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LA VENGANZA DE SATAN

 

 No suelo ser pudoroso, pero muy pocas veces he contado la visita que me hizo el malo, mientras escribía diligente mi Diccionario del Diablo. Recuerdo que era una tarde muy calurosa de un tórrido verano y que mi mujer había salido para hacer un recado, dejándome solo ante el ordenador. De pronto, escuché unos pasos en el pasillo, el rechinar del parqué y todo eso y, no sé si por influencia de mi propia ensoñación o por una íntima convicción repentina, supe que el maligno estaba en mi casa y que venía a verme, a recriminarme, sin duda, mis escritos contra sus abominables quehaceres. Me levanté despavorido, blandiendo una cruz copta que guardo en mi despacho, al tiempo que insultaba como un poseso al señor de los infiernos. Me figuro que debía ser un demonio de menor cuantía. Tanto improperio de trazo grueso le debió asustar.

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 No hubo más. Me bastó la fe y la cruz, para que las manifestaciones del diantre despareciesen. Terminé felizmente el libro, se publicó, con un cierto éxito entre los pecadores a quienes iba dirigido y, se presentó en memorable acto en la Torre de los Lujanes, comentado por tres queridos amigos: mi dilecto Juan Van Halen, mi admirado Luis Alberto de Cuenca y mi venerado Alfonso Floresta. Allí tuve la impresión de que Satán nos observaba, sentado entre el público que escuchaba atento. Charlatán, como suelo ser cuando estoy a gusto, lo dije, obteniendo de los presentes algunas risas escépticas.

 Al poco de todo aquello, me diagnosticaron un cáncer de próstata con metástasis ósea. Pensé para mí, que la fiesta que es el mundo se acababa. Tuve, lo confieso, mucho miedo que disimulé como pude. No me gusta nada provocar compasión en los demás. Como era un diagnóstico tardío, que no se podía operar, mi urólogo el doctor y amigo Juan Ruiz de Burgos me aconsejó radioterapia y me puse en manos del doctor Calvo, un sabio, antiguo alumno del Ramiro de Maeztu, como yo, que desde entonces me cuida. Esto del Ramiro es una hermandad, dicho sea de paso. Ya llevo cinco años de supervivencia, lo que no está nada mal. Tengo una confianza ilimitada en Dios y sé que viviré lo que Él disponga. Hace poco que me radiaron el cáncer de huesos.

 Después de tantos y tantos sucedidos, pienso que el belcebú ha querido vengarse de mi por intentar desenmascararle. Lucifer es muy suyo, no consiente que nadie denuncie su existencia, porque saca mucho rédito a la incredulidad actual. Si no se cree en él, no existe para el común y, por tanto, puede enredar a sus anchas. Ya dije en una ocasión que se vale de nuestra mucha soberbia para realizar su cometido. A fe mía que ha conseguido mantenerme siempre en ascuas. Escribo esto, porque me ha subido el indicador prostático, el llamado PSA, de una manera desmedida, tanto que pensé por un momento que estaba muerto.

 Esto de la muerte forma parte de la venganza del cabronazo de don Satanás de los enormes cuernos. Nunca, antes había pensado en la muerte. La muerte siempre era una posibilidad remota. Ahora, la parca aparece en el horizonte como algo cercano. No veo a la huesuda como una fría enemiga, al contrario, me parece que puede ser una aliada. Venimos a este mundo para morir. El médico me ha prometido decirme la verdad en todo momento, lo que es una ventaja. Uno tiene derecho a despedirse de los familiares y los amigos. Don Felipe Calvo me ha puesto un tratamiento con pastillas, lo que es señal de que no me ve muy mal. Ya estoy casi convencido de que el malo no se saldrá con la suya. Su venganza sigue su curso, pero barrunto que esta vez resurgiré sin daños considerables. Y de seguro, con una sonrisa burlona en los labios por fastidiarle, una vez más.

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