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15 08, 2016

FRANCISCO FERNÁNDEZ DE BETHENCOURT, FORMACIÓN Y METODOLOGÍA

Por |2020-11-13T03:39:08+01:00lunes, agosto 15, 2016|

Fuente: http://geneacanaria.blogspot.com.es/2016/07/francisco-fernandez-de-bethencourt.html#more

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sábado, 23 de julio de 2016

FRANCISCO FERNÁNDEZ DE BETHENCOURT, FORMACIÓN Y METODOLOGÍA

RAFAEL RODRÍGUEZ DE CASTRO

Ponencia en el Homenaje a Francisco Fernández de Bethencourt en su Año Genealógico, celebrado el 7 de abril de 2016 en la  Real Sociedad Económica del País de Gran Can Canaria

 Previenen los historiadores como enseñanza básica que, quien contemple hechos del pasado debe considerar que está ubicándose en unos parámetros espacio temporales distintos a los del presente. Todos los rasgos característicos de una determinada época son propios de ella, algunos en grado de rigurosa exclusividad. Por eso, para conocer y profundizar correcta y eficazmente en un hecho del pasado histórico no debemos acudir a juicios, análisis o estudios que proyecten sobre éstos valores, principios, criterios, ideas o normas de la modernidad en la que nos hallamos. De obrar así descontextualizamos el momento pasado para traerlo de forma estridente a nuestra contemporaneidad.

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Francisco Fernández de Bethencourt vivió en un momento convulso, paradójico y decadente de España. Tal fue la transición entre los siglos XIX y XX. El mismo año de su nacimiento, 1850, la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria sufría el trágico episodio del cólera morbo. A lo largo de su vida se sucederán las revueltas populares, guerras carlistas, la primera república, la pérdida de los últimos territorios del Imperio, los movimientos de reivindicación social. Militará en las filas del partido conservador participando en aquél curioso juego de democracia de resultado pactado previamente. Brillará académicamente en un contexto de completa ruina de la enseñanza española. Y socialmente hará valer el peso que en la historia pasada tuvieron sus ancestros, muchos de ellos componentes de aquella clase privilegiada propia del Antiguo Régimen, la Nobleza.

Para la posteridad han quedado una serie de publicaciones que le caracterizan como un eminente y preclaro genealogista. Se dejó empapar como por ósmosis de la renovación de la ciencia histórica para aplicarla a la genealogía. Ya lo habían hecho otros autores algo antes que él en Francia e Inglaterra. Pero aunque sí se puede reconocer más claramente en estos las novedades introducidas por los métodos histórico-críticos, en Francisco Fernández de Bethencourt alcanzan una dimensión enciclopédica. Sin embargo, todavía en su caso, y difícilmente podría ser de otro modo, su genealogía es exclusivamente nobiliaria.

No es autor prolífico en obras monográficas extensas. Sí lo fue en creaciones menores: artículos, discursos. Todas ellas traslucen el esquema mental que su autor formó en su proceso educativo y el que recibió del momento que le tocó vivir. Este esquema mental proyectado en el resultado físico de su producción bibliográfica define su forma de trabajar, su método. Y en su caso no es un simple método genérico, como forma abierta y definida discrecionalmente por nuestro personaje, sino un proceso sistemático que recoge de forma inédita lo que se deriva de los progresos de la ciencia histórica aplicados a la genealogía.

El texto que escoge en la Introducción del Volumen I de su magna obra Historia Genealógica y Heráldica de la Monarquía Española, Casa Real y Grandezas de España, procedente de la Obra Generaciones y Semblanzas de los Reyes y Claros Varones de España, de Fernando Pérez de Guzmán, es todo un resumen de las características de su investigación. Vale la pena traerlo a colación: “Porque algunos se entremeten de escribir é notar las antigüedades, son hombres de poca vergüenza, é más les place relatar cosas extrañas y maravillosas, que verdaderas é ciertas. Creyendo que no será habida por notable la historia que no contare cosas muy grandes y graves de creer, ansí que sen más dignas de maravilla que de Fé”.

 

En primer lugar, aludiendo a lo formal, refleja su gran formación y preocupación por la corrección en el discurso según la retórica clásica. La alusión a un texto pasado de estas características aparece como una auténtica captatio benevolentiae del lector. Y de acuerdo a la elegantia retórica, con dicho texto medieval realiza un movimiento de apertura y cierre: la introducción compuesta de seis partes equilibradas en tamaño se abre con la alusión de la obra de Fernando Pérez de Guzmán, la primera parte de la introducción se cierra con un elogio del espíritu de veracidad de dicho autor medieval, y al finalizar la sexta parte recoge el espíritu de certeza frente a la falsificación como norma básica.

Pongo en primer lugar esta característica de su discurso, porque es lo primero que aprende. Lo hace en el seminario Conciliar de la Purísima Concepción de Las Palmas de Gran Canaria, donde estuvo cursando Latinidad y Humanidades, un ciclo previo equivalente a la actual secundaria que permitía posteriormente acceder a los estudios superiores de Filosofía y Teología en lo eclesiástico, o a cualquier otra carrera universitaria en lo civil. En ese ciclo estuvo desde octubre de 1863 hasta junio de 1865. Tuvo las asignaturas de Retórica Teorética en tercero y Retórica Práctica en cuarto impartidas por su profesor, el señor Carlos Pinto. Sobra decir que obtuvo la máxima calificación por curso de meritissimus.

Pedro Marcelino Quintana, en su libro Historia del Seminario Conciliar de Canarias, dice sobre Francisco Fernández de Bethencourt que entonces llamó su atención por su aplicación, su memoria y, de forma muy particular, por sus corteses modales. Hasta el punto que recibió el sobrenombre de “sangre azul”.

Si bien no era extraño en los estudios la inclusión de una asignatura de retórica, sí

 

En segundo lugar, cabe resaltar del texto de Claro Varones de Fernando Pérez del Pulgar, una constante fija en la obra de Francisco Fernández de Bethencourt: mantener la certeza histórica. Buscar una historia dotada de la fuerza que dan los hechos ciertos y documentados, frente la mitología o fabulación con la que tantos la habían mezclado. En esta certeza histórica habían destacado autores como André Borel d’Hauterive en Francia, o John Bucke en Gran Bretaña. Sin embargo, en la producción de estos no hay un estudio sistemático de toda la nobleza o aristocracia con aspiración de totalidad. Hacen bien monografías, bien artículos. Pero si se percibe un primer análisis sobre los grados de certeza de las fuentes documentales para recoger en forma de genealogía la Historia de aquellos que ocuparon un puesto relevante en la historia de dichos países. Fue un movimiento que a lo largo del siglo XIX se extiende por toda Europa: además de los países citados, aparece en los nuevos reinos unificados de Italia o Alemania, Bélgica, Holanda, Austria, Dinamarca, Rusia. Francisco Fernández de Bethencourt fue conocedor de todos ellos. Admiró en mayor medida el trabajo inglés, pero incorporó la metodología francesa mucho más estructurada.

La expresión repetida por Francisco Fernández Bethencourt que muy bien puede resumir este propósito científico es el mostrar interés por el “solo conocimiento de la verdad genealógica”. Este propósito guarda en cierta medida la misma finalidad de lo que debió aprender en la facultad de Derecho de la Universidad de La Laguna, donde continuó su formación. El discernimiento se aproxima mucho al espíritu de las nuevas concepciones sobre el derecho de recoger de forma más apropiada y auténtica la regulación de los diversos intereses de aquella época. Es el momento en el que en España se procede a la labor de codificar sistemáticamente las leyes, y regular nuevos campos inéditos hasta entonces como el administrativo. Su escudriñamiento genealógico tiene mucho de la comprobación probatoria judicial. El dato es histórico, pero la formación de quien lo recibe, aunque conoce la obra de quienes han usado estrictamente el método histórico, lo hace profesional del derecho. Esto a la postre se convierte en una ventaja, pues su labor no quedó atrapada en lo primario que los métodos históricos de entonces poseían, es decir, escapó a una metodología científica que entonces empezaba a despuntar, pero que ha sido superada con creces en la actualidad. Al contrario, al quedarse en una rápida selección de fuentes históricas, a discriminar de las fabuladas o inventadas, su síntesis se hace válida aún hoy como elenco de datos sobre los poder actuar con el detenimiento y minuciosidad que el método histórico actualmente exige.

Su buena fe a este respecto lo muestra en la parte VI de su introducción del Volumen I de la Historia Genealógica y Heráldica de la Monarquía española, repetidas veces nombrado, de forma positiva y negativa. De forma positiva al proponerse como objetivo de su obra enciclopédica que arrancaba con dicho primer volumen que tuviera “por inspiración la verdad, por norte la rectitud, la imparcialidad y la justicia”. De forma negativa, al traer entonces a colación sus Anales de la Nobleza Española que publica entre 1880 y 1890, sobre los que hace una auténtica confesión pública de haber faltado a aquéllos objetivos que ahora quiere afirmar. Califica estos escritos suyos como continuación y consecuencia de otros que con mismo estilo se estaban publicando en diversas ciudades europeas, París, Londres, Roma, Viena…. Reconoce que entonces se vio presionado en contra de su voluntad a introducir “errores y confusiones de importancia, a pesar de su mucho amor a las verdades genealógicas y su profunda repugnancia a las noblezas inventadas y a los abuelos de alquiler.

 

En tercer lugar, aludir a un texto medieval es reflejo de su consideración, respeto y asunción del pasado como fundamento del presente. Contemplar y comprender el presente, pasa por contemplar e investigar el pasado. Sin negarlo, ni suprimirlo. En esto se podría caer en lo diacrónico, pidiendo a Francisco Fernández de Bethencourt que tenga cualidades en su obra que pertenecen a la ciencia de la Historia contemporánea, que por entonces ni siquiera se imaginaban. Hacer Historia es relatar hechos en el tiempo protagonizados por seres humanos. Y éstos solo quedaron individualizados cuando ellos mismos no sólo los protagonizaron, sino que constituyeron en su entorno una institucionalización del protagonismo vinculado con el patrimonio y la sucesión. Es decir, si se hace Historia del Antiguo Régimen y se quiere aludir a los individuos que la protagonizaron hay que acudir en mayor medida a esa clase privilegiada denominada nobleza. Francisco Fernández de Bethencourt no hace genealogía nobiliaria como una elección entre otras posibilidades. Sino que al hacer Historia se encuentra que falta una auténtica referencia sistemática y completa de sus protagonistas, en el mayor número de casos prolongados en la descendencia, formando un esquema genealógico, que no pueden ser otros sino los nobles.

Con respecto a la consideración y respeto por el pasado, llama la atención en el Volumen II de la Historia Genealógica y Heráldica de la Monarquía Española, la andanada que lanza a una nación nueva como los Estados Unidos de Norteamérica. Es el año 1900 y están muy recientes las heridas de haber sido cómplices en la independencia y derrota de las tropas españolas en los territorios de Asia y América. De dicha nación dirá que tiene “una sola aristocracia, la aristocracia de los ricos, aristocracia de un día, o de una sola generación, la más antipática, la menos autorizada, la más insoportable de todas las aristocracias posibles”. Y también que es un “país nuevo, sin historia, sin documentación ni antecedentes; país de aluvión formado ayer y hoy mismo de la gente que llega de todos los ámbitos del mundo”.

 

Para finalizar, hay un resurgimiento de la genealogía como disciplina de la Historia en los últimos veinte años. En esta evolución ha sido clave el volver a situar al individuo como sujeto histórico. La actividad genealógica fundamentalmente nobiliaria no había cesado en ningún momento, pero no tuvo una presencia continua en las facultades universitarias. A este cambio ha contribuido que se demostrara que la opción de hacer exclusivos los paradigmas historiográficos de tipo analítico limitaban enormemente las posibilidades de la ciencia histórica, que se abandonaran ciertos intereses académicos a favor de nuevas corrientes científicas procedentes sobre todo del giro lingüístico y de la mayor autonomía de las humanidades, a un reconocimiento de las posibilidades que tiene la relación sujeto realidad de generar diversos grados de auténtica certeza.

Sigue válida la investigación de la nobleza como principal componente de la ligazón genealógica para la Edad Media. Pero las transformaciones socio políticas de la edad contemporánea en sociedades democráticas, dotadas de derechos y libertades han ampliado el horizonte y contenido de la genealogía. Prácticamente desde el siglo XVI se puede hacer más o menos un estudio genealógico con carácter universal, dependiendo solamente de que se conserve en la actualidad la documentación que con este carácter se generó. Ésta última procede principalmente de los registros sacramentales en el ámbito religioso desde mitad del siglo XVI (aunque algunos lugares como Canarias los tienen desde principios de dicho siglo), o el incremento de la capacidad de obrar de grandes masas sociales que acuden a las escribanías o notarías para formalizar sus negocios (incrementados progresivamente desde el Renacimiento a medida que el progreso económico y social aumenta la cantidad de derechos y obligaciones, negocios y transacciones).

Francisco Fernández de Bethencourt dio un paso importante al hacer la gran recopilación de la nobleza con un espíritu crítico, donde buscó en todo momento una certeza que solo podía proceder del testigo documental. Recogió el testigo de aquellos otros pocos que esporádicamente habían volcado su bien hacer para desterrar la fabulación y la falsedad en la Historia. Su obra monumental sobre la Casa Real Española y su Nobleza ha marcado un hito que todavía no se ha superado en ningún otro lugar del mundo. Su mismo espíritu busca permanecer hoy, pero no de una forma inalterable y pétrea, sino tal como él hizo, adaptándose a los progresos válidos que una época tiene con respecto a la anterior, sin olvidar que ésta existió y existe asumida en la posterior, sin que se pueda olvidar ni suprimir. Hoy en día, a la luz del ejemplo de Francisco Fernández de Bethencourt puede hacerse una genealogía de cualquier familia de la que se posea suficiente documentación. Sobre todo cuando también el ámbito de las ciencias humanísticas se ha ampliado al contemplar diversos ámbitos de la sociedad sin atender a una determinada clase social según la división de la antigüedad. Por todo esto, Francisco Fernández de Bethencourt es justamente considerado como el padre de la genealogía moderna como autor de un punto álgido en la producción genealógica que hasta el día de hoy no ha sido superada. Su camino alcanzó una cima muy alta y lo recorrió muy cerca de nosotros; un itinerario que al cabo de los años hemos olvidado sin considerar el beneficio y provecho del legado que nos ha dejado. La escasa implicación institucional es prueba de ello; la falta de lugares públicos que sean honrados con su nombre es vergonzosa. Por nuestra parte, nobleza obliga y por bien nacidos agradecemos y reconocemos a Francisco Fernández de Bethencourt su trabajo, dedicación y aportación a la genealogía.

 

Lanzarote le dio vida;

Gran Canaria la palabra;

Tenerife puso ciencia;

y España aportó la trama.

Los premios, por sus méritos;

nuestra deuda, darle fama. 

14 08, 2016

Eugenio de Llaguno y Amírola. Descubridor del “Cantar del Mio Cid”; por D. José M. Huidobro

Por |2020-11-13T03:39:08+01:00domingo, agosto 14, 2016|

Artículo de fecha 24-05-2016 de D. José Manuel Huidobro 

Caballero de la Orden de Caballería del Santo Sepulcro de Jerusalén, Miembro de la Real Asociación de Hidalgos de España. Máster en Derecho Nobiliario, Heráldica y Genealogía (UNED). Autor de 55 libros y más de 700 artículos.

 Eugenio de Llaguno y Amírola. Descubridor del “Cantar del Mio Cid”

 Una figura relevante de la España de la Ilustración. Escritor y político vasco. Perteneció a la Orden de Santiago (ingresó en junio, 1758) y fue condecorado con la gran cruz de la orden de Carlos III (octubre, 1795). Ministro Consejero y Primer Rey de Armas de la Orden del Toisón de Oro, Secretario Universal de Gracia y Justicia de España e Indias y Consejero de Estado de Carlos IV.

 Eugenio nació en Menagaray, villa alavesa del valle de Ayala (Álava), en octubre de 1724. Su padre fue Juan Andrés de Llaguno Fernández de Jauregi, que nacio en Menagaray en 1695 y era constructor de iglesias (San Román de Oquendo, Quejana y Luyando, en Álava). Su madre, Francisca de Amirola y Ugalge, nacida en Respaldiza (Alava) en 1695. Del matrimonio, celebrado en febrero de 1723, nacieron 7 hijos, siendo el último Eugenio.

Retrato y armas de Eugenio Llaguno

Retrato y armas de Eugenio Llaguno

La familia, aunque noble (hidalga), no debía de tener medios económicos suficientes para enviarle a algún colegio francés, como era costumbre en el País Vasco, por lo que estudió lengua española y latina con un profesor particular. Pronto fue reclamado desde Madrid por su ilustre tío Agustín Montiano y Luyando, con quien guardaba alguna relación de parentesco, que le tomó bajo su protección y orientó su educación.

Casa natal de D. Eugenio de Llaguno y Amírola

Casa natal de D. Eugenio de Llaguno y Amírola

En la corte, tomó contacto con la realidad social y cultural, participó en tertulias literarias y políticas, como las que se reunían en las casas de Blas Nasarre y Juan de Iriarte. Esta última se trasladó a su domicilio bajo la protección del mecenas Montiano. En 1754 inició su tarea política como alcalde ordinario del valle de Ayala, aunque siguió residiendo en Madrid, puesto que en la capital desempeñaba ya el cargo de Oficial de la Secretaría de la Cámara de Gracia y Justicia y de la Cámara de Estado de Castilla. En 1764 ejerció de nuevo la alcaldía y en 1777 fue Procurador Síndico General de dicho valle. Su vida, desde los inicios cortesanos, fue un avance progresivo en el enmarañado mundo de los escalafones oficiales.

 Su labor cultural fue notable. Persona inquieta y de hondos conocimientos, en febrero de 1755 fue admitido como miembro honorario de la Academia de la Historia, y después, a raíz del fallecimiento de su tío y protector Agustín Montiano, académico supernumerario (1757), para cuyo acto leyó un discurso sobre las Glorias de hombre español. Debió de colaborar por estas fechas en la confección de la Historia de la Academia. Más adelante sería elegido secretario y en 1794 presidente de dicha institución.

 Desarrolló también una gran actividad en relación con la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País. Consiguió su aprobación (1765) y la protección real seis años después. Llaguno fue su representante en la Corte, junto a su paisano y compañero en la Secretaría de Estado Miguel Otamendi. De 1770 a 1773 abunda su correspondencia con el conde de Peñaflorida, fundador y primer director de la Sociedad, sobre asuntos relativos a ésta.

Poema del Mio Cid

Poema del Mio Cid

En 1775, descubrió el manuscrito del Cantar de mio Cid en el convento para monjas de Vivar, texto que anteriormente estuvo en el concejo de dicha localidad. En 1779, debido a sus altos cargos, pudo extraer el manuscrito del convento para que fuera publicado por el filólogo Tomás Antonio Sánchez en el tomo I de su Colección de poesías castellanas anteriores al siglo XV, editado ese mismo año. Cuando se terminó la edición, retuvo el manuscrito en su poder, que más tarde pasaría a posesión de sus herederos. La Fundación Juan March, que lo había adquirido por 10 millones de pesetas, lo cedió a la Biblioteca Nacional en 1960.

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  Introducido en la Corte, hombre sin títulos nobiliarios, aunque instruido y eficaz, fue conquistando poco a poco honores, privilegios y títulos: Ministro Rey de Armas de la Insigne Orden del Toisón de Oro (1781), Secretario del Consejo de Estado y de la Suprema Junta de Estado (1787), Ministro de Gracia y Justicia (1794-1797), miembro de la Orden de Carlos III (1795), Consejero del Supremo Consejo de Estado (1797). Su entrega y bondad se ganaron el ánimo y la amistad de políticos y literatos (Forner, Jovellanos, Trigueros, Meléndez Valdés, Samaniego, Fernández de Moratín), entre los que ejerció un auténtico mecenazgo. Murió en Madrid el 10 de febrero de 1799 de una pulmonía, sin dejar descendencia.

 La tarea cultural de Llaguno se inició en los círculos literarios que frecuentó en Madrid. Las discusiones, la lectura continua y su observación crítica hicieron de él figura pionera en la defensa de la cultura ilustrada que apoyó siempre desde sus importantes puestos oficiales. En el campo de las letras su obra no es fundamentalmente de creación sino de investigación, aunque parece que escribió algunos poemas que no conservamos y era conocido en el mundo literario con el sobrenombre poético de Elpino.

Su primer trabajo fue la traducción de la Atalía de Racine en 1754, siguiendo las indicaciones de su protector Montiano, que había publicado dos tomos de su Discurso sobre las tragedias españolas (1750 y 1753). Colaboraba de este modo en los primeros intentos serios de la reforma neoclásica, que en el teatro intentaba purificar la tradición barroca española, mientras prefería la tragedia por su valor didáctico.

La aceptación general de esta traducción y las críticas favorables de los entendidos colocó a Llaguno entre los hombres más sobresalientes de las letras del momento. Tradujo también La joven isleña, comedia representada en el coliseo de El Escorial en 1774 y que se conserva inédita en la Academia de la Historia.

La afición a la historia alentó una de las empresas más importantes de Llaguno: la edición de varias crónicas medievales. No fue una simple transcripción de manuscritos sino que, con verdadera erudición, compiló datos para desvelar a sus autores y conocer el contexto y situaciones de la escritura de las mismas. Este trabajo se incluía dentro de un magno proyecto de la Academia de la Historia para editar las crónicas antiguas bajo el título general de Colección de Crónicas y Memorias de los Reyes de Castilla de la que se publicaron siete volúmenes y en la que también colaboraron los eruditos marqués de Mondéjar, Francisco Cerdá y Rico, y José Miguel Flores.

Nuestro autor llevó en esta empresa el trabajo más importante, con un espíritu hipercrítico, la edición de: Crónica de los Reyes de Castilla Don Pedro, Don Enrique II, Don Juan I y Don Enrique III de Don Pedro López de Ayala (1779-1780), tomo I y II de la Colección; Sumario de los Reyes de España por el Despensero Mayor de la Reina Doña Leonor y adiciones anónimas (1781); y Crónica de Don Pedro Niño por Gutierre Díez de Games (1782).

 Publicado en el blog «Hidalgos en la Historia» cuyo blogmaster es D. J. Manuel Huidobro

 http://hidalgosenlahistoria.blogspot.com.es/

14 08, 2016

La histórica entrevista de ABC a Alfonso XIII tras dejar de ser Rey

Por |2020-11-13T03:39:09+01:00domingo, agosto 14, 2016|

 

 D. Alfredo López Ares, colaborador de este blog de la Casa Troncal de Los Doce Linajes, nos remite este interesantísimo artículo, que con mucho gusto publicamos.

http://www.abc.es/espana/rey-juan-carlos-i-abdica/20140603/abci-juan-carlos-alfonso-xiii-201406021742.html

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La histórica entrevista de ABC a Alfonso XIII tras dejar de ser Rey

En 1931, el director de ABC viajaba a Londres para entrevistar en exclusiva al abuelo de Don Juan Carlos, quien explicaba lo duró que le resultó dejar el trono en la Segunda Repúblicauntitled

«Soy el rey de todos los españoles, y también un español. Hallaría medios sobrados para mantener mis regias prerrogativas, en eficaz forcejeo con quienes las combaten. Pero, resueltamente, quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro en fratricida guerra civil». Así decía el histórico manifiesto firmado por Alfonso XIII que ABC publicó en su portada el 17 de abril de 1931, tres días después de ser proclamada la Segunda República. El segundo rey más longevo de la historia de España, el abuelo de Juan Carlos I, dejaba el trono y marchaba al exilio.

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Manifiesto publicado por ABC, el 17 de abril de 1931

Menos de un mes después, ABC publicaba una entrevista en exclusiva con Alfonso XIII, realizada en Londres por el director de este periódico, Juan Ignacio Luca de Tena, en el que el Rey explicaba a los españoles lo duro que resultaba para él haber dejado de ser su Rey, tras 44 años, contra su voluntad.

Una entrevista que reproducimos íntegramente aquí, por el valor histórico que se subraya hoy, después de que Don Juan Carlos I haya anunciado que abdica a favor del Príncipe Felipe:

Fdo: Juan Ignacio Luca de Tena

«El ambiente de un hotel londinense, ni tan modesto que pueda desentonar con la categoría del huésped egregio que lo habita, ni tan excesivamente lujoso que lo asemeje a esos grandes palaces cosmopolitas llenos de ruidos, en los que bailan de madrugada todos los rastacueros de Europa y donde se hospedan los americanos del Norte. Es un hotel señorial, silencioso, sin orquestas de jazz, y en cuyo hall, de una noble sencillez británica, las conversaciones se deslizan a media voz. En este hall, desde las diez de la noche, espero treinta minutos con impaciencia no exenta de emoción. Subo poco antes de la hora que el Señor se ha dignado fijar para recibirme. Al final del tramo de escalera correspondiente al segundo piso hay un largo pasillo blanco y estrecho, con puertas numeradas. Me parece desierto. Voy a una audiencia en la que ya no hay que pasar por guardias alabarderos, gentileshombres ni ayudantes de servicio. Junto a una de las puertas numeradas, ante la que me detengo indeciso, surge un pequeño botones del hotel, que, después de enterarse de mi nombre, me dice con la misma sonrisa amable que hubiera usado hace algunas semanas un grande de España:

-His Majesty is waiting (Su Majestad le espera.)

Y con un llavín abre la puerta. Detrás de ella, vestido de smoking, en pie, esperándome, efectivamente, se halla el Rey.

-¿Cómo estás? ¡Cuánto tiempo sin vernos!

Su mano izquierda se ha posado sobre mi hombro mientras su diestra estrecha la mía. Y repite en otras palabras:

-Hacía varios meses que no te veía.

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Abc

Entrevista a Alfonso XIII, publicada por ABC el 5 de mayo de 1931

Es verdad. Hace meses. Mi monarquismo no ha gustado nunca de frecuentar las antecámaras. ABC ha defendido siempre la Monarquía española y a la persona del Rey sin recibir ninguna sugestión. Y durante estos últimos meses, en que la campaña ha sido más intensa, con intención de evitar lo que a la postre ha sido inevitable, ni siquiera he visto al Rey. Sé que en algunas contadas ocasiones mi opinión no le ha gustado. Recuerdo ahora que cierta vez alguien me dijo, comentando un artículo de ABC: «Usted, por lo visto, ignora que el Rey piensa de otro modo». Yo le contesté: «Y usted que ABC es monárquico con mi criterio, no con el criterio del Rey». Lo cual no quiere decir que en aquella ocasión fuese mi criterio el acertado; pero viene a cuento de las habladurías de muchos necios que creían o fingían creer poco menos que yo iba diariamente a Palacio para recibir órdenes. Ahora, pasadas las primeras semanas de la República, cuando mi ausencia de Madrid no puede interpretarse torcidamente, me he apresurado, sin tapujos, a salir de España para cumplimentar al Rey.

Aún estamos en pie, cerca de la puerta que acaba de cerrarse, cuando por otra aparece la silueta fina, juvenil y vigorosa del Infante Don Juan. El Rey, con un dejo de ternura en la voz y la expresión de su madrileñismo castizo, me lo señala diciendo:

-Ahí tienes al crío… Mañana me lo llevo al colegio naval de Dartmouth a que continúe sus estudios. Para él representa un gran sacrificio, pues la carrera de marino inglés es durísima. Pero el muchacho va con un gran espíritu. Te agradeceré que lo digas si tienes ocasión.

El Infante me ha saludado y vuelve a marcharse. Quedo solo con el Rey, y mi expectación aumenta ante la incertidumbre y la trascendencia indudable de cuanto puede decirme.

-Siéntate, ¿quieres? El primer español que llega aquí para verme eres tú. Te lo agradezco mucho.

Y a continuación, las preguntas, numerosas y rápidas, que, por el tono en que son enunciadas, suenan a nostalgia de la Patria lejana: «¿Qué día saliste de Madrid?» «¿Cómo está aquello?» «Tranquilidad absoluta, ¿verdad?» «¿Crees que arreglarán lo de Cataluña?» «¿Cómo se desenvuelve el Gobierno?»

Y cuando, con entera lealtad, he contestado a estas preguntas, el Rey adopta un gesto más grave, sacude con el índice de su mano izquierda la ceniza del cigarrillo y me dice, consciente de la importancia de sus palabras:

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Alfonso XIII, en París, tres días después de salir de Madrid

–Estoy decidido, absolutamente decidido, a no poner la menor dificultad a la actuación del Gobierno republicano, que para mí, y por encima de todo, es en estos momentos el Gobierno de España. Quiero que lo digas, quiero que lo sepan todos, los monárquicos y los republicanos, cualesquiera que sean las interpretaciones torcidas que la pasión pueda dar a mis palabras. Soy sincero, y mi actuación futura demostrará la lealtad con que voy a cumplir este propósito. Los monárquicos que quieran seguir mis indicaciones deben no sólo abstenerse de obstaculizar al Gobierno, sino apoyarse en cuanto sea patriótico. En Zamora dije en un discurso que por encima de las ideas formales de República o Monarquía está España, y ahora no tengo sino que repetir aquellas palabras. Te extrañará oírme hablar así, ¿verdad?

–No me extraña, Señor, porque estoy seguro de conocer a Vuestra Majestad y sé de su patriotismo como no lo saben muchos españoles de buena fe que aún están influidos por una campaña inicua de difamación personal.

–Pues yo quiero diferenciarme de los que así han procedido. Durante el último año de mi reinado se ha puesto a mis Gobiernos toda serie de dificultades. Al contrario de lo que otros hicieron, yo no aprobaré jamás que se excite al pueblo contra las autoridades y sus agentes ni que se especule con desdichas de la Patria para desprestigiar al nuevo régimen. No quiero que los monárquicos exciten en mi nombre a la rebelión militar. Hasta mí han llegado noticias de que muchos militares se negaban a prestar la adhesión a la República que les exigían. A cuantos he podido les he rogado que la presten. La Monarquía acabó en España por el sufragio, y si alguna vez vuelve ha de ser, asimismo, por la voluntad de los ciudadanos.

–Algunos periódicos, Señor, han dicho, comentando el documento con que Vuestra Majestad se despedía de España, que pretendía encender con él la guerra civil.

El Rey tarda en contestar:

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Alfonso XIII, en 1922

–¡Es triste! -dice al fin-. Yo he salido de España después de redactar ese documento, pensando precisamente en evitar una guerra civil. Las elecciones municipales, jurídicamente consideradas, tienen un simple alcance administrativo; pero yo me di cuenta de que, tanto los republicanos como los monárquicos, le habían concedido importancia plebiscitaria, y por eso tomé la resolución de irme, en prueba de mi respeto a la voluntad nacional, inclinándome ante ella y rechazando los ofrecimientos que se hacían para constituir un Gobierno de fuerza que mantuviese el orden público hasta que se celebrasen las elecciones a Cortes. Considero que contra el sufragio del pueblo no podía defender a tiros la Monarquía, como se reprime un foco de rebelión militar. Salí de España respetando su voluntad, pero por la mía, ya que nadie tenía derecho a exigirme descender de mi trono mientras las Cortes no proclamen la República. Las elecciones municipales podrían haber expresado la voluntad de la nación, pero su soberanía corresponde al Parlamento. Ya sabes por qué me marché: para evitar la sangre en las calles. Y ya sabes, también, por qué no abdiqué: mis derechos a la Corona de España pertenecen a mis antepasados y a mis descendientes; no son únicamente míos, y sólo ante la soberanía nacional representada en las Cortes pueden resignarse. Pero ahora, ya lo has oído, quiero que los monárquicos sepan que mi deseo es no crear dificultades a este Gobierno provisional, que es el Gobierno de España.

–Pero hay, Señor -me atrevo a decir-, una corriente de opinión monárquica difusa que no se puede abandonar, que es preciso encauzar con dirección y con propaganda eficaces. Es necesario de todo punto organizar esa opinión.

–Yo no puedo oponerme a ello. Pero si en Madrid se organiza un Comité central, una Junta, o como quiera llamársele, con fines electorales, yo les ruego que actúen públicamente y que, sin perjuicio de propagar con el mayor entusiasmo, pero legalmente, sus convicciones monárquicas, manifiesten su propósito de no crear dificultades al Gobierno español e incluso.., apunta esto para que repitas mis propias palabras -y me dicta despacio-: E incluso estar con él para todo lo que sea defensa del orden y de la integridad de la Patria.

–Procuraré, Señor, que las cosas se hagan conforme a la voluntad de Vuestra Majestad. Al menos, transmitiré sus deseos.

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Alfonso XIII, en su despacho (1931)

Aún sigo escuchando al Rey mucho tiempo. Habla siempre de España, de sus amarguras sufridas. Y en toda la charla, ni un solo reproche para nadie, ni una frase reveladora de odio o animadversión. Elogia la orientación de uno de los actuales ministros que con más saña le han agraviado en mítines y conferencias. Para algunos republicanos recientes, que hace un mes todavía le adulaban, tiene frases de disculpa. Y unas palabras de emocionada efusión para el político íntegro que, si hace poco más de un año le combatió con dureza, sin prever seguramente la trascendencia e influencia en su opinión de sus imprudentes frases, ahora, al proclamarse la República, no ha sabido correr, como tantos otros, «en socorro de los vencedores».

Le hablo al Rey de unos cuantos hombres que visten un glorioso uniforme y están dispuestos a servir al régimen constituido recientemente con la misma lealtad que sirvieron a la Monarquía, de quienes sé que al quitarle las coronas del cuello se las han hecho coser dentro de la guerrera, sobre el corazón. Y al oírlo el Rey, se llenan de lágrimas sus ojos.

–No me choca -dice simplemente.

Después, en el transcurso de la conversación, me hace elogio cumplido del nuevo embajador de España en Londres, D. Ramón Pérez de Ayala, de quien ha leído varios libros y numerosos artículos.

Y al final de nuestra charla:

«Podré haberme equivocado, pero en mis errores sólo he pensado en España»

-Podré haberme equivocado alguna vez; pero en mis posibles errores sólo he pensado en el bien de España. Acepté el hecho consumado de la Dictadura porque creí que ésa era la voluntad de la mayoría del país, cuando la pedían a gritos y la recibieron con alborozo los mismos que años después me han acusado injustamente de haberla traído. La sustituí por un Gobierno constitucional, dispuesto a que el país se manifestase en los comicios, cuando comprendí que lo reclamaba la opinión pública. Y no me he resistido a abandonar España, haciendo por ella el mayor sacrificio de mi vida, al comprobar que España ya no me quería. Sería muy triste no esperar ahora que la Historia alguna vez me hará justicia.

Han pasado más de dos horas. Hemos consumido durante ellas el contenido de la pitillera real. Su Majestad se pone en pie, señal protocolaria de que la audiencia ha terminado.

–Dame a un abrazo. ¡Y adiós!

Con una emoción que no podrán comprender los que sean incapaces de sentirla, y que podrá ser calificada mañana en algunos periódicos de fina sensibilidad con la consabida frase, tan original como delicada, de «lágrimas de cocodrilo», salgo del sencillo saloncito donde fui recibido. Allí queda el hombre que, por voluntad de España, puede dejar de ser Rey, pero que hasta su muerte, porque contra las condiciones humanas no pueden nada las campañas de difamación, ni siquiera el sufragio universal, seguirá siendo un caballero.

«Tú has perdido a tu padre, y España a un patriota dispuesto siempre a defenderla»

Y mientras atravieso nuevamente el largo pasillo, blanco y estrecho, con puertas numeradas, acuden a mi memoria las palabras de un autógrafo regio que recibí en fecha aciaga de mi vida, el 15 de abril de 1929: «Tú has perdido a tu padre, y España a un patriota dispuesto siempre a defenderla, aun a costa de su vida e intereses. El afecto que sentía por él, a ti lo transmito, seguro de que seguirás su camino».

Señor: Yo sería indigno hijo suyo si no lo siguiera. El 15 de abril de 1931, día memorable en la historia de España, fecha de su segundo aniversario, pasé una hora junto a su tumba y estoy seguro de que su espíritu me dictó nuevamente el camino. ABC permanece donde estuvo siempre: con la libertad, con el orden, con la integridad de la Patria, con la Religión y con el Derecho, que es todavía decir, en España, con la Monarquía Constitucional y Parlamentaria.»

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13 08, 2016

Portada de la revista «ATAVIS ET ARMIS», número 40 Septiembre 2016

Por |2020-11-13T03:39:09+01:00sábado, agosto 13, 2016|

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 D. Rafael Portell Pasamonte, amablemente nos hace llegar digitalmente el último número publicado (el nº 40  Septiembre de 2016) de la revista «ATAVIS ET ARMIS» del Gran Priorato de España de la Orden Militar y Hospitalaria de San Lázaro de Jerusalén.

    Reproducimos su portada y a buen seguro que tras la lectura atenta del mismo encontraremos algún/os artículo/s que será de interés su reproducción en el blog de la Casa Troncal de los Doce Linajes de Soria.

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13 08, 2016

LA CRUZ DE BORGOÑA O ASPA DE BORGOÑA

Por |2020-11-13T03:39:10+01:00sábado, agosto 13, 2016|

Fuente: Blog BELLUMARTIS. Blog de Historia militar http://bellumartis.blogspot.com.es/2012/05/la-cruz-de-borgona-o-aspa-de-borgona.html 29 de mayo de 2012

LA CRUZ DE BORGOÑA O ASPA DE BORGOÑA

por D. Francisco García Campa 1

         El Aspa de Borgoña es una variante de la cruz de San Andrés, que se caracteriza por sus nudos en los troncos. Su forma en X, deriva del martirio del santo en la ciudad griega de Patras, el cual estuvo crucificado durante 3 días. En heráldica significa humildad y sufrimiento.

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  San Andrés es el patrón de Borgoña y fue utilizada por la facción borgoñona en la guerra de los cien años, desde el mandato del Duque Juan “sin miedo” (1404-1419). Por lo que tras la boda de Doña Juana hija de los Reyes Católicos con Don Felipe “el Hermoso” en 1506, fue introducido en España. El sequito del archiduque traía bordada la cruz en sus banderas para el encuentro con Fernando de Aragón en el Remesal, Burgos. La cruz de San Andrés se cosió o pintó en la ropa de los arqueros de Borgoña y posteriormente en el resto del ejército real para diferenciar las tropas españolas en combate, ya que vestían ropas civiles con petos protectores ya que en esa época no existían uniformes militares.

Banderas de tercios.

Banderas de tercios.

         En el reinado de Carlos I (1518-1556), las compañías tenían una bandera con las armas de su capitán sobre la cruz de Borgoña. Al acceder al trono su hijo Felipe II (1556-1598) impuso que además de las banderas de compañía de distintos fondos, cada Tercio tuviese una amarilla con el aspa en rojo. Felipe IV (1621-1665) trato de homogenizar las diversas enseñas estableciendo como obligatoria para los tercios y compañías una roja con la Virgen en el centro, pero no logro su propósito. Hay que destacar las banderas flameadas de los suizos al servicio de España, unos dibujos triangulares en forma de llama sobre los que se ponía el aspa.

Bandera sencilla1704

Bandera sencilla 1704

 

        Con la llegada al trono de los Borbones, Felipe V (1700-1746) en su proceso de centralización y homogenización del reino procedió a una estandarización de las enseñas. Estableciendo que la bandera real era carmesí con el escudo de los borbones. Para los ejércitos establece el blanco como fondo y el rojo para la cruz. En 1704 se reforma el ejército y desaparecen los tercios que se convierten en regimientos: una orden de septiembre de 1704 dispone que los regimientos tendrán 3 banderas, una bandera coronela o principal fondoblanco con el aspa de borgoña y el escudo real y 2 batallonas o sencillas con el fondo formado por 8 triángulos con los colores del coronel. En 1706 se añade a las coronelas 2 leones y dos castillos en los triángulos y a las sencillas las armas del regimiento. En 1707 una real ordenanza anula las banderas de compañía y establece una mayor homogeneidad al realizar las banderas conjuntamente en Francia. Estas nuevos diseños son más sencillos, la coronela permanece igual salvo que se añade la corona en los extremos de los brazos de la cruz, las sencillas son blancas y la cruz en rojo, con la corona en los extremos y el nombre del regimiento en la parte superior.

Bandera coronela 1707

Bandera coronela 1707

Regimiento suizo coronel Reding

Regimiento suizo coronel Reding

Bandera sencilla 1728

Bandera sencilla 1728

 

Una nueva Real Ordenanza de 21 de julio de 1728 dispone que : la Bandera Coronela será blanca con el Escudo Real rodeado del collar del Espíritu Santo y el Toisón de Oro y en las esquinas de la enseña los escudos regimentales o de los reinos o territorios. La Bandera sencilla sea también blanca con el aspa roja en cuyos extremos se situaran unos óvalos con la corona real y volutas doradas donde se emplazaran las armas regimentales. Posteriormente en el 1734 se establece que las banderas de las milicias provinciales en vez de corona real tendrán una ducal en la sencilla y la coronela una banda celeste en vez del collar de la orden del Espíritu Santo. En 1748 con Fernando VI se añaden dos leones coronados que sujetan el escudo real.

Voluntarios de Aragón ( Coronas Ducales)

Voluntarios de Aragón ( Coronas Ducales)

            En el reinado de Carlos III (1759-1788) una R.O. de 1768 reduce a dos las banderas por cada batallón, en el 1º batallón una coronela y una sencilla y en el 2º dos sencillas. Establece que la coronela estará formada por las armas reales sin aspa, mientras que la sencilla conserva la cruz borgoñona eso sin el rotulo con el nombre del regimiento. Por R.D. de 28 de mayo de 1785 se estable la bandera bicolor como bandera de la armada pero el ejército de tierra continuo con sus banderas blancas. En el reinado de Carlos IV (1788-1808) se redujo a una bandera por batallón, eso significo que en las milicias y unidades ligeras solo tuviesen la coronela.

Coronela del Regimiento de Linea de Camgas de Tineo (1808-1815)

Coronela del Regimiento de Linea de Camgas de Tineo (1808-1815)

 

            Durante la Guerra de Independencia (1808-1814) gran parte de las banderas fueron destruidas o tomadas por lo franceses, por lo que se usaron banderas de diseños diversos mayoritariamente blancas aunque también negras, rojigualdas. Se reutilizaron banderas antiguas que formaban parte de las ofrendas de las iglesias. Y desde 1812 cuando los regimientos fueron reducidos a un solo batallón se empleo una coronela que se sobreponía sobre la cruz propia de la sencilla. Debido a que las tropas josefinas tenían también una enseña blanca se comenzó a utilizar la bandera bicolor en los ejércitos de tierra.

             A partir de 1815 aparece una bandera coronela con el escudo real y el aspa de borgoña. Pero con el trienio liberal y la creación de la milicia nacional se emplea la roja y amarilla con el lema “Constitución” dejándose de usar el emblemas borgoñés. Con la vuelta del absolutismo en 1823 Fernando VII restablece los emblemas de 1815.

Isabel II 1843. Reg. de Granada 43

Isabel II 1843. Reg. de Granada 43

             En 1843 durante el reinado de Isabel II (1833-1868) en que se unifica todas las banderas del ejercito real y se establece la roja y gualda, como el emblema liberal frente a la blanca tradicional usada por el bando carlista. El RD de 13 octubre de 1843 establece las dimensiones en 1,47 por 1,47 con un escudo circular con los emblemas de León y Castilla, la flor de Liz y la Granada en su inferior, sobre la cruz de borgoña. Alrededor se escribe el arma, número de regimiento y batallón. El mismo modelo se empleo en la época de Amadeo de Saboya (1871-1873) sustituyendo la flor de Liz por la cruz de Saboya.

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      Posteriormente esta cruz deja de ser utilizada como símbolo principal del ejército sustituido por la bandera nacional. En la actualidad se utiliza en los aviones del Ejército Español. Además el aspa con el fondo blanco comenzó a ser utilizado como símbolo político por el movimiento carlista y requeté en 1935. Esta utilización ideológica en el siglo XX desvirtuó este emblema español, que ondeo en todos los campos de batalla españoles durante cuatro siglos, como símbolo de la fuerza y el honor hispano.

“La Cruz de Borgoña o Aspa de Borgoña” por Francisco García Campa – Bellumartis Blog de Historia Militar

11 08, 2016

Fallece Su Gracia Gerald Cavendish Grosvenor, VI Duque de Westminster

Por |2020-11-13T03:39:10+01:00jueves, agosto 11, 2016|

RIP Escudo pequeño

El Dr. Vizconde de Ayala, Diputado Decano de la Maestranza de Caballería de Castilla tiene el dolor de comunicar que el 9 de agosto de 2016 ha fallecido en Preston, a los 64 años de edad, nuestro querido amigo y compañero el Caballero Maestrante de Castilla Su Gracia Gerald Cavendish Grosvenor, VI Duque de Westminster, Mayor General del Ejército Británico, Coronel jefe del Royal Westminster Regiment (Canadá), Coronel honorario de The Queen’s Own Yeomanry, del 7th Regiment Army Air Corps, del Yeomanry Royal Armoured Corps, y del Northumbrian Universities Officer Training Corps, Canciller de la Universidad de Chester, Vicepresidente de la Royal Society of St. George, Caballero de la Muy Noble Orden de la Jarretera (KG), Caballero de la Orden del Baño (CB), Comendador de la Real Orden Victoriana (CVO)

Oficial de la Orden del Imperio Británico (OBE), Caballero de la Venerable Orden de San Juan (KJStJ), condecorado con la Territorial Decoration (TD) y la Canada Decoration (CD) por servicios militares, Gran Cruz de la Real Orden de Francisco I (Real Casa de Borbón de las Dos Sicilias), Gran Cruz de justicia de la Orden Militar y Hospitalaria de San Lázaro de Jerusalén y su antiguo Gran Prior de Inglaterra, Caballero del Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias, que había nacido en Omagh (Irlanda del Norte, Reino Unido) el 22 de diciembre de 1951.

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 Requiem aeternam dona ei, Domine, et lux perpetua

 

11 08, 2016

La Academia Internacional de Ciencias Sociales (International Academy of Social Sciences)

Por |2020-11-13T03:39:10+01:00jueves, agosto 11, 2016|

Artículo que nos remite el Dr. Otto F. von Feigenblatt y que con sumo placer publicamos en el Blog de la Casa Troncal de los Doce Linajes de Soria.

La Academia Internacional de Ciencias Sociales (International Academy of Social Sciences)

Sin título

La Academia Internacional de Ciencias Sociales (International Academy of Social Sciences) es una institución fundada en el 2008 por un grupo de académicos de más de veinte países.

 IASS por sus siglas en ingles tiene más de tres mil miembros en todo el mundo y está basada en los Estados Unidos. Entre sus muchas actividades, la Academia publica dos revistas académicas y organiza congresos académicos en varios países. La Academia también es una institución premial con varios niveles de membrecía.

 El nivel más alto es el de Académico Numerario, reservado para intelectuales eminentes con más de cincuenta publicaciones.

El segundo nivel es de Socio de Numero también reservado para académicos de prestigio con por lo menos diez publicaciones académicas.

 La IASS tiene reuniones anuales, la reunión para el 2016 se llevara a cabo en Albizu University en Miami, Florida durante un congreso internacional sobre Negocios y Gobernabilidad.

 El Presidente de la Academia es el Dr. Otto Federico José von Feigenblatt y Rojas, Barón de Feigenblatt-Miller y Conde de Kobryn, Académico Correspondiente de la Real Academia de Córdoba y de la Real Academia de Doctores de España. www.japss.org

11 08, 2016

LA PRINCESA DE LOS URSINOS. Desterrada con lo puesto; por D. Rafael Portell Pasamonte

Por |2020-11-13T03:39:10+01:00jueves, agosto 11, 2016|

Artículo original que nos remite para su publicación en el Blog de la Casa Troncal, de D. Rafael Portell Pasamonte, Vicerrector de la Academia Alfonso XIII.

Armas de D. Rafael Portell  por D. Carlos Navarro

Armas de D. Rafael Portell por D. Carlos Navarro

LA PRINCESA DE LOS URSINOS

 Desterrada con lo puesto

Rafael Portell Pasamonte

Agosto de 2016

ANA MARÍA DE LA TRÉMOUILLE

 

Princesa de los Ursinos y de Nerona

Duquesa de Bracciano y de San Gemini

Marquesa de Roca Antica y de la Penna

Condesa de Anguillara y de Galera

Nació en Paris en el año de 1642

Era hija primogénita de Luis II de La Tremouille, duque de Noirmontiers y de

Renata Julia Aubry.

En la pila bautismal se le impusieron los siguientes nombres:

Marie Anne de la Tremouille de Nourmoutier

Princesa de los Ursinos

Princesa de los Ursinos

   Contrajo primeras nupcias, muy joven, en el año 1657, con Adrián Blaise de Tayllerand, príncipe de Chalais, marqués d’Excideuil, con quien vivió largo tiempo en España, a causa de que su marido tuvo que huir de Francia a consecuencia de un duelo. Residiendo en Venecia se quedó viuda en el año 1670, sin haber tenido hijos, pasando a vivir varios años en un convento.

    En el año 1675 contrajo segundas nupcias con el aristócrata romano Flavio degli Orsini, Príncipe de Orsini y duque de Bracciano, que era mucho mayor que ella.

   Ana, hizo del palacio Orsini el centro de la influencia francesa en Roma, pero por esta causa  se enemistó con su esposo, que defendía al Papa en las disputas con Luis XIV de Francia y dejando al Principe Orsini, se trasladó a París en 1677. En 1698 volvió a Roma para pedir al Papa el favor de elegir un príncipe francés en la sucesión de la corona de España.

   Viuda por segunda vez, en el año 1698, e igualmente sin hijos, se vio precisada a sostener contra el príncipe Odelscalchi, un pleito que terminó con la venta del ducado de Bracciano y adoptando para lo sucesivo el título de «princesa de los Ursinos», corrupción castellana del apellido Orsini.

   Como el nuevo monarca español, Felipe V, estaba soltero se buscó entre las hijas de los soberanos europeos su futura esposa y la elegida fue María Luisa Gabriela de Saboya, hija de Víctor Amadeo II, duque de Saboya y de Ana María de Orleáns, sobrina de Luis XIV, nacida en Turín el 17 de Septiembre de 1688, siendo, pues, todavía una niña ya que aún no había tenido la menarquía.  Era de pequeña talla, cabellos castaños, ojos negros, y la tez muy blanca, al mismo tiempo era muy inteligente y de carácter firme. Así mismo era bondadosa y caritativa.

Felipe V

Felipe V

El Consejo de Estado aprobó este matrimonio con fecha 1 de Mayo de 1701, y las capitulaciones matrimoniales fueron firmadas el 23 de Julio del mismo año, habiéndose pedido con anterioridad la correspondiente dispensa al papa Clemente XI por razón de parentesco.

 María Luisa Gabriela, abandonó Turín camino de Niza, donde aguardaban las galeras que Felipe V había dispuesto que la llevasen a España. En esta población, por orden de Luis XIV, las damas piamontesas que la acampanaban fueron sustituidas por otras de nacionalidad francesa. Entre estas damas se encontraba María Ana de la Tremouille, a la que se le había asignado el cargo de Camarera Mayor, con el encargo de dirigirla y enseñarla..

   La Camarera Mayor era el cargo palaciego que estaba al cuidado directo de la Reina de España y a la que debía servía de manera inmediata según lo requiriere la soberana. Sus principales obligaciones era la de acompañarla en todo momento, hasta el punto de dormir en su misma cámara, cuando no lo hacía el Rey, y en una estancia inmediata cuando esto sucedía. También se encargaba de proporcionar la ropa mientras la vestían, así como de acercarle el agua y la toalla que utilizaba para lavarse, asistir a su tocado y a cualquier otra actividad relacionada con el aseo y arreglo diario.  

Todas estas funciones suponían, como es natural, una gran intimidad.

   La princesa de los Ursinos, debido a su experiencia mundana, supo ganarse enseguida la confianza de la jovencísima e inexperta reina, quien la veía como a una servidora fiel, con quien departía sus secretos y se dejaba asesorar en asuntos de Estado.

   Durante los primeros años del reinado de Felipe V, y hasta después de  la muerte de la reina María Luisa de Saboya, en 1714, se convirtió en el árbitro de la política española, dando muestras de una rapacidad sin escrúpulos, hasta el punto de que la gente acudía a la casa de su amante a comprar favores e influencias.  

Maria Luisa de Saboya

Maria Luisa de Saboya

   Para ganarse el afecto de los españoles, se puso al frente del partido formado por el conde de Montellano, que, aceptando la dinastía borbónica, quería que esta se españolizase.

   Enemistada Ana María con Portocarrero, consiguió derribarle del poder, logrando también que el cardenal de Estrées, embajador francés en España,  fuese despedido de la corte y le sucediera el duque de Berwick.

   Las pugnas entabladas entre las diversas camarillas francesas en la corte española, obligaron a Luis XIV a llamarla a Francia en el año 1704. La princesa se presentó en Versalles, en Enero de 1705, para justificarse, y después de haber hablado con el rey francés, regresó nuevamente a la Corte española, convirtiéndose junto con Orry, en uno de los personajes dirigentes de la política española, enorgulleciéndose de no encontrar otro estimulo para servir a sus majestades que el amor que les profesaba,

   En diversas ocasiones se enfrentó al monarca francés, y aconsejó firmeza a Felipe V, al tiempo que lograba de Luis XIV, en 1710, el envió a Luis José de Borbón Vendome, duque de Vendome, mariscal del ejército de Francia, para ayudar al rey español en la guerra contra el archiduque austriaco, el cual, con sus actuaciones en la contienda, logró afianzar la corona española en las sienes de Felipe V.

   La naturaleza sensual de Felipe V, le impedía no estar sin el acompañamiento de una mujer, pero, buen creyente, no quería buscarla fuera del matrimonio, por lo que hubo que encontrarle una nueva esposa. En la corte se afirmaba “el rey sólo necesita dos cosas para vivir, la Biblia y una mujer”.

   Esta vez la elegida fue Isabel de Farnesio, nacida en Parma el 22 de Octubre de 1692, hija de Eduardo III Farnesio, duque de Parma y de Dorotea Sofía de Neoburgo, condesa Palatina del Rhin y duquesa de Baviera.  Era alta, bien formada, obesa, su cara estaba desfigurada por la viruela, pero poseía unos ojos azules muy expresivos. Versada en idiomas, llegó a dominar siete de estos. En su infancia y juventud estudió: gramática, retórica, filosofía, geografía, historia, música, pintura, costumbres de naciones y hechos de varones ilustres. Era una gran aficionada a la historia, a la política y las actividades artísticas e intelectuales. Se decía que comía sin parar mantequilla y queso de Parma, lo cual hizo que se la llamase “La Parmesana

Isabel de Farnesio

Isabel de Farnesio

   La princesa de los Ursinos, engañada por Julio Alberoni, aprobó sin dilación la designación de Isabel de Farnesio como nueva soberana, convencida de que sería tan fácil dominarla como a la anterior reina. Cuan lejos estaba de sospechar que con este beneplácito, cometía el mayor error de su vida.

   Después de viajar desde Italia, Isabel de Farnesio, llegó a Jadraque (Guadalajara) el 23 de Diciembre de 1714. Había llegado a España alertada contra la había prepotencia y comportamiento de Maria de la Tremouille, ya que su tía, Mariana de Neoburgo, viuda de Carlos II, le había advertido.

   Hasta Jadraque había salido a recibir a la nueva reina, por orden del rey, la princesa de los Ursinos, quien, como ya se ha dicho, creía que podría tratarla como a la dulce María Luisa. Nada más ser presentadas, no tuvo muchos reparos la princesa en tratarla con cierto desdén e incluso falta de respeto, sin llegar hacer la reverencia completa y tomándose la confianza de cogerla por la cintura le espetó “ ¡Dios mío, pero que gorda estáis !” Isabel de Farnesio, que tenía bastante mal carácter, desde el principio quiso dejar muy claro a la corte en general, quién era ella, y mandando llamar al jefe de su guardia de Corps, le ordenó que partiera inmediatamente para Francia, llevándose a la Ursinos, expulsada para siempre, acusándola de haberla insultado y sin darle tiempo a mudarse de traje ni a preparar el equipaje, con tan solo la compañía de una doncella. Tan sorprendente e insólita era esta orden que el jefe de la guardia solicitó que la orden de expulsión se le diera por escrito. Ante lo cual Isabel escribió ella misma y sobre sus rodillas dicho mandamiento.

   Las órdenes eran terminantes, viajar de noche y día hasta llegar a la frontera, con una guardia de cincuenta soldados. No se la autorizó a hablar con nadie e incluso el alimento solo consintió en huevos pasados por agua.  Al pasar por Bayona, la princesa, pidió audiencia a doña Mariana de Austria, pero esta no quiso recibirla.

   Alberoni fue en esta misma noche a dar cuenta de los sucedido a Felipe V, llevándole una carta de Isabel de Farnesio donde esta le explicaba su versión de lo que había pasado. El rey quedó convencido e incluso firmó un documento por el cual expresaba su satisfacción.

   A su llegada a París se hospedó en casa de su hermano, Antoine-François de La Tremouille, duque de Royan, para después, en marzo de 1715, visitar en Versalles a Luis XIV, quien a pesar de todo le concedió una pensión vitalicia de 40.000 libras. El 6 de agosto de ese mismo año fue a despedirse del moribundo Rey Sol, que se encontraba descansando en el castllo de Marly; para a continuación, el día 14, partir de París a Utrecht, donde no fue muy bien recibida

  Más tarde se instaló en Roma, donde estrechó la relación con su hermano, el cardenal La Tremouille y tuvo contactos con el intento de corte de Jacobo Francisco Eduardo Estuardo al trono inglés.

  Falleció en Roma el 5 de Diciembre de 1722.

8 08, 2016

Realidad o Leyenda. LA BATALLA DE CALATAÑAZOR (Soria)

Por |2020-11-13T03:39:11+01:00lunes, agosto 8, 2016|

Realidad o Leyenda. LA BATALLA DE CALATAÑAZOR (Soria)

“En Calatañazor Almanzor perdió su tambor”que es tanto como decir que en Calatañazor perdió Almanzor el pandero, que es su alegría….

Según este dicho popular, en Calatañazor (Soria) Muhammad ibn Abu Amir (al-Mansur, para los cristianos Almanzor) fue derrotado y muerto en esta batalla.

Ruinas del Castillo de Calatañazor (Soria)

Ruinas del Castillo de Calatañazor (Soria)

La batalla de Calatañazor fue una supuesta batalla que habría tenido lugar en esta localidad soriana en julio del año 1002. En ella parece que Almanzor se vio obligado a huir tras luchar contra los ejércitos cristianos coaligados de Castilla (conde Sancho García), León (Alfonso V) y Navarra (García Sánchez II de Pamplona). Sin embargo, la mayoría de los historiadores actuales consideran dicha batalla más un mito que un hecho real, probablemente creado para compensar el sentimiento de inferioridad que las continuas victorias de Almanzor produjeron en los reinos cristianos.

No obstante, realidad, mito o leyenda; Calatañazor existe y mantiene su belleza medieval…. ah y muy importante: Está en Soria.

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Almanzor fue el azote de los reinos cristianos entre los años 977 y 1002. Realizó decenas de campañas de conquista, sometimiento y saqueo y nunca fue vencido por las tropas de los distintos reinos y condados cristianos.

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Las temibles razias (o aceifas) de Almanzor entre los años 977-1002:

Año 977: 01-03º Baños de Ledesma, Cuellar y Salamanca.

Año 978: 04-05º Barcelona y Baños de Ledesma.

Año 979: 06-08º Zamora, Sepúlveda y Algeciras.

Año 980: 09-10º Atienza, Medinaceli y Almunia.

Año 981: 11-15º Vargas, Montequinto, Calatayud, Zamora y Trancoso.

Año 982: 16-17º Gerona, Toro y León.

Año 983: 18-19º Simancas y Salamanca.

Año 984: 20-22º Sacramenta, Zamora y Sepúlveda.

Año 985: 23-24º Barcelona y Algeciras.

Año 986: 25-26º Zamora, Salamanca, León y Condeixa.

Año 987: 27-28º Coimbra. Año 988: 29-30º Portillo, Zamora y Toro.

Año 989: 31-33º Astorga, Portillo (Valladolid) y Toro. Año 990: 34-35º Osma, Alcubilla y Montemayor.

Año 991-992: 36-38º Nájera y Vasconia.

Año 993-994: 39-42º San Esteban de Gormaz, Pamplona, Clunia, Astorga y León.

Año 995-996: 43-47º Medina de Pomar, San Román, Aguilas de Sausa, Astorga.

Año 997: 48º Santiago de Compostela.

Año 998: 49º Algeciras.

Año 999: 50º Pallars.

Año 1000: 51-52º Pamplona, Cervera.

Año 1001: 53-55º Montemayor y Pamplona.

Año 1002: 56º San Millán de la Cogolla.

No es de extrañar pues, que su muerte, acaecida en el año 1002 en Medinaceli, (Soria) fuera el origen de alguna leyenda.

Almanzor

Almanzor

La leyenda

Así se cuenta que Almanzor, tras haber asolado Galicia y haber profanado Santiago de Compostela, se encaminó hacia Castilla. Pero las tropas del rey Bermudo II de León y del conde García Fernández de Castilla le salieron al paso en la localidad de Calatañazor (Soria).

Ambos ejércitos se encontraron en la zona norte de Calatañazor (Soria), en el rio Avión, subafluente del Duero. Los cristianos, divididos en tres masas, aguantaron las sucesivas acometidas de la caballería cordobesa, que era el cuerpo principal de batalla del ejército musulmán.

El enfrentamiento fue duro, encarnizado, y murieron miles de musulmanes y al llegar la noche Almanzor, comprendiendo que no podía vencer, se dio a la fuga. Durante los combates el propio Almanzor resultó herido.

Por la noche los musulmanes se retiraron en silencio del campo de batalla, pero su general murió la noche del 9 al 10 de agosto cerca de Medinaceli por las heridas sufridas en la batalla, siendo enterrado en esta villa soriana.

Al día siguiente, las tropas cristianas fueron hacia el campamento enemigo pero lo encontraron vacío aunque repleto de botín.

Esta fue la primera derrota y, a la vez, la última batalla de Almanzor. Y algo admirable ocurrió después: desde el mismo día de la derrota, un hombre, que parecía pescador, se lamentaba en las calles de Córdoba en castellano y en árabe exclamando: «En Calatañazor perdió Almanzor el tambor», lo que viene a significar que Almanzor perdió su alegría, pues había sido derrotado por primera vez. La figura aparecía y desaparecía y cuentan que seguramente se trataba del diablo que lloraba el desastre de los musulmanes.

La batalla

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De entre las fuentes cristianas, el cronista Lucas de Tuy fue el primero en narrar el encuentro de Calatañazor. Según él, después de una campaña contra Galicia, Almanzor se adentró en Castilla, saliendo a su encuentro el rey de León Alfonso V (y no Vermudo II, como apunta el cronista), aunque es algo muy díficil pues el rey leonés entonces tendría 8 años. Continúa:

e en el lugar que se dize Calatanasor muchos millares de Sarrazines cayeron, et si la noche non cerrara el día, ese Almançor fuera preso. Enpero, en esse dia non fue vençido, mas de noche tomó fuyda con los suyos.

Cuando el sol apuntaba un nuevo amanecer, el rey leonés ordenó a los suyos que atacasen el campamento amirí, pero los cordobeses habían desaparecido, y todo el botín que capturaron se reducía a las tiendas de campaña y diversos enseres de escaso valor. Añade el obispo historiador que en la persecución de los mahometanos jugó un papel significante el conde García Fernández de Castilla (que llevaba siete años muerto, y en realidad fue su hijo Sancho García).

El prelado incorpora además el germen de una mítica leyenda, señalando que el día de la batalla, un extraño personaje, que identifica con un pescador, lloraba gimiendo, a veces en árabe, otras en lengua romance, diciendo: en Calatañazor perdió Almanzor el tambor. Para el cronista, este espejismo era el diablo que llorava la cayda de los moros.

En cualquier caso, Almanzor se negó a comer o beber, muriendo al llegar a la ciudad de Medinaceli. La Historia silense sentencia:

Pero, al fin, la divina piedad se compadeció de tanta ruina y permitió alzar cabeza a los cristianos, pues pasados doce años Almanzor fue muerto en la gran ciudad de Medinaceli, y el demonio que había habitado dentro de él en vida se lo llevó a los infiernos.

Rodrigo Jiménez de Rada y la Estoria de España de Alfonso X ofrecen una versión idéntica de los hechos, con la excepción del espectro que anuncia el próximo final de Almanzor se aparece en Córdoba.

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Con respecto a las fuentes mahometanas, la versión más completa es la proporcionada por al-Maqqari, autor del s. XVII que recopiló a numerosos historiadores medievales. Según éste, a comienzos de 1002, Almanzor se preparó, siguiendo su costumbre anual, para romper la frontera cristiana, dirigiendo sus ataques hacia Castilla. El arabista Lévi-Provençal apunta como uno de sus objetivos el monasterio de San Millán de la Cogolla, que fue arrasado. Siempre según el cronista, Almanzor ordenó que se sumara a su hueste un considerable contingente de tropas norteafricanas con las que se encontró, según lo acordado, en Toledo. Desde allí partieron hacia la ribera del Duero, en cuyas proximidades causó estragos y cuyas tierras devastó.

Desde allí, remontó el curso del río para penetrar ya directamente en los dominios del conde de Castilla. Mas un enorme ejército cristiano le sorprendió acampado cerca del castillo llamado de las Águilas (Calatañazor). Almanzor atacó esta hueste a la cabeza de sus propias tropas y fue derrotado, con grandes pérdidas.

De regreso de esta expedición, se sintió enfermo (quizá de una herida recibida en combate), pero continuó haciendo la guerra a los infieles y devastando su territorio hasta que la dolencia se complicó de tal manera que tuvo que ser transportado en una litera, sobre suaves cojines y cubierto por un baldaquino y cortinas que le protegían de la vista de su ejército. En tal estado llegó a Medinaceli. Allí los médicos analizaron la naturaleza de su mal, pero, incapaces de ponerse de acuerdo en un diagnóstico y menos en el tratamiento oportuno, la enfermedad se agravó lo suficiente para provocarle finalmente la muerte.

Sintiéndose morir, el caudillo de al-Ándalus pidió a su hijo Abd al-Malik y a algunos amigos íntimos que recibieran sus postreros consejos. Luego, a solas con Abd al-Malik, le repitió las instrucciones dadas unos momentos antes. Cuando su hijo y sucesor abandonó la tienda con el rostro arrasado en lágrimas, el agonizante Almanzor le reprochó su falta de valor con palabras que demostraron ser proféticas: Esta me parece la primera señal de la decadencia que aguarda al imperio.

El caudillo amirí murió la noche del 10 al 11 de agosto de 1002.

Sobre su tumba se escribió:

“Sus hazañas te informarán sobre él como si con tus propios ojos lo estuvieras viendo, ¡Por Allah¡, nunca volverá a dar el Mundo nadie como él ni defenderá las fronteras otro que se le pueda comparar.”

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Provincia de Soria

Crónicas

La primera mención de Calatañazor y de la batalla que lleva su nombre proviene del también obispo-cronista Lucas de Tuy, conocido por el Tudense, que en su obra titulada “Chronicon Mundi” (hacia 1236) nos relata esta supuesta batalla de forma totalmente anacrónica:

“…Después desto ( de la conquista de Santiago de Compostela y destrucción de su iglesia en el verano del 997), el rey Vermudo ynbió mensajeros al conde Garci Fernández de Castilla y a García (el Temblón) de Pamplona para que le diesen ayuda para combatir a tantos enemigos… Y como Almançor salio de Galizia y otra vez quería destruir los términos de Castilla, corrio a él el rey Vermudo con gran hueste e en el lugar que se dice CALATANASOR muchos millares de sarracines cayeron, y si la noche non cerrara el día, ese Almançor fuera preso. Empero ese dia no fue vencido, mas de noche tomo fuyda con los suyos. Y al dia siguiente el rey Bermudo mando ordenar las hazes… mas llegándose la hueste a las tiendas de los sarraçines, fallaronlas solamente, fartadas con muchedumbre de despojos. Mas el conde Garçi Fernández, seguiendo los moros que fuyan, mato innumerable muchedumbre de ellos. Pero fue vn maravilloso dicho en ese dia que en Calatanasor fue vencido el rey: vno como pescador en la ribera del rio Guadalqueuir, como plañendo, boces en palabra caldea, e a ueces en española, clamaua diciendo: en calatanaçor perdio almançor el atambor “, que quiere decir su alegria; veniendo a él todos los bárbaros de Córdoua, e como se allegasen a él, desfaziase ante sus ojos y llorando a ellos otra vez aparesçía e lo tornaua a decir. Este creemos que fue el diablo que lloraba la cayda de los moros. Mas Almasçor, desde ese dia que fue vençido, nunca quiso comer ni beuer y veniendo a la çibdad que se dice Medinaceli morio….”

La otra versión de la misma época, es también resumida por el arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada, conocido por El Toledano. Obispo de Osma (Soria) antes de ocupar la silla episcopal de Toledo y muy vinculado con el célebre monasterio soriano de Santa María de Huerta. Dice así:

“Y así, en el año decimotercero, Almanzor, tomado de nuevo su ejército, penetró por la parte de Galicia que se llama Portugal…..y habiendo llegado a las tierras cercanas al mar, destruyó también la ciudad y la iglesia de Santiago, pero espantado por un rayo, no se atrevió a hollar el lugar donde se creía estaba el cuerpo del apóstol…Lo que si hizo…llevarse las campanas menores como señal de victoria, y las utilizó como lámparas en la mezquita de Córdoba…Al, como después podremos comprobar, Almanzor y su ejército…fue aniquilado por una peste asquerosa de por si, esto es, la disentería… Y así Almanzor, forzado por la peste, regresó a su tierra. Por su parte el rey Vermudo, forzado por los acontecimientos, envió una embajada al conde de Castilla García Fernández y al rey de Navarra García el Temblón para que, olvidados de las afrentas, hicieran frente común a librar en los combates en defensa de la fe….y cuando todos se hubieran reunido, salieron al encuentro de Almanzor, que venía con sus árabes a invadir Castilla, en un lugar que en árabe se llama Calatañazor y en latín Altitudo Vulturum (Altura de los buitres). Y como ambos bandos se arremetieran a conciencia, pereció la mayor parte del ejército agareno; sin embargo, al cesar la batalla con las tinieblas de la noche, ninguno de los dos bandos cedió terreno; pero al constatar (Almanzor) la carnicería que habían sufrido los suyos, no se atrevió a reanudar el combate. Por lo que huyó de noche, y al llegar al valle de Bordecorex, expiró abatido por el dolor y fue llevado a Medina, la llamada Celi. Con la primera luz del día, el ejército cristiano creyó que los árabes volverían al combate, pero cuando comprobaron que las tiendas estaban vacías, se hicieron con ellas, los bagajes y demás botín. Por su parte, el conde García Fernández, emprendiendo con ardor la persecución de quienes habían escapado a la muerte, no dejó casi ninguno con vida. Almanzor por su parte, el que siempre había vencido, se siente tan abrumado por el dolor que desde el día del combate hasta el último de su vida no probó alimento ni bebida alguna.”

Según el profesor Menédez Pidal:

Almanzor hizo la última expedición de su vida, dirigiéndose a través de Castilla, hacia San Millán; fue una expedición victoriosa como todas, pero tuvo que retirarse al sentirse muy enfermo. Se hací­a llevar en litera… agobiado por crueles dolores… repasó la frontera y llegó a Medinaceli, primera plaza de armas musulmana; murió el 10 de agosto del 1002.

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