PREGÓN EN EL BURGO DE OSMA.
Por la calle Mayor, junto a los niños, acompañaremos a Jesús que hace su entrada en Jerusalén como había sido profetizado muchos siglos antes. Pero, no lo olvidemos, el triunfo de Jesús es un triunfo sencillo. Se contentará con un pobre animal por trono. Además, conocemos ahora que aquella entrada triunfal fue, para muchos, muy efímera. Los ramos verdes se marchitaron pronto. El hosanna entusiasta se transformó, cinco días más tarde, en un grito enfurecido: ¡crucifícalo, crucifícalo! Qué diferentes son los ramos verdes y la cruz. Las flores y las espinas. A quien antes le tendían por alfombra sus propios vestidos, a los pocos días lo desnudan y se los reparten.
Contemplar el paso, la escena de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén nos pedirá, pues, a cada uno de nosotros coherencia y perseverancia. Ahondar en nuestra fidelidad para que nuestros propósitos no sean luces que brillan momentáneamente y pronto se apagan. Sí, hermanos, desde mañana deberemos esforzarnos en que nuestros ramos, que son brotes nuevos de propósitos santos, no se nos marchiten en la manos y se conviertan en ramas secas.
Lunes Santo.
A ello, nos ayudará, el Lunes Santo contemplar a la Madre en su misterio de dolor. Por nuestra Villa procesionaremos con la Piedad, que partirá de un centro tan querido como es la residencia de San José.
Será el primer día de nuestra Semana grande, de nuestra Semana Santa. Para Cristo se acerca el momento para el que ha venido, para el que se ha encarnado. Es significativo, pues, que en ese día los ojos de los burgenses se vuelvan a contemplar a la Virgen que sufre con el Hijo entre sus brazos.
Sí, hermanos. Es providencial que, a los burgenses y a tantos que en estos días nos van a visitar, les recordemos al inicio de la Semana de pasión y de gloria que Cristo sigue sufriendo. ¿Dónde? ¡En nuestro pueblo! ¡A nuestro lado! Si nos paramos a pensar… si abrimos los ojos del corazón… si no somos insensibles a los gritos de dolor de nuestros hermanos, encontraremos tantos camino del Gólgota: ¡cuántos parados en nuestra Villa! ¡cuántos jóvenes que buscan y no encuentran! ¡cuántos matrimonios rotos! ¡cuántos ancianos solos! ¡cuánta división en las familias! ¡Cuántos sufrimientos entre nosotros! ¡cuántos corazones quebrantados! ¡cuántas vidas rotas!
Con la Madre caminaremos echando la mirada en torno para encomendarle a tantas personas que nos encontraremos (participando o, simplemente, observando) para decirle: Madre de Cristo, intercede por nosotros, preséntale a tu Hijo las necesidades de nuestras gentes, de nuestro pueblo. Madre, que supiste cuidar de tu Hijo en Belén, en Egipto, en Nazaret… ¡también en la hora terrible de Jerusalén!: no nos abandones en nuestra particular pasión; permanece a nuestro lado; recoge la oración de nuestros corazones que se elevan a Dios gritándole: “¡Señor, ten piedad, de nosotros! ¡Ayúdanos, confórtanos, sostennos, llénanos de tu gracia!”.
Martes Santo.
Con este sincero grito de nuestro corazón nos adentraremos en el Martes Santo. Martes Santo, la Soledad procesionará por nuestras calles. La Virgen, cuyo corazón fue traspasado por la espada, se nos presentará ante nuestros ojos rota de dolor pero firmemente asida de su Hijo. Ella, la Virgen de la Soledad, nos hará recordar la soledad de la Virgen: la dulce soledad del momento de la Encarnación; la soledad de la gruta de Belén; la amarga soledad, junto a José, en Egipto; tantos seguros ratos de soledad en los que preguntarle a Dios Padre durante treinta años: “¿cuándo empezará todo, Dios mío?”; la soledad del camino del Calvario en la que nacerá de su corazón maternal esa otra pregunta: “¿cuándo acabará todo, Señor?”.
La soledad de la Virgen. Cuando El Burgo de Osma contemple a la Virgen en este doloroso misterio, deberá volver sus ojos y su corazón, permitidme que hable así, a las soledades de tantos vecinos de sus calles y portales: la soledad de los ancianos sin familia; la soledad del inmigrante, lejos de su patria; la soledad del matrimonio que ha visto apagarse la llama del amor; la soledad de tantos que buscan un sentido de su vida y beben en los mares salados del alcohol o la droga. La Virgen de la Soledad, queridos hermanos, deberá hacernos volver los ojos hacia su Hijo, el ‘Ecce Homo’, abandonado también de todos, excepto del Padre del Cielo. Éste es, hermanos, uno de los grandes infiernos que sufren tantos coetáneos nuestros: la soledad. Llegado este día, Martes santo, pongamos en las manos de la Madre del Cielo a todos los que sufren la tempestad de la soledad y no han encontrado en Cristo el seguro asidero.
Miércoles Santo.
La Virgen de la Soledad. Cristo, el ‘Ecce Homo’, el Siervo doliente, triturado por nuestros pecados. Los Misterios de la Pasión irán desfilando ante nosotros para darnos grandes lecciones. Así sucederá el Miércoles Santo cuando, tras haber celebrado en esta bellísima Seo la Misa Crismal, por la tarde veamos procesionar al Señor, coronado de espinas. Él, el Rey de Reyes, coronado… ¡de espinas! Objeto de burla; abofeteado; desnudado; ridiculizado; coronado. Sin embargo, unas pocas horas más tarde, de su boca oiremos una de las grandes lecciones de la Pasión: “perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen”. Perdón. La Villa vibrará ante… ¡el perdón!
Cristo, es nuestro gran ejemplo. Poco después de la muerte de Cristo, la Escritura nos muestra otro precioso ejemplo de qué es, de verdad, perdonar: “puesto de rodillas exclamó: Padre, no les tengas en cuenta este pecado” (Hch 7, 60). Esteban, el protomártir, según nos narra el Libro de los Hechos inmediatamente, expiró. Lo habían matado pero él fue capaz de perdonar. Se había configurado con el Señor de tal manera que, como afirma San Pablo en su Carta a los Colosenses, perdonó de la manera en la que lo hizo Cristo (cfr. Col 3, 13)
Perdonar… a eso nos moverá nuestra procesión del perdón; sí, hermanos, cuando el perdón es sincero e incondicional libera a la persona que perdona para que disfrute de mayores misericordias regaladas por un generoso Padre celestial que promete derramar en nuestro corazón una “medida buena, apretada, remecida y rebosante” (Lc 6, 38).
Jueves Santo.
Perdonar. El perdón nace del amor. Y el amor nace en Dios; mejor, el Amor es Dios. Así lo sentiremos, una vez más, cuando el Jueves Santo participemos en la Santa Misa en la Cena del Señor.
Y, tras eso, la Cena. ¡Cuánto la he deseado!, afirmas. Te creo. Y hoy nos dices lo mismo: lo deseo. Deseas “cenar” conmigo, deseas darme tu Cuerpo, unirte a mí, hacerme eterno. Calmar mi sed, mi sed de todo, del Todo, de Ti. ¿Cuál será nuestra respuesta, hermanos burgenses, hermanos cofrades? Pasa, entra, derrumba la puerta… Pero no, nos pides que te abramos, que seamos libres -para hacernos eternos-. Yo, acepto. Comamos juntos. Y me dices: trae tu cabeza, apóyala en mi pecho. ¿Lo sientes? Es Amor eterno. Así ha de ser el tuyo, me dices: para todos, con todos, ante todo. ¡Pero estamos tan lejos! ¡Cámbianos, Señor! ¡Cámbianos de verdad, por dentro, para ser como Tú: tus mismos sentimientos, tus mismos pensamientos, tu mismo amor… amor eterno!
Y te quedas. Te quedas para siempre. Es la Eucaristía, es el día, el día en que te entregas: en este día, Jueves santo, en misterio; mañana, clavado en el madero. ¿Por qué? ¿Por quién? Por amor, por mí. Y nuevamente nos dices lo mismo: os amo, os quiero. Desde siempre y para siempre. Amor eterno.
El Jueves Santo es el día en el que las calles burgenses, en silencio, como la procesión que las recorrerá, contemplarán el gran Misterio: Cristo, presente para siempre, a nuestro lado; el Eterno, en un pedazo de pan; Dios, en la más pequeña de las nadas. Y el sufrimiento. Lo contemplaremos en silencio: el Huerto. Allí, el Señor velará; sudará sangre; se sentirá tan solo… los suyos, cerca, están durmiendo. Será buen día, hermanos, para confesar que demasiadas veces dormimos ante la angustia ajena; demasiadas veces permanecemos impasibles ante el sufrimiento.
Viernes Santo.
Pero ¿cómo no sentir compasión ante ese Hombre, el Hombre, que yacerá colgado en el madero? Viernes Santo, hermanos. Ese día, desde el alba, diremos:
Sin embargo, veinte siglos después, no fue así. Hoy, la Cruz sigue siendo nuestro orgullo y nuestra gloria. La cruz, después de casi veinte siglos, sigue siendo un misterio para todo aquel que contempla el modo en que Dios quiso salvar a los hombres en Cristo. Pudo escoger cualquier otro camino para decretar nuestra salvación, pero escogió el fracaso, el sufrimiento y la ignominia para declararnos así su amor por nosotros. Es la gran verdad que sostiene la esperanza del cristiano y que hace que ante el misterio de Jesús en la Cruz brote en el corazón de cada creyente una inmensa gratitud y correspondencia a su amor.
Cuando procesionemos con el Santo Entierro recordaremos a todos que Cristo realiza un amor solidario con el hombre por medio del cual comparte destino con nosotros y puede sostener desde dentro del corazón a todo aquél que se ve invadido por el pecado y sus consecuencias, es decir, por el sufrimiento y la muerte. Éste es el estilo de Dios Padre manifestado en Cristo Jesús, el cual al expirar nos entrega su Espíritu para que nosotros, llenos del consuelo que sólo Él puede dar, seamos capaces de dar un sentido a todos los sinsentidos e injusticias que podamos padecer en nuestra vida, y poder dar a los hombres y al mundo un mensaje de esperanza y salvación. Ante la Cruz, la actitud más coherente es la adoración y el inmenso respeto que nos merece un acto tan inmenso de amor.
En esa oración de adoración, bien podremos hacer nuestra esta plegaria de la Liturgia de las horas:
Silencio. Dios calla. Ha muerto. ¿Dios, muerto? ¿El Hijo del Padre, el Verbo eterno, el Amor de los amores, Él que nada malo había hecho, El que nos amó hasta el extremo? ¿Muerto? Y Dios calla, la humanidad espera, cruza los dedos… “no, ahora no; ahora, Señor, no nos dejes… era Él, estuvimos con Él, le vimos levantar muertos, hacer milagros, curar enfermos, predicar a todos, amar a todos, sanar y curar los corazones dolidos, abatidos, separados de ti, enfermos… no puede ser. ¡Habla! ¿Por qué lo has hecho?”. Y Dios calla. Lo ha dicho todo. En Él, en su Hijo, en el Verbo, Dios nos lo ha dicho todo: los amó hasta el extremo (Jn 13, 1)
Y en la Villa, una vez más, miraremos a la Madre. A la Madre, otra vez, contemplando cómo supo sufrir y vencer en su misteriosa soledad. El Hijo, muerto. Aparentemente, la noche ha vencido; no hay ni una sola ventana con luz; sólo queda creer, esperar. Sí, cuando el sábado la losa caiga, no habrá nada de ángeles, nada de voces del Padre. Sólo la noche y el sonar de los latigazos en los oídos, y las carcajadas, y las blasfemias y las risas; sólo el golpe final de la piedra, cerrándose. ¡Qué lejos queda ahora lo de Belén, también para la Madre! Y es que, en la noche, no hay nada. Sólo la noche. Pero es verdad… se vislumbra la certeza de que el sol está al fondo y volverá mañana.
El sábado, anochecerá. Después del dolor del Viernes Santo, volverá la calma. La calma nocturna, pero calma al fin y al cabo. Ya sólo quedará esperar y ver la puerta que se abre y sus ojos que brillan. Y de noche, muy de madrugada, podremos preguntar a aquella mujer que tanto lo amaba:
Y en ese momento se produce la gran desbandada: los fieles se lanzan hacia las puertas, hacia las calles de la ciudad con sus antorchas encendidas y las atraviesan gritando: ¡Cristo ha resucitado, aleluya! Y quienes no pudieron ir a la ceremonia encienden a su vez sus antorchas y como un río de fuego se pierden por toda la ciudad.
Impresiona la ceremonia por su belleza. Pero aún más por su simbolismo. Eso deberíamos hacer los cristianos todos los días de Pascua y todos los días del año, porque en el corazón del creyente siempre es Pascua: dejar arder las antorchas de nuestras almas y salir por el mundo gritando el más gozoso de todos los anuncios ya que Cristo ha resucitado y, como Él, todos nosotros resucitaremos.
¡Aleluya, aleluya!, éste es el grito que, desde hace veinte siglos, diremos ese Día los cristianos, un grito que traspasa los siglos y cruza continentes y fronteras. Alegría, porque Él resucitó. Alegría para los niños que acaban de asomarse a la vida y para los ancianos que se preguntan a dónde van sus años; alegría para los que rezan en la paz de las iglesias; alegría para los solitarios que consumen su vida en el silencio y para los que gritan su gozo en la ciudad.
Revive Cristo dentro de los que le aman. Y su resurrección es un anuncio de mil resurrecciones: la del recién nacido que ahora recibe las aguas del bautismo, la de los dos muchachos que sueñan el amor, la del joven que suda trabajando, la de ese matrimonio que comienza estos días la estupenda aventura de querer y quererse, y la de esa pareja que se ha querido tanto que ya no necesita palabras ni promesas. Sí, resucitarán todos, incluso los que viven hundidos en el llanto; los que ya nada esperan porque lo han visto todo; los que viven envueltos en violencia y odio; y los que de la muerte hicieron un oficio sonriente y normal.
No lloréis a los muertos como los que no creen. Quienes viven en Cristo arderán como un fuego que no se extingue nunca. Acercaos al Pan, burgenses, que en el altar anuncia el banquete infinito; a ese Pan que es promesa de una vida más larga; a ese Pan que os anuncia una vida más honda. El que resucitó volverá a recogeros, nos llevará en sus hombros como un Padre querido, como una madre tierna que no deja a los suyos. Recordad, recordadlo: no nos ha dejado solos en un mundo sin rumbo. Hay un sol en el cielo y hay un sol en las almas.
En ese Día, hermanos, al quitar en nuestra plaza el manto a la Virgen y hacerle lucir el manto de la alegría, Cristo volverá a recordarnos: amigos míos, no temáis, no lloréis como los que no tienen esperanza. ¡No! Él no dejará a los suyos en la estacada de la muerte. Su resurrección fue la primera de todas. Él es el capitán que va delante de nosotros. No tengáis miedo. No temáis.


































































