, Duque de Viseu; SAIR el Príncipe Ermías Selassie, Presidente del Consejo de la Corona de Etiopía y SAIR el Príncipe Osman Rifat Ibrahim, de la Casa Imperial otomana y Real de Egipto. A esta lista hay que añadir a S. M. el rey Kigeli V de Ruanda que no pudo acudir a Lisboa por encontrarse enfermo.
Hasta la fecha el Cabildo de San Jorge y Santiago Apóstol ha desarrollado una ingente labor de índole cultural, colaborando con otras instituciones en la edición de trabajos de gran interés. En este sentido es de resaltar su aportación al libro La Casa Real de Ruanda, facilitando a sus autores, los fondos nobiliarios que figuran en su Libro de Oro de la Nobleza Titulada, registro oficial de sus miembros, que se propone publicar en el año 2011.
Es de subrayar que este Libro de Oro constituye un archivo único por la riqueza y extensión de sus datos y que su publicación puede clarificar y mucho, los rumores y malentendidos con relación a los títulos extranjeros no reconocidos oficialmente en España, cuya legitimidad no puede ser cuestionada. Y como colofón añadir, sin temor a exagerar, que aquellos titulados que no estén inscritos en el Libro de Oro, no existirán para el común de los mortales. Lo que es una pena, creo.
Por |2020-11-13T03:48:50+01:00miércoles, noviembre 24, 2010|

NOTICIAS DEL SOLAR DE LAS CALDERAS.

Don Guillermo Eduardo Martínez de Pinillos y Llontop, Divisero de Tejada y Las Calderas de Pinillos, residente en Lima (Perú), muy gentilmente nos ofrece más información sobre este Ilustre y Antiguo Solar, poniendo de manifiesto la pervivencia del mismo y su continuidad histórica encarnada en los actuales caballeros diviseros.
El Solar de Las Calderas, como es sabido, se desprende del Solar de Tejada. El cuarto hijo de Sancho Fernández, Martín, hereda y funda en Pinillos el Solar en mención y sus cinco hijos constituirían las cinco divisas: González, Martínez, Ruiz, Sáenz y Diez de Pinillos, de las cuales solamente queda la de los Martínez de Pinillos. Estas cinco divisas están representadas en las cinco ramas del árbol en el segundo cuartel del Blasón de Las Calderas.
«Hasta hace un año -nos dice Don Guillermo Eduardo Martínez de Pinillos y Llontop -se pensaba que del Solar no quedaba nada, como así se demuestra en el mismo pueblo de Pinillos, donde ya no existe ni un solo vestigio de su estructura, salvo su escudo que figuraba en el frontis de una edificación y hoy se encuentra en Torrecilla en Cameros».
«En 1935 – continúa el señor Martínez de Pinillos- un descendiente del Solar daba cuenta que los archivos de Las Calderas se estaban echando a perder por la desidia de sus miembros y las condiciones en que estos se hallaban. De estos archivos, en la actualidad, quedan 7 libros y se encuentran en calidad de custodia en el Instituto de Estudios Riojanos en Logroño. Fueron entregados por el representante del Solar Don Enrique Martínez de Pinillos y Martínez en acto oficial, que tuvo lugar el 16 de Octubre de 1975».
«Si bien es cierto que el número de miembros en España es relativamente pequeño, no podemos olvidar que en América muchos de sus miembros se asentaron en todo el continente, desde Canadá por el Norte hasta Chile en el extremo Sur, siendo en el Perú donde se encuentra el mayor número de descendientes directos. Personalmente –concluye el señor Martínez de Pinillos- he estudiado este linaje y puedo asegurar que todos descendemos de un mismo tronco».
Deseamos desde este Blog que el empeño, entusiasmo y tesón de los actuales caballeros diviseros del Solar de Las Calderas, como el manifestado por Don Guillermo Eduardo Martínez de Pinillos y Llontop, no decaiga y continúen con la honrosa tarea de representar en pleno Siglo XXI esta antiquísima y noble Casa.
Por |2020-11-13T03:48:50+01:00martes, noviembre 23, 2010|

«A DIOS ROGANDO Y CON EL MAZO DANDO». El Santo Oficio de la Inquisición.

Por D. Bernardo Lozier Almazán, Presidente de Relaciones Internacionales del Capítulo de la República Argentina de esta Casa Troncal.
Los Reyes Católicos, preocupados por la escasa energía demostrada por los tribunales ordinarios, para reprimir la herejía y hacer respetar las leyes en sus reinos, resolvieron instaurar el Santo Oficio de la Inquisición.
En consecuencia, Sus Majestades pusieron en manos del Prior del convento dominico de Santa Cruz de Segovia, Fray Tomás de Torquemada, la organización del Santo Oficio, confiando en la virtuosa reputación de este monje que – vestido de sayal de burdo paño – vivía como un verdadero asceta dedicado a obras piadosas y caritativas (1).



Auto de Fe ( Pedro de Berruguete).



Así fue como Fray Tomás de Torquemada fue designado, en 1483, con los rimbombantes títulos de Inquisidor General de la Corona de Castilla, Presidente del Consejo Supremo de la Inquisición y Confesor de Su Majestad, iniciando su cometido con todo su talento y fanatismo religioso. Desde 1484 convocó las asambleas de inquisidores para dictar las Instrucciones que integrarían el Reglamento que legislaría las actuaciones inquisitoriales(2).
Fray Tomás de Torquemada. Inquisidor Gral. de Castilla.
Fray Tomás, demostrando su gran capacidad y dedicación, constituyó el Consejo con los cargos de Inquisidor General, recaído en su persona, más seis Consejeros, un Alguacil mayor, un Receptor, dos Relatores, cuatro Porteros, un Solicitador y numerosos Familiares, estos últimos dedicados a fiscalizar la vida religiosa de sus convecinos, denunciar y prender a los sospechosos(3).
De tal manera, Torquemada inició su difícil misión a la que dedicó catorce años de su existencia, durante los que bregó para que se obrara con justicia y misericordia sin lograrlo como hubiese deseado.
Durante distintas épocas la Inquisición ha contado entre sus dignatarios con ilustres descendientes del linaje de Almazán «aprobados en vida, letras y limpieza de sangre», que pusieron sus vidas al servicio de la defensa de la fe, a quienes piadosamente recordamos con temeroso respeto.



Escudo del Santo Oficio.



Ellos fueron:
Don Tomás de Almazán que  desempeñó en Cartagena, de Indias,  el cargo de Notario del Secreto del Santo Oficio. Casado con Violante Pérez de Arcos, debieron hacer información de limpieza de sangre en la ciudad de Segovia, el 2 de noviembre de 1555, ante el notario público y Real de Su Majestad, don Jácome de Vedia, probando ser «cristianos viejos y limpios de raza de judíos y moros»(4).
Don Antonio Caballero de las Cuevas y Almazán, Familiar del Santo Oficio. Contrajo matrimonio en Estepa con Da. Luisa Suarez de Figueroa y Chincoa, nacida en 1625.
Don García de Almazán y Avendaño, natural de la villa de Hita. Familiar del Santo Oficio en Toledo, en 1622. Casado con Da. María Henao y Mendoza, fueron padres de García de Almazán Avendaño y Henao, bautizado el 3 de noviembre de 1618, quien ingresó a la Orden de Alcántara en 1638.
Don Luis Teruel de Almazán, natural de Sabiote, Oficial del Santo Oficio en Córdoba, en 1648.
Don Joaquín de Almazán y Ximeno de Almazán, caballero de la Orden de Carlos III, fue designado Consultor del Santo Oficio el 18 de enero de 1816. Nació en Torrientes (Teruel) donde fue bautizado el 29 de noviembre de 1762, siendo hijo de Joaquín de Almazán Ximeno, empadronado como Infanzón, y de Joaquina Ximeno y Almazán, su prima(5).
Laus Deo.
(1) Testas, g. y Testas J. L´Inquisition, p.73-74. Presses Universitaires de France, 1969.
(2) Walsh, W. sTh.- Personajes de la Inquisición, p. 218-219. Madrid, 1948.
(3) Torroba Bernaldo de Quirós, Felipe.- Historia de los sefardistas, p. 230 EUDEBA, Bs.As.
(4) Arch. Hist. Naci. de Madrid.- Secc. Inquisición, leg. 1575/832.
(5) Idem. Secc. Inquisición, leg. 1292/15.
Por |2020-11-13T03:48:50+01:00lunes, noviembre 22, 2010|

NOTICIAS DEL FIN DE SEMANA.

NÚMERO 22 DE «ATAVIS ET ARMIS».
Hemos recibido en esta Casa Troncal el último número de la Revista del Gran Priorato de España de la Orden Hospitalaria de San Lázaro «ATAVIS ET ARMIS», publicación oficial de la Orden en España.
Ésta abre con los «Avisos de la Cancillería», seguidos de un mensaje del Gran Maestre. A continuación las noticias del Gran Priorato, entre las que destacamos: la Asamblea General de la Asociación Española de Caballeros de la Orden, la ayuda humanitaria a Bosnia, la noticia referente a la elección del Duque de Sevilla como nuevo Consejero Magistral de la Nobleza de Asturias y la dedicada a las becas de la Fundación San Lázaro, entre otras de mucho interés y relativas a la Orden.
En el apartado dedicado a las colaboraciones destacamos: “Ultreia: Los lazaristas a los pies del Apóstol Santiago” de D. Daniel García Riol, “Sobre el Barón de Camporredondo, Gran Cruz de la Orden” de D. Rafael Portell Pasamonte y “Los inicios históricos de la asistencia hospitalaria” de D. Juan Ranea y García, entre otros de gran interés.
Destacar un magnífico artículo del Marqués de la Floresta dedicado a D. Gonzalo Lavín del Noval, Rey de Armas de Alfonso XIII y Juez de Armas de la Orden de San Lázaro.
La revista cierra con el correspondiente escaparate de Libros y Publicaciones.
Portada: Detalle de la fachada de la Iglesia de San Fructuoso de Santiago de Compostela.
Contraportada: Armas de D. Joaquín Cayuela y Verges, Prior Emérito del G.P. de España de la Orden de San Lázaro.
CONFERENCIA DEL EXCMO. Y RVDM. SR. D.JUAN JOSÉ ASENJO PELEGRINA, EN EL ALCAZAR SEVILLANO.
Una auténtica radiografía de la Iglesia en España y del papel de los laicos con sus luces y sus sombras pero con el mensaje de la esperanza como telón de fondo, fue lo que hizo ayer el arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo, en la conferencia que pronunció en el Alcázar en un acto organizado por la “Orden de Caballeros de San Clemente y San Fernando” al que acudieron numerosas personalidades de la política sevillana, la judicatura, la cultura y el mundo empresarial.
El Arzobispo de Sevilla D. Juan José Asenjo Pelegrina acompañado de D. Antonio María González Pacheco.
Tras las presentación del presidente regidor de la citada Orden, Antonio María González-Pacheco y Vázquez, el prelado comenzó su intervención plagada de una serie de reflexiones y datos que han centrado los análisis y debates de las asambleas plenarias de los obispos españoles, «conscientes de que el enorme cambio cultural que se ha producido en España en los últimos años ha extendido entre nosotros la indiferencia religiosa».
(ABC de Sevilla 20/11/2010).
Por |2020-11-13T03:48:50+01:00domingo, noviembre 21, 2010|

EL GENERAL PEDRO SANTANA, PRIMER MARQUÉS DE LAS CARRERAS,Y LA IDENTIDAD DOMINICANA (II).

-Segunda Parte-
EL GENERAL PEDRO SANTANA, PRIMER MARQUÉS DE LAS CARRERAS.
Pedro Santana Familia había nacido en la región fronteriza con Haití, en una comunidad llamada Hincha (hoy territorio haitiano), el 29 de junio del año 1801. Fue hijo de Pedro Santana, de origen canario, y Petronila Familia, propietarios de tierras en dicha zona. Alrededor de 1805, la familia Santana se trasladó al Cibao, y luego a El Seibo en la parte oriental del país, donde regentaron explotaciones ganaderas. Muy pronto, el futuro marqués de Las Carreras y su hermano gemelo Ramón abrazaron el noble oficio de las armas. El 14 de noviembre de 1844, tras sacudirse el yugo haitiano, Pedro Santana se convierte en el primer Presidente Constitucional de la República Dominicana.
General Pedro Santana.
Eduardo González Calleja y Antonio Fontecha Pedraza escriben en su magnífica obra “Una Cuestión de Honor” (1) , que el 8 de agosto de 1861 “tuvo lugar en la capital dominicana un acto solemne en el Palacio Nacional donde (…) Serrano otorgó a Santana la Gran Cruz de la Orden Americana de Isabel la Católica y el marquesado de Las Carreras”.
Sin duda alguna, los citados autores no corroboraron este extremo, el de la concesión del marquesado, en el Archivo Central del Ministerio de Justicia, en donde figura, en el expediente relativo al título de Marqués de Las Carreras, que tal merced se concedió con posterioridad a la fecha por ellos indicada. En efecto, no fue hasta el año siguiente, el 28 de marzo de 1862, que la Reina Isabel II otorga el marquesado de Las Carreras “al Teniente General Don Pedro Santana para sí y sus sucesores, libre del pago del impuesto especial, al que están sometidas las concesiones nobiliarias”.
De la creación de este título se dio cuenta a las Cortes el 1 de abril del mismo año, y se dispuso la toma de razón del Real Despacho por la Cancillería de Indias, resolviéndose que se ingresase la cantidad de 1314 reales con doce céntimos en la Hacienda Pública por derechos de expedición. Difícilmente, pues, el general Serrano podría haberle hecho entrega a Pedro Santana del marquesado siete meses antes de su creación. Pocos meses después del otorgamiento de la merced nobiliaria al general Santana, Isabel II concede el 24 de noviembre de 1862 a Serrano el ducado de la Torre del Homenaje de Santo Domingo por su eficaz conducta durante la anexión.



General Serrano.
 El general Santana, cuyo carácter autocrático se avenía mal con su papel de autoridad delegada y constatando el desacuerdo de España con sus métodos represivos, que incluso le habían llevado a fusilar, entre otros patriotas, al patricio Francisco del Rosario Sánchez y a la heroína María Trinidad Sánchez, ofreció su dimisión como Capitán General de Santo Domingo el 7 de enero de 1862, alegando razones de salud. La dimisión le fue aceptada el 28 de marzo siguiente, otorgándosele en ese acto, en recompensa por los servicios prestados, el marquesado de Las Carreras. Finalmente, ante lo complicada que se iba volviendo la presencia de España en la isla, dimitiría de todos sus cargos el 23 de mayo de 1864.
El marqués de Las Carreras, título por el que nunca sintió un especial apego un hombre de acción como era el general Santana, falleció repentinamente en Santo Domingo, en su residencia de la hoy calle Hostos esquina calle Luperón, en la zona colonial, el 9 de junio de 1864, casi un año antes de la retirada total de España de la República Dominicana. Fue enterrado cerca de su domicilio, en la fortaleza próxima a la Torre del Homenaje.



Gereral Gregorio Luperón,  Héroe de la Restauración.



Desde 1978 sus restos mortales reposan por decisión, muy discutida, del Presidente dominicano Joaquín Balaguer Ricardo en el Panteón Nacional, una antigua iglesia de la Compañía de Jesús en la inigualable calle de Las Damas de la Ciudad Primada de América. La Cámara de Diputados de la República Dominicana aprobó, el 19 de agosto del 2009, tras un vivo debate, una resolución en la que solicita al Presidente Leonel Fernández ordenar el traslado de los restos del general Pedro Santana desde el Panteón Nacional a la iglesia Nuestra Señora del Rosario, de El Seibo. No nos consta que, hasta la fecha, el Presidente Fernández haya ordenado la ejecución de esa medida, tan polémica como la decisión originaria.
El presidente Leonel Fernandez y el ex-presidente Joaquin Balaguer en la juramentacion del primero el 16 de agosto de 1996.
Pedro Santana había contraído dos uniones matrimoniales, la primera con Micaela Antonia Rivera y la segunda con Ana Zorrilla, no dejando descendencia de ninguno de ambos enlaces, aunque sí, al parecer, una prole natural, difícilmente identificada y no reconocida.
El 13 de marzo de 1862, el general Santana otorga testamento ante el Escribano Público José María Pérez, quien “requerido para ello” -según consta en el preámbulo de dicho documento- se trasladó “a la morada del Excelentísimo Señor Capitán General Gobernador Civil de esta isla, condecorado con la Gran Cruz de la Real Orden Americana de Doña Isabel la Católica, Don Pedro Santana, a quien encontramos en pie y sana salud y por tanto en el libre ejercicio de sus facultades intelectuales” (2) . Como podemos apreciar, el notario hace referencia a su condecoración de Isabel La Católica sin mencionar para nada el marquesado de Las Carreras, prueba inequívoca de que éste todavía no había sido otorgado.
El general Santana comienza el testamento mediante su identificación personal, seguida de una proclamación de fe religiosa: “Mi nombre, es como ya queda dicho, Pedro Santana, natural de Hincha en esta misma isla, hijo legítimo y de legítimo matrimonio de los Señores Pedro Santana y Doña Petrona Familia ya difuntos, de religión cristiana, Católica Apostólica Romana, en cuya fe y creencia he vivido y protesto vivir y morir. Dejo la forma de mi entierro, funerales y demás oficios que hayan de hacerse en bien de mi alma a disposición de mis albaceas”.
En sus diferentes cláusulas testamentarias hace un minucioso reparto de sus bienes entre sus familiares y allegados, entre los que cita a su hermano Florencio y a su tía Dominga, así como a sus sobrinos Manuel y Rafael, a quienes nosotros consideramos hijos de su hermano Ramón, ya fallecido al momento de testar el general Santana:
“Declaro que tengo un hermano legítimo llamado Florencio Santana, que es mudo, demente, paralítico y en un estado que no tiene acción a ninguna clase de materia por sí mismo; el cual se halla al cuidado de mi tía Doña Dominga Familia, de edad septuagenaria. En consecuencia, es mi voluntad que después de sacar del Hato del Prado el número de bestias que lego a mis ahijados Santos, Juan José y Gerardo, se destinen para los alimentos de mi referido hermano y mi tía Dominga durante vivieren, la mitad de los animales, es decir, bestias, ganados y cerdos que componen el mencionado Hato del Prado (…) y dispongo que la casa que poseo en la Ciudad del Seíbo, en donde ellos actualmente habitan, continúen habitándola mientras vivieran”.
Respecto de sus sobrinos Manuel y Rafael decía:
“ Declaro que dejo a mis sobrinos Manuel y Rafael Santana y a sus ahijados Gerardo y Juan José de la Cruz Zorrilla, todo lo que fuere de mi uso, como prendas, ropa, armas, muebles de cualquier especie y naturaleza, a excepción de una cadena grande de oro que se entregará a mi hija política Doña Loriana Febles”.
En la última cláusula de su testamento, y para dejar constancia de su apego a España, declara ser su voluntad “que tan pronto como yo falleciere, se entregue a la primera autoridad de esta provincia Española, la Espada de Honor que (me) dedicó el Pueblo Dominicano, para que sea remitida al Excelentísimo Sr. Capitán General Don Francisco Serrano”.
Tras el fallecimiento del general Santana, y ante la falta de solicitud de sucesión en el marquesado, una resolución del Ministerio de Gracia y Justicia de 3 de marzo de 1871 decretaba el anuncio de la vacante en dicha merced, a fin de que pudiera ser solicitada por el heredero de mejor derecho. Tras una segunda publicación, que también resultó desierta, el título quedó definitivamente vacante.
No sabemos por qué razón ningún sobrino del general Santana solicitó la sucesión en el marquesado de Las Carreras. Recién recuperada la soberanía dominicana, y en plena exaltación patriótica, es muy posible que nadie quisiese significarse tan marcadamente por su españolismo, solicitando la sucesión en un título nobiliario otorgado a un hombre que había levantado, pese a sus indudables éxitos, tanta polémica en el país.
Hace veintitrés años, el 11 de marzo de 1987, Don Miguel Rodríguez y Díaz de Quintana, Licenciado en Derecho e Historiador, vecino de Las Palmas de Gran Canaria, presenta ante el Ministerio de Justicia una solicitud de rehabilitación del marquesado de Las Carreras, “siendo el exponente pariente consanguíneo legítimo del primero y último poseedor legal” (3).
Como soporte de su petición, el solicitante presenta un árbol genealógico, “que se compromete a documentar en el plazo señalado por la Ley”. En dicho árbol se reseña que Pedro Santana, padre del general, nacido en Las Palmas, habría contraído un primer matrimonio con Bárbara Rodríguez Ruíz, naciendo de esta unión en 1790 Miguel Rodríguez de Santa Ana (o Santana), que habría quedado en la citada isla. De este Miguel se hace descender en línea recta el pretendiente al II marquesado de Las Carreras. Una vez emigrado a La Española, el padre del general Santana contrajo, en 1800, segundas nupcias con Petrona Familia Carrasco, de la que nació el futuro general y marqués.
El 22 de septiembre de 1988, el Ministro de Justicia dicta una resolución, comunicada en esa misma fecha al interesado por el Subsecretario del Departamento, informándole que, “habiendo transcurrido el periodo legal de prueba sin que el peticionario haya documentado su pretensión, procede tener al expresado señor Don Miguel Rodríguez y Díaz de Quintana por apartado, en razón a no haber aportado los documentos justificativos de su derecho”.
Estimamos que una concesión nobiliaria de tanta significación para la historia de España en América, no debería perderse en la noche de los tiempos.
A los genealogistas dominicanos les incumbe la tarea de encontrar el heredero de mejor derecho del Primer Marqués de Las Carreras, y a Su Majestad el Rey Don Juan Carlos la renovación de la concesión de la merced, ya que jurídicamente, bajo la legislación actual, no es posible utilizar el procedimiento de la rehabilitación al llevar el título vacante más de 40 años.
S.M. el Rey D. Juan Carlos I.
Vencedor incuestionable de los haitianos en cuantas ocasiones se enfrentó a ellos, no son pocos los que piensan, pese a todo, que el general Pedro Santana Familia, Primer Presidente Constitucional de la República Dominicana, Teniente General del Ejército Español y Capitán General de Santo Domingo, Marqués de las Carreras, fue, en unas circunstancias harto difíciles y complicadas, el auténtico salvaguarda de la identidad dominicana.
También la Historia, a veces, se escribe con renglones torcidos.
1)Eduardo González Calleja y Antonio Fontecha Pedraza, “Una Cuestión de Honor – La polémica sobre la anexión de Santo Domingo vista desde España (1961-1965)”. Ediciones Fundación García Arévalo, Santo Domingo 2005, pag. 64.
2)Testamento de Pedro Santana Familia, publicado por Paula Joaquín de Hensch en “Historia Dominicana”, recogido en www.mocanos.net
3) Expediente del título “Marqués de las Carreras”, obrante en el Archivo Central del Ministerio de Justicia, de Madrid, reproducción oficial íntegra en el Archivo Privado del Autor.
Dr. D. Francisco M. de las Heras y Borrero, Presidente de la Diputación de Linajes de esta Casa Troncal.
Por |2020-11-13T03:48:51+01:00sábado, noviembre 20, 2010|

EL GENERAL PEDRO SANTANA,PRIMER MARQUÉS DE LAS CARRERAS, Y LA IDENTIDAD DOMINICANA (I).

Por el Dr. Francisco M. de las Heras y Borrero, Presidente de la Diputación de Linajes de esta Casa Troncal.
-Primera Parte-
La historia de la independencia de los antiguos territorios americanos pertenecientes a la Corona de España está llena de luces y sombras. Estos procesos, contrariamente a como luego se reescribe la historia, no son rectilíneos ni los hechos sucedieron conforme a un guión predeterminado. En las mismas familias encontramos sentimientos opuestos y diferentes. A favor o en contra, dentro o fuera del proceso de independencia no es fácil de distinguir.
La parte española de la isla de Santo Domingo, más tarde República Dominicana, no fue una excepción a lo anteriormente expuesto.
EL MARQUESADO DE LAS CARRERAS EN SU CONTEXTO HISTÓRICO.
Obtenida su independencia de España el 1 de diciembre de 1821, sin tan siquiera disparar una bala, tras una época en la que la metrópolis se había prácticamente desentendido de su colonia (época conocida como la “España boba”), la República Dominicana cae enseguida en poder de Haití.
José Núñez de Cáceres.
El 9 de Febrero de 1822, a tan sólo 39 días de haberse proclamado la independencia por José Núñez de Cáceres, el nuevo estado fue invadido por 12,000 efectivos del ejército haitiano. Se pisoteaba la soberanía dominicana, que pasa a llamarse Haití Español. Así se iniciaba la dura tribulación, que por 22 largos años sufrirían los dominicanos, bajo la dictadura del Presidente Jean Pierre Boyer, y que no terminaría hasta el 27 de Febrero de 1844, fecha en la que capitula la fuerza de ocupación extranjera y se proclama la independencia. La Fiesta Nacional dominicana quedó fijada en ese día, siendo la única república hispanoamericana que no celebra su separación de España, sino su independencia del dominio de otro país.
Jean Pierre Boyer.
Fue la dura lucha por la emancipación de Haití la que forjó, en gran medida, la nacionalidad dominicana. Lograda la victoria sobre sus vecinos, el peligro de una nueva invasión estaba siempre presente. Los haitianos, a regañadientes, habían asumido su derrota, pero las incursiones y escaramuzas militares siguieron siendo continuas.
El 21 de abril de 1849, se produjo un crucial enfrentamiento, escenificado en la cercanía de Baní, en el lugar denominado Las Carreras, entre las fuerzas haitianas comandadas por el entonces Presidente Vitalicio Faustino Souluque, que a los pocos meses se proclamaría emperador bajo el título de Faustino I, y las fuerzas dominicanas comandadas por Pedro Santana, asistido por Francisco del Rosario Sánchez y Ramón Matías Mella. El ejército haitiano, compuesto por 4.000 soldados, tuvo que batirse en retirada. Esta amplia victoria, que daría nombre años más tarde al título nobiliario que la Reina Isabel II otorgó al general Santana, supuso la consolidación de la soberanía de la joven nación.



Faustino I.



Con el temor latente de una guerra abierta con Haití, y en medio de una grave crisis financiera, el gobierno dominicano, tras varios intentos fallidos con EEUU y Francia, busca una tutela externa en España.
A partir de octubre de 1858 el gobierno dominicano, con el general Santana a la cabeza, se fija como objetivo conseguir que España otorgase protección a su antigua colonia. El 27 de abril de 1859, Santana dirigió una carta a su “Grande y Buena Amiga” la Reina Isabel, en la que abogaba por “una más perfecta unión con la que fue nuestra madre (…) Yo y la gran mayoría de esta nación estamos dispuestos a tomar cualquier medida que sea adecuada para asegurar el bienestar del pueblo dominicano y los intereses de España en sus posesiones americanas” (1) .
¿Qué estaba sucediendo para que el Presidente Constitucional de un país que comenzaba a estrenar su soberanía, conseguida con un elevado coste de sacrificios y privaciones, dirigiese semejante misiva a su antigua potencia colonial? .
General Pedro Santana.
Un mes antes de dirigirse en términos tan angustiosos a la Reina de España, Pedro Santana, el 26 de marzo, había recibido un mensaje de Faustino I, Emperador de Haití, en el que “en nombre de la humanidad y de nuestro interés común –decía el haitiano- tomo la iniciativa de una correspondencia que espero pondrá fin a las crueles disensiones que nos desgarran desde hace, pronto, doce años”. Soulouque dice tenderle “una mano amiga”, preguntándose “por qué no enviar ante mí diputados, o recibir los míos, para establecer las bases de una reconciliación”, en aras a los intereses de “la patria común” (2) .
 La idea de Faustino I era clara, conseguir a toda costa la unificación de la isla, y ya sabían los dominicanos por la experiencia pasada lo que ello entrañaría: la disolución total de su identidad.
Carta de Faustino I al Gral. Pedro Santana.
Esta carta, recibida, como decimos, justo un mes antes del famoso escrito de Santana dirigido a la Reina Isabel II, implorando “una más perfecta unión con la que fue nuestra madre”, tiene una importancia capital para entender la situación de temor y pánico del gobierno dominicano ante el país vecino. El peligro era real y se percibía como inminente. Había, con astucia, que buscarse un escudo protector a cualquier precio, y asegurar así “el bienestar del pueblo dominicano”, todo antes que caer de nuevo en las garras haitianas. La carta de Faustino I a Pedro Santana, que comentamos, pese a su enorme interés, duerme en los estantes del Archivo General de la Nación, en Santo Domingo, sin que haya retenido la atención o curiosidad de ningún estudioso.
Isabel II.
En octubre de 1860, el ministro de Estado dominicano Pedro Ricart y Torres visitó a Serrano en el Palacio de los Capitanes Generales de La Habana y le urgió a la anexión o al anuncio de un protectorado español sobre el país, con algunas condiciones: la no ampliación del sistema antillano a la isla, la obtención del estatuto de provincia del Reino, la garantía de empleo de los nativos en el Ejército y en la Administración Civil, la amortización del papel moneda depreciado y el reconocimiento de la validez de todos los actos de gobierno republicano desde 1844 (3).
El general Serrano transmitió de inmediato estas condiciones a Madrid, respondiendo el entonces presidente del Consejo, General Leopoldo O’Donnell, que en aquellos momentos la incorporación no era una decisión oportuna.
General Leopoldo O´Donnell.
Pero a inicios de marzo de 1861, Pedro Santana decidió forzar la situación y, sorprendiendo a todos, de forma unilateral renuncia a la soberanía dominicana y proclama la adhesión a España en un comunicado fechado el 18 de ese mismo mes dirigido al gobierno español: “El Pueblo y el Gobierno dominicano acaban de proclamar su unión a la Monarquía española, declarándose súbditos de S.M. la Reina y enarbolando de uno y otro extremo del País el pabellón de Castilla con el entusiasmo de un Pueblo que tras largos padecimientos y un porvenir sombrío busca resuelto el alivio, el reposo y la salvación de grandes riesgos en una empresa de muchos años acariciada como plena realización de un destino y cumplida satisfacción de naturales sentimientos”.
Ese mismo día, Pedro Santana dirigió una proclama a los dominicanos: “La España nos protege, su pabellón nos cubre, sus armas se impondrán a los extraños; reconoce nuestras libertades, y juntos las defenderemos, formando un solo pueblo, una sola familia, como siempre fuimos”. Su intencionalidad, al adoptar tan grave decisión, era clara y no admite dudas. Se buscaba, desesperadamente, una protección frente a “los extraños”, una protección frente a la amenaza haitiana.
La anexión se verificó, no sin cierto alborozo, como un acto de proclamación, tras ratificarse la medida por los Ayuntamientos de la República entre el 21 y el 26 de marzo.
Pasada la sorpresa, e incluso desconcierto, inicial, y pese a la incómoda posición internacional que dicha circunstancia le ocasionaba, sobre todo con sus antiguas colonias al poderse interpretar la anexión como una vuelta al pasado, el gobierno español acepta el hecho consumado, pues no era posible “volver el rostro a un Pueblo desgraciado, exponerle a ser presa de ambiciones extranjeras, desoír el grito de unión (…) y las señaladas pruebas que ha dado siempre de su nunca extinguido amor a España”, ya que eso equivaldría a “romper con las gloriosas tradiciones de nuestra historia y desmentir nuestra constante y aplaudida hidalguía” (Exposición del gobierno del general O’Donnell, elevada a Isabel II el 19 de mayo de 1861).
Las cancillerías de Perú, Nicaragua, Bolivia, Colombia y Venezuela, reclamaron de inmediato que la América democrática se presentase unida y firme en la custodia de los principios invocados en el proceso emancipador. Sin embargo, Argentina se limitó a desear que los propios dominicanos con su actitud enérgica expulsasen a los españoles, mientras que Chile motivó su reticencia a involucrarse en enfrentamientos con las potencias extranjeras.
Con este trasfondo internacional, Pedro Santana, que había sido nombrado Teniente General del Ejército Español y Capitán General de Santo Domingo, juró su cargo el 8 de agosto de 1861 ante el general Serrano, Capitán General de Cuba, desplazado para este acto a la capital dominicana.
Pedro Santana jura como Capitán General.
Al poco tiempo, se tuvo noticias de los primeros descontentos populares, que serían el preludio del inicio de la guerra de restauración de la soberanía, como fue conocida esta etapa histórica. Sin embargo, esta contienda no sería una clásica guerra contra un invasor extranjero. La presencia de España se justificaba por la petición expresa del gobierno legítimo dominicano. Partidarios y adversarios de esta presencia se encontraban repartidos entre todas las clases sociales. La guerra de restauración tuvo las características de una auténtica guerra civil.
Pronto el gobierno español comprobaría, decepcionado, que la realidad dominicana era distinta a lo que se le había hecho creer y que Pedro Santana, movido por el deseo de poner a su país al abrigo de las ambiciones haitianas, había actuado de forma personal sin evacuar las oportunas consultas populares.
El grito, llamando a las armas, lanzado el 16 de agosto de 1863 por un puñado de revolucionarios patriotas desde el cerro de Capotillo, donde se enarboló la bandera dominicana al son de una diana y con redobles de tambores, sería la confirmación palpable de este rechazo popular y el inicio formal de las hostilidades entre las tropas españolas y el ejército restaurador.
En todo caso, pese a las diferencias políticas, los sentimientos de uno y otro lado, incluso en los momentos más difíciles, siempre fueron cálidos. «Entre el pueblo dominicano y la nación española no puede existir ni animosidad ni odio. Los dominicanos no han tenido jamás la intención de empañar el brillo de las armas españolas. Si entre dos pueblos ligados ayer por estrechas relaciones y profundas simpatías se ha empeñado hoy una lucha fatal, la culpa de ello, si culpa hay, no es ni del uno ni del otro» – escribía, próximo ya el final de la contienda, a la Reina Isabel II, el 3 de enero de 1865, el gobierno formado en Santiago de los Caballeros por los patriotas dominicanos. La belleza y profundidad de estas palabras ponen de manifiesto, sin ningún género de dudas, el afecto que ambas partes se profesaban, incluso en el fragor de la contienda.
No obstante, la arriesgada y fallida decisión adoptada por Pedro Santana trajo como consecuencia, paradójicamente, la salvaguarda de la soberanía del país, lograda, con carácter definitivo, al poner fin España a su presencia en la ex colonia, materializada mediante Ley de 30 de abril de 1865, “ya que –según su exposición de motivos- fue una ilusión la creencia de que el pueblo dominicano en su totalidad o en su inmensa mayoría apeteciera y sobre todo reclamara su anexión a España”. Pero para entonces, la presencia española había disuadido la posibilidad de nuevas invasiones y la República Dominicana ya había logrado reforzar las bases de sus señas de identidad: lengua, religión católica y cultura hispana, todo ello puesto en peligro por el vecino haitiano, que, además, iniciaba una etapa de franco y continuo declive. De no haber adoptado el general Santana en aquellos momentos de peligro tan polémica decisión, tal vez la evolución de los acontecimientos hubiera sido muy diferente a lo que finalmente fue.
1)Todos los documentos oficiales de los gobiernos español y dominicano, que citamos en el presente trabajo, relativos a la cuestión de Santo Domingo, se encuentran actualmente depositados en el Congreso de los Diputados de Madrid, y vienen recogidos en la obra de los profesores Eduardo González Calleja y Antonio Fontecha Pedraza, “Una Cuestión de Honor – La polémica sobre la anexión de Santo Domingo vista desde España (1961-1965)”, Ediciones Fundación García Arévalo, Santo Domingo 2005. Esta obra es, de lejos, la que mejor analiza y documenta aquel periodo poco claro y desconocido para la mayoría de los españoles, pese a la trascendencia e importancia que tuvo en su momento.
2)Archivo General de la Nación, Santo Domingo, República Dominicana. Copia oficial certificada en el Archivo Personal del Autor.
3) Eduardo González Calleja y Antonio Fontecha Pedraza, “Una Cuestión de Honor – La polémica sobre la anexión de Santo Domingo vista desde España (1961-1965)”. Ediciones Fundación García Arévalo, Santo Domingo 2005, pag. 37.
Por |2020-11-13T03:48:51+01:00viernes, noviembre 19, 2010|
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