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EL SÍNDROME DE DIÓGENES

Alguna vez me he preguntado si mi desmedida afición por coleccionar las cosas más variopintas será síntoma del llamado síndrome de Diógenes que es enfermedad propia de los ancianos indigentes.

La verdad es que la manía me viene desde mi más tierna infancia, pues ya en aquellas calendas, reunía cromos, sellos y soldaditos de plástico, con los que montaba guerras muy cruentas, para que pudieran actuar dos ambulancias, que me habían regalado, siempre generosos, los Reyes Magos.

Me dicen que la enfermedad de Diógenes se manifiesta por el abandono de la higiene personal, el aislamiento voluntario en el hogar y la acumulación en él, de grandes cantidades de basura y desperdicios. Nada de eso me pasa a mí y ello me congratula. Jamás he coleccionado basura o desperdicios.  Lo cierto es que tengo una casa grande, antigua, en la que caben muchas cosas y que, al cabo de los años, casi sin querer te encuentras con multitud de objetos diversos que responden más a la curiosidad que al afán de acaparar piezas interesantes. Uno se da cuenta, a la vista de tanta diversidad de materiales, que ha sido más un indagador de inutilidades que un auténtico coleccionista.

Mi colección más preciada es la de prendas de cabeza militares. Tengo algunas piezas importantes, pero personalmente me quedo con un casco pickelhaube de cadete de la Escuela Militar de Colombia, otro del mismo tipo de la Escuela Militar chilena y un chacó uruguayo del Regimiento Blandengues de Artigas, los tres de muy bella factura. El casco de pico de general del ejército español, que me regaló el coronel don Joaquín Riera, a quien mucho quise, procedente de su abuelo, no es nada despreciable. Muy decorativo resulta, para mi gusto, el kepis del Regimiento Los Colorados, la Guardia Presidencial boliviana. Con un ros guatemalteco, que allí llaman kepis, aunque no lo sea, fotografié a mi nieto Guillermo y salió la mar de guapo. 

Tengo más extravagancias recolectoras; colecciono libros, sirenas, sables, máscaras africanas, pintura, imágenes religiosas, medallas de mesa, modernos recados de escribir o estilográficas, de todo. Una locura, si se piensa bien.

Una temporada, hace ya tiempo, me dio por los bastones. No logré nada del otro mundo, pero, si ahora a la provecta edad, me fallan las piernas, que no es descartable, tengo provisión de muletas.

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De mi obsesión por la pintura, he escrito mucho y no quiero repetirme. Soy un entusiasta del retrato. A mí, me han retratado mis amigos, Ángel Frontán, José María Boluda, Fernando Polo de Alfaro, Nuno de Pinto Leite, Fernando Reca y Antonio de Sousa Lara. También mi hija y Vicente Sobero. Me ocurre que me miro en las telas y me encuentro extraño. Soy yo y no soy yo.  Lo de las sirenas me viene de antiguo, las poseo en papel maché, barro cocido, porcelana e incluso bronce, aunque no es fácil conseguirlas. Ni siquiera la cerámica gallega de Sagardelos, las fabrica. Han hecho una figura alegórica de la Republica, con su gorro frigio y su bandera tricolor, que ya me dirán que pinta en la Galicia de hoy, pero de sirenas, nada. Las sirenas, ya se sabe, son esquivas. Mi hijo Jaime me regaló una de metal, muy colorida que preside mi despacho, junto a un retrato de don Carlos VII, grabado por Bonnat, que coloreó a la acuarela mi hija Berta, verdaderamente muy hermoso.

También tengo un busto del Rey carlista en bronce, con peana de mármol que me gusta mucho y una dolorosa en madera, de esas que se vestían antes. 

Mi despacho tiene las hechuras de un rastro: Hay banderas, entre ellas, un banderín bordado, de corneta, del 7º Regimiento de Caballería Lanceros de España; la bandera de percha del Décimo de Infantería; una bandera de mesa de la Orden de San Lázaro; otra, con mis armas bordadas; dos preciosas acuarelas de Bartual con uniformes españoles del siglo XVIII; un magnífico óleo, que heredé de mis padres, con una bailarina de ballet por Donnay, que recuerda vagamente a Degas. A todo esto, se unen dos cartas de su puño y letra, de Vicente Aleixandre y Camilo José Cela, felicitándome por mi primer libro de poesía. Están enmarcadas y les tengo un cariño reverencial.

Hay también gorras militares, inglesas, búlgaras, españolas, hispanoamericanas y un sombrero de Alabardero; lupas pequeñas y grandes; estilográficas, algunas de mérito; un viejo repostero; una cruz de plata copta etíope, que me regaló Alfredo Escudero; la medalla de la Vieja Guardia de mi suegro; el peto, enmarcado, de la guerrera de un soldado de caballería, del Regimiento de la Guardia del Generalísimo; otro de Infantería, una estampa de Santiago Matamoros; un San Miguel Arcángel que me hiciese de regalo, mi admirado amigo Pascual Martín Villalba con la técnica del socarrat valenciano; una sirena gorda, muy recatada, en bikini; libros de toda índole y condición, con mucha heráldica y poesía de los amigos; fotos antiguas de parientes a los que nunca conocí, fotos de familiares a lo que siempre reverencié y aún de otros, a los que nunca tuve simpatía, fotos dedicadas por príncipes lejanos; o sea, de todo y por su orden.

Del techo cuelga una araña de falso bronce dorado, del año de la polca, que no recuerdo de quien heredé. La mesa es grande, como si de un animal varado se tratase, de estilo renacentista (Remordimiento español, que dijo el sabio) en la que no puedo escribir porque los libros lo inundan todo. En una ocasión, quise colgar del techo el esqueleto de un cocodrilo, como si de botica bizantina se tratase, pero mi mujer, con buen criterio, no me dejó.

En fin, un batiburrillo, todo un cúmulo de restos de un mundo que se nos va o que quizá, ya se haya ido del todo. No me pesa y no pienso cambiarlo por algo más minimalista.

Padezco de horror vacui. Salvando las distancias, me doy un aire al Rey Luis XIV de la Francia, que visitando las Tullerías y viéndolas muy desprovistas de mobiliario, con un mucho de abandonadas, quizá ruinosas, proclamó en voz alta: ¡Vive Dios, que este palacio se asemeja a una mazmorra! 

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Pues eso. Las estancias vacías me dan alergia e incluso, creo, que se me eriza el poco pelo que me queda. Me parecen hospitales sin alma. A las clínicas les pondría trazas de palacios barrocos, camas con dosel y enfermeras con cofia. Si algo me revienta del personal sanitario de ahora, es que te tratan como si te conociesen de toda la vida y te gritan como si fueras sordo. Una decoración más tradicional, algo más imaginativa, les ayudaría a mantener las buenas formas, digo yo. Con todo esto, me doy cuenta de que no soy moderno ni actual, a pesar de que algunos me consideren un poeta vanguardista.

Pienso que la vanguardia es la tradición del mañana, pero a lo peor, soy el único que lo piensa. O a lo mejor, una casa atiborrada de recuerdos, como la mía, es síntoma de que uno ha vivido feliz y satisfecho y que la vanguardia me ha ayudado, contra todo pronóstico, a que no me diagnostiquen a estas alturas, un síndrome de Diógenes como una catedral.

Las fotos que acompañan este artículo están hechas en mi despacho y atestiguan el batiburrillo de cosas inútiles en las que se ha convertido, El niño que está junto a conmigo y mi mujer es mi nieto Gonzalo.