Árbol dinástico de la monarquía en España
El árbol dinástico de la monarquía en España: Todos los reyes desde Bermudo I hasta Felipe VI
Felipe VI se convirtió, el 19 de junio de 2014, en el nuevo Rey de España. Se suma así a una larga línea dinástica que se remonta hasta el siglo VIII y que une, de padres a hijos, a Bermudo I, Rey de Asturias entre 789 y 791, con el actual Rey.
España es uno de los siete reinos que subsisten en Europa. Tal y como asegura la web de la Casa Real: «La Monarquía, en sus diferentes concepciones y modalidades, ha venido siendo de modo predominante la forma de Gobierno, o de máxima organización del poder político, que se ha conocido en España y en sus territorios adyacentes e insulares a lo largo de la Historia». Esta forma de gobierno monárquica es común a las sucesivas etapas históricas en la Península Ibérica: los pueblos pre-romanos (iberos, celtas, tartesos); la Hispania romana; el reino de los visigodos y el reino de los suevos; los diferentes reinos cristianos que se desarrollaron durante el periodo de la Reconquista y que convergieron en una unión monárquica con el enlace de los Reyes Católicos (el Reino de Navarra y el Reino de Portugal se incorporaron después a esta unión).
Las capillas funerarias del Temple en Navarra
Artículo remitido para su publicación en el blog de la Casa Troncal de Los Doce Linajes de Soria por el escritor e investigador granadino, afincado en la Ciudad Condal D. Jesús Ávila Granados
La Comunidad Foral de Navarra, gracias a su estratégica ubicación entre el Pirineo central y el Valle del Ebro, y gracias también a su influencia en el mundo de las peregrinaciones desde tiempos medievales, ha sido una tierra de mucho trasiego humano a lo largo de los tiempos, variada y de notables recursos naturales. En su accidentada geografía los templarios levantaron construcciones que hoy, ocho siglos después, siguen asombrándonos por su gran riqueza decorativa y la belleza de unos símbolos que retan al viajero a ser descubiertos y analizados, sin prisas. Por ello, queremos invitar al lector a emprender este fascinante viaje por la geografía navarra, siguiendo las huellas de los caballeros templarios. Gran parte de este modesto trabajo condensa capítulos de mi libro: “La mitología templaria” (La obra más completa de la Orden del Temple), editada por Diversa, que, además, dedica su portada a Eunate.
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La Comunidad Foral de Navarra se abre a los extasiados ojos de los peregrinos que atraviesan los altos puertos pirenaicos por dos enclaves: viniendo de Saint-Jean-Pie-de-Port, antes de llegar a Roncesvalles, o bien, tras descender por el Somport y Canfranch y atravesar la Jacetania, llegar al pantano de Yesa y admirar la grandiosidad espiritual de Leyre, el monasterio de los milagros y de los licores artesnales. Y es a partir de aquí, cuando ambos caminos están llamados a unirse en la localidad de Puente la Reina (Gares), después de haber pasado por Eunate, cuando el peregrino que busca la fe y el misticismo jacobeo en su anhelado afán por alcanzar Compostela, se encuentra con unas iglesias sorprendentes, donde el esoterismo templario está esperando ser identificado. Pero recordar siempre que lo sagrado no es el edificio, sino la tierra sobre la que se alza la construcción. Estas iglesias están vinculadas con los magos del Temple, quienes concibieron estas singulares construcciones pensando en el último viaje, en el cual los símbolos cobran una dimensión todavía más notable, como veremos a continuación.
Enterrar a sus caballeros con el rostro vuelto hacia abajo, era tradicional en la Orden del Temple; con ello se procuraba un más estrecho contacto del difunto con la Madre Tierra, porque es en el Más Allá, al traspasar los límites de su existencia mundana, donde se encontrarían para rendir cuentas al Altísimo. Con ello, no sólo se rendía un justo homenaje a la Madre Tierra, sino que se hacía patente la proclama cristiana de Pulvus eris et in pulvis reverteris, según la expresión original Terra eris et in terra reverteris. De este modo, los templarios -la Orden más esotérica que haya conocido el mundo medieval, tanto de oriente como de occidente-, recuperaron para la figura de la Madre un papel importante que, con el patriarcalismo hebreo, adoptado por el cristianismo, la Virgen María había perdido; y la Madre está relacionada con la tierra, con la fertilidad, engendradoras, ambas, de vida. García Atienza nos lo recuerda muy bien: “El rostro del muerto vuelto a la tierra es expresión de un regreso a la sacralidad primitiva, con todas sus consecuencias”. Ésta es, por lo tanto, otra de las ancestrales tradiciones que el cristianismo, de corte machista, había arrinconado, pero que los templarios supieron muy bien recuperar. En la iglesia parroquial de Castromembibre (Valladolid), dedicada a Nuestra Señora del Templo (del Temple), se puede ver a Santa Ana, la madre de la Madre, en un reconocimiento religioso que se remonta a varios siglos antes de que la Iglesia de Roma instaurara el culto a Santa Ana.

Detalle del pavimento de la plaza de Santiago, de Logroño, con la reproducción de Puente la Reina (foto: Jesús Ávila)
Los caballeros templarios, incluso después de muertos, siguieron manteniendo buena parte de su aureola de misterio; el fervor popular que, en la mayoría de los territorios hispanos, dominaba en la sociedad medieval, se hizo evidente cuando, en numerosos casos, muchos de sus freires, al traspasar al mundo del Más Allá, fueron objeto de insólitas veneraciones. Algunos de estos casos tienen nombre propio, como fue San Duran (Durando), el único santo que fue caballero templario, vinculado con la ciudad de Puigcerdà (La Cerdanya. Girona), o frey Juan Pérez, que se halla enterrado en Villalcázar de Sirga (Tierra de Campos. Palencia); frey Bertrán Aymerich, primer comendador de Horta de Sant Joan (Terra Alta. Tarragona); pero, la gran mayoría, fueron caballeros anónimos, que la fe popular mantiene ese fervor en lugares tan dispares como las tumbas rupestres de la necrópolis medieval de Malamoneda (Hontanar. Toledo); Miño de Medinaceli, Romanillos de Medinaceli y Caracena (Soria), Monzón (Huesca); Betanzos (A Coruña); Iruña (Álava); Bueida (Quirós. Asturias), etc.; enclaves, todos ellos templarios, a los que nos dedicaremos en otros trabajos. Pero ahora proseguiremos con el tema central que nos ocupa, que tiene como centro neurálgico la Comunidad Foral de Navarra.
Centros de energía
También las construcciones funerarias formaron parte del microcosmos esotérico del Temple; muchas de estas iglesias, de reducidas dimensiones, salpican el Camino de Santiago. Las más conocidas están, sin duda, en Navarra; se trata de los significativos ejemplos de Eunate y Torres del Río; templos, ambos, concebidos en planta octogonal. Eunate (que en euskera significa “cien arcos” y en latín “el bien nacido”) concentra infinidad de elementos que sobrepasan los límites de lo conocido, en donde los templarios concentraron buena parte de su sabiduría gnóstica; mientras que la iglesia del Santo Sepulcro, de Torres del Río, es la culminación espacial del octógono perfecto, cuya cúpula evoca a Oriente. Pero hablemos de cada una de estas singulares construcciones.
Eunate no es un templo planificado como la gran mayoría de las iglesias cristianas, donde el ábside está orientado a levante; en esta capilla funeraria, su cabecera mira hacia mediodía, en lugar de al este. “Casi todas las iglesias orientadas de norte a sur, en vez de este a oeste, como suele ser habitual, han estado o están bajo el patrocinio de dos santos o mártires, habiendo sido edificadas sobre los restos de una antigua construcción dedicada a Jano”, manifiesta el medievalista Andrés Malby. En Eunate todo es sorprendente; el concepto de iglesia funeraria, además, se deduce del pequeño torreón que emerge del sector suroeste de la capilla, cuya función no podía ser la de tañir las campanas de la espadaña, puesto que éstas podían ser dobladas desde el interior de la iglesia, a través de un cordel. Por lo tanto, es fácil deducir que este torreón podría haber dado acceso directo a una linterna funeraria. Recordemos que este tipo de construcciones, mayoritariamente en forma cilíndrica y altivas como obeliscos, son de inspiración celta, y que en Francia abundan en la región de Poitou, y en nuestro país, se conserva un caso muy particular en la población catalana de El Catllar (Tarragona), que, además, se encuentra exenta; dentro de estas columnas de piedra cilíndrica se dejaba una vela ardiendo cuando se había producido un fallecimiento en la comunidad; y en el caso de Eunate, muy bien podría haber desempeñado este torreón una función de torre de transmisión de mensajes, en este caso, de avisos a los pueblos de la zona sobre el fallecimiento de un miembro de la comunidad.

Interior de la bóveda octogonal de los nervios, de la iglesia del Santo Sepulcro de Torres del Río (foto: Paco González)
A Juan García Atienza también le llama poderosamente la atención la extraña disposición de Eunate. Se trata de la irregularidad manifiesta del octógono de su planta, la cual no obedece a ningún problema de cimentación, puesto que el terreno sobre el que se levanta la ermita es lo suficientemente llano. Entonces ¿a qué se debe tal irregularidad? ¿Por qué no todos los lados del octógono de la planta de esta iglesia son de igual medida? García Atienza afirma que, si trazamos unos ejes longitudinales que prolonguen los lados de la base del templo, llegarías a sorprendentes conclusiones; entre las cuales, que estos radios alcanzarían lugares de poder tan significativos como Zugarramurdi, la sierra de Aralar, la Demanda, el Moncayo, el Monasterio de Piedra, el Turbón, Lourdes, etc. Enclaves, todos ellos, relacionados con montañas sagradas, lugares de ancestrales cultos paganos, vírgenes negras y, sobre todo, enclaves estrechamente vinculados con el Temple.
Eunate ha sido, y sigue siendo, uno de los lugares de mayor atracción esotérica de la geografía hispana. Numerosos investigadores se han interesado por los misterios de este lugar; la escritora Concha Palacios no dudó en manifestar: “Eunate, a pesar de su aislamiento y soledad espacial, bien expuesta a las miradas indiscretas, podría haber constituido un espacio destinado a danzas sagradas”. No sería nada extraño que los magos templarios emplearan alucinógenos en sus ceremonias, y, con ello, un acercamiento a los ritos iniciáticos; la directa relación geométrica de la prolongación de uno de los vértices de Eunate con Zugarramurdi, corroboraría esta cuestión.
En cuanto a la simbología, Eunate encierra una verdadera riqueza; además de numerosos Baphomet, que se alinean en numerosos de sus canecillos, queremos recordar que en un capitel se encuentra representado un crucificado sin cruz, lo que confirmaría el hecho de que los templarios no adoraban a la cruz –al considerarla el elemento del tormento de Cristo-, pero sí al crucificado; también aparece representada las cruz de ocho beatitudes, grabada en una lápida. Todo un cosmos esotérico que obliga a un estudio en profundidad en esta singular ermita, concebida por los maestros alarifes medievales del Temple como iglesia funeraria. El mejor momento para admirar su grandiosidad espacial es, sin duda, el atardecer, cuando los rayos del crepúsculo cubren de luces cálidas la piedra, simulando un fuego sobrenatural en medio de la verde llanura navarra.
La fuerza del ocho
Torres del Río, a escasos 50 kilómetros al suroeste de Eunate, es la otra iglesia funeraria del Camino de Santiago por la Comunidad Foral de Navarra (Nafarroa). Su iglesia, la del Santo Sepulcro, constituye la culminación espacial del octógono perfecto; su cúpula, en su trazado interno, evoca a Oriente, y no sería nada descabellado que, en su construcción, hubiesen participado alarifes hispano-musulmanes, debidamente asesorados por los magos templarios. El templo está concebido en tres cuerpos, cuya ornamentación se va complicando a medida que crece su altura, que sería una forma de anunciar que nos estamos acercando al nivel superior, el mundo celestial. También la numerología sagrada del Temple vuelve a recordarnos que estamos ante un edificio de profundas significaciones esotéricas, como lo confirma la relación 8 (+1) x 3 = 27. La riqueza simbólica de esta iglesia resulta verdaderamente sorprendente: al pie del arco triunfal, a ambos lados del ábside, vemos el principio de los contarios, el yin-yang. El concepto de capilla funeraria es del todo evidente si analizamos algunos de los capiteles; en el de la izquierda del interior del presbiterio, aparece un extraño descendimiento, donde varios personajes proceden a bajar de la cruz el cuerpo ya fallecido de Cristo; pero, más que un descendimiento, el escultor medieval ha querido transmitir la idea de desmembramiento de las extremidades superiores de Jesús. Estamos, por tanto, ante lo que se conoce como la operación alquímica de la separatio, representada astrológicamente por la constelación de Escorpio (el otoño), identificada con la Teth, novena letra del alfabeto hebreo, que se corresponde con la mítica tau templaria. El capitel de la columna opuesta vuelve a llevarnos a la muerte de Cristo, con su sepulcro, que tiene la losa superior entreabierta, en señal de que el alma de Jesús ya ha subido al cielo –imagen que se repite en el portal lateral de la Catedral de Calahorra (La Rioja)-; al lado de la tumba, unas mujeres portan tarros cerrados, que son matraces, al tratarse, sin duda, de mujeres relacionadas con la ciencia alquímica.
Estas dos iglesias –Santa María de Eunate y el Santo Sepulcro de Torres del Río- son stupas, templos que sirvieron de Linterna de los Muertos para los peregrinos compostelanos y que, en su concepción octogonal, evocan a la mezquita de la Roca, en la antigua explanada del templo –el primer Templo de Salomón-, de la ciudad de Jerusalén; embrión gnóstico de los templarios. Todo un viaje iniciático, por tanto, que los peregrinos del siglo XXI deberían tener en cuenta a su paso por estas dos grandes etapas del Camino de Santiago por tierras navarras.

























