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ARREGLAR EL MUNDO

Acudo a una cita con buenos amigos de toda la vida al “Café de Oriente” para almorzar el menú de día en el bistró que es accesible para un jubilado y está siempre muy bien cocinado.

En la plaza, hace un frío que pela y un sol radiante que invita al paseo. Se ven grupos de turistas ateridos y gente que va y viene. Acomodados en un sofá y unas sillas muy confortables, hablamos de lo divino y lo humano y la conversación casi sin querer nos arrastra hacia el modelo educativo de nuestra juventud.

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Todos estamos de acuerdo en que era superior al de ahora y que producía efectos muy positivos. Salíamos del bachillerato teniendo grandes conocimientos generales, con el bagaje suficiente para expresarnos y comportarnos.

Lamentablemente, ahora, fruto de la educación que los socialistas se empeñaron en imponer y del Estado autonómico disgregador, se sale sin saber nada de nada o todo lo más, con un cierto conocimiento de la lengua inglesa. Es pasmoso que las nuevas generaciones no conozcan nuestra historia común o la geografía propia. 

Pero no todo es la educación, también contribuye al colosal desconocimiento del que hacen gala nuestros donceles, la ausencia total de lecturas en su periodo formativo. Y es una pena. Las nuevas tecnologías y la televisión han acabado con la afición de leer. Nadie dice a los adolescentes lo que se pierden. Recuerdo que mis primeras lecturas, Emilio Salgari, Julio Verne o Anthony Hope, han permanecido en la memoria. Siempre vuelvo a ellos. Leer es abrir una ventana formidable a la comprensión del mundo y no señalar a los más jóvenes, los autores que deben leerse es ocultar dolosamente una de las formas de autoeducación más efectiva. Quien lee cotidianamente, se expresa y escribe razonablemente bien.

Entiéndase que no solo es leer, hay que aprender múltiples materias para desarrollar lo que Poirot llamaba las “pequeñas células grises”, despertar la curiosidad y preparar el mañana con garantías de éxito. Eso sin añadir que quien sabe, disfruta mucho más de las cosas de la vida. Uno piensa que una sociedad bien educada tiene ganado su propio futuro. 

Para mí tengo que el sistema educativo actual es una gran engañifa. A los chicos no se les educa en el esfuerzo, en el sacrificio, en la superación de las dificultades mediante el trabajo y conste que de todo esto no tienen la culpa los docentes que, dado el nivel de tolerancia con la mala educación, la estulticia y la ignorancia que se enseñorea de las aulas, bastante tienen con aguantar estoicamente un ambiente hostil, cuando no, abiertamente contrario al ejercicio de su profesión. 

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Los carcamales presentes en la mesa del Café de Oriente convenimos en que sin el ejercicio del estudio y la memoria no hay conocimiento. Memorizar es clave en el proceso de aprendizaje. En esto como en casi todo debemos volver a los antiguos métodos. Y no es la nostalgia legítima de mejores tiempos. Está visto que la tolerancia con la indolencia no produce los efectos deseados. Es necesaria la disciplina tan denostada ahora. No digamos el fomento del amor a la Patria o el estudio de la religión, siquiera para explicar el catolicismo como creador de nuestra identidad nacional.

También es imprescindible inculcar en los estudiantes el respeto por sus profesores. En nuestro caso veníamos aprendidos de casa. A mí siempre me dijeron que había que considerar a las personas mayores, ya que se suponía que por el mero hecho de ser mayores sabían más que nosotros y tenían ganada nuestra estima. Igual conducta se exigía para tratar las damas. Me temo que todo eso de la violencia de género no es más que la traducción a la vida real de la igualdad predicada por el feminismo. 

Naturalmente los hombres y las mujeres somos iguales en derechos y deberes, pero somos muy distintos en todo lo demás. Gracias a Dios. Porque si fuéramos iguales, se acabaría la especie. Y yo no estoy por la labor. Tres hijos y siete nietos dan fe de mis convicciones al respecto.

Pienso que deberíamos replantearnos los métodos de enseñanza e intentar mejorar los resultados de un sistema que condena a nuestros púberes a la ignorancia más absoluta. Cuando dan las cinco de la tarde, levantamos el campo, convencidos de que hemos arreglado el mundo. 

Fuera, hace un rasca muy considerable. Busco un taxi y me despedido de los amigos con grandes abrazos.

No miento si digo que volví a casa más optimista de lo que me fui.