Armas del Vizconde de Ayala y Marqués de la Floresta

Armas del Vizconde de Ayala y Marqués de la Floresta

Artículo del Dr. D. Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila, Vizconde de Ayala y Marqués de la Floresta

 

Una reflexión crítica sobre el primer exlibris portugués

 Dr. D. Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila, Vizconde de Ayala

da Academia Portuguesa da Historia

e da Academia Portuguesa de Ex-Libris

 

Esta es una cuestión polémica, toda vez que el debate sobre cuál pueda ser y considerarse el primer exlibris portugués es largo en el tiempo, y todavía no se ha resuelto definitivamente.

   Para Francisco de Sousa Viterbo, el primero que usó un exlibris en Portugal habría sido el bibliófilo quinientista João Vasquez, maestresala de la Duquesa Isabel, esposa desde 1430 del Duque Felipe el Bueno de Borgoña. Por su parte, Antonio Leandro Bouza afirma que el primer ex libris lusitano conocido perteneció a Jorge de Almeida (1531 a 1585), arcediano de Évora (considerada la patria portuguesa del género). En cambio, Martinho da Fonseca afirma que el exlibris no se usó en Portugal hasta el siglo XVII, considerando el más antiguo el de un chantre de la catedral de Évora, del que más adelante haré mención. Moreira Rato estima que ese exlibris más antiguo podría ser la lámina heráldica grabada con las armas del obispo de Coimbra, dom Afonso de Castelo Branco (1522-1615); pero no consta que esa lámina se utilizase jamás como un exlibris.

   Los autores modernos, grandes autoridades en materia de exlibris lusitanos, concuerdan en que el uso del exlibris en Portugal no se remonta más atrás del siglo XVII, es decir, que la moda tardó casi ciento cincuenta años en llegar hasta Portugal desde el centro de Europa, donde nació hacia el 1450; y cien años en atravesar la Península Ibérica, en cuyo extremo nororiental ya tengo dicho al tratar del exibris del canónigo barcelonés Francisco Tarafa (1495-1556), que se usaron exlibris desde mediados del siglo XVI.

    Esos mismos autores modernos, tales los egregios Segismundo Pinto y Sergio Avelar, con otros muchos, vienen considerando que el primer exlibris portugués fue el que usó don Manuel de Moura e Corte Real, II Marqués de Castelo Rodrigo.

   Yo, con toda humildad, porque soy un simple aficionado al exlibrismo; pero con toda contundencia, porque tengo alguna experiencia y algunos conocimientos en los campos de la Historia en general, y de la Heráldica en particular, debo combatir esa atribución. Y ello por varias razones que voy a relatar enseguida; pero diré, antes de pasar adelante, algo acerca de la trayectoria vital del propietario, y también describiré la pieza en cuestión y su ubicación.

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      Don Manuel de Moura e Corte Real, II Marqués de Castelo Rodrigo y I Conde de Lumiares, nacido en Lisboa en 1582 y muerto en Madrid el 28 de enero de 1651, fue también señor de las capitanías de Angra y São Jorge, comendador mayor de la Orden de Alcántara, comendador mayor de la Orden de Cristo, gentilhombre de cámara de Su Majestad, embajador en Roma (1639-1641) y en Viena (1641-1644), y gobernador general de Flandes (1644-1648). Se mantuvo fiel a su Rey y Señor natural tras la rebelión del 1º de diciembre de 1640, y vio luego confiscados todos sus bienes en Portugal por los rebeldes. Vuelto a España desde Flandes en 1648, fue nombrado en aquel año consejero de Estado y desde 1649 fue mayordomo mayor del Rey Católico, el supremo cargo palatino de la Monarquía Universal hispánica, que jamás hasta entonces se había dado a un Grande que no fuese castellano. Por entonces fue retratado por el gran Velázquez -de origen también lusitano-.

     Y vamos ahora a su presunto exlibris. Se trata de un grabado al buril y aguafuerte sobre cobre (calcografía), de gran tamaño (la hoja en que está impresa mide 204x311mm), que dentro de una orla cuadrangular sencilla nos muestra un escudo de armas timbrado por dos cimeras, a la manera germánica, que se blasona así: sobre cruz de Alcántara, cuartelado: 1º y 4º, de Moura; 2º y 3º, de Corte Real. El timbre diestro con cimera de Moura y corona de Conde; el siniestro, de Corte Real y corona de Conde.

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      El único ejemplar conocido se encuentra adherido a las guardas de la obra de Damião de Goes, Livro de Linhagens (copia manuscrita sacada por orden del Marqués), en la Biblioteca Nacional lisboeta, códice 977. Ha sido descrito por Segismundo Pinto y Luis Farinha Franco en Ex-libris: colecções (Lisboa, 1998), número 101. Solamente se equivocan levemente al atribuir la cruz acolada a la Orden de Calatrava, cuando ciertamente el Marqués propietario de las armerías fue comendador mayor de la Orden Militar de Alcántara, cuya cruz es muy semejante, pero de color verde.

     La lámina aparece firmada por Jan Schorkens, un conocido grabador flamenco cuya labor se documenta en el Madrid filipino, en donde por entonces trabajaban también otros ilustres colegas y compatriotas suyos. En Madrid castellanizó su nombre, al uso de la época, firmándose Juan Schorquens. Nacido en Amberes  hacia 1595 y muerto en Madrid hacia 1630, fue uno de los grabadores más prolíficos de su tiempo, y un fino pintor retratista. Establecido en Madrid a partir de 1617-1618, trabajó con impresores y libreros de la Corte y de Alcalá de Henares, Lisboa, Huesca, Uclés y Barcelona. Abrió las láminas para las portadas e ilustraciones de las obras de Alonso de Herrera, Consideraciones de las Amenazas de Iuicio (Sevilla, 1617); de Melchor Prieto, Psalmodia Eucharistica (1622); de João Baptista de Lavanha, Viagem da Catholica Magestade del Rey D. Filipe II N.S. ao Reyno de Portugal (Madrid, 1621 o 1622; en esta obra se insertan sus mejores obras, como la gran vista de Lisboa según la pintura de Domingos Vieira, y los arcos triunfales); y de Gil González Dávila, Teatro de las grandezas de la villa de Madrid (Madrid, 1623). Sobre su vida en Madrid, véase la referencia de Javier Blas Benito en sus Grabadores extranjeros en la Corte española del Barroco (Madrid, Biblioteca Nacional, 2011).

     Y ahora ya es el momento de hacer la reflexión crítica que el título de mi oración promete.

     En primer lugar, me llama la atención el tamaño de la lámina, que es a todas luces desmesurado para un verdadero exlibris, máxime en una época en la que la mayor parte de los libros eran de dimensiones reducidas, es decir que se imprimían en 8º o en 4º. Un exlibris tan grande apenas hubiera sido de utilidad para su propietario.

     En segundo lugar, notemos la falta de atribución al propietario o a su librería; es decir, que nada en la lámina hace alusión ni al nombre del Marqués de Castel Rodrigo, ni tampoco a su librería, que la tuvo y buena, en parte heredada de su padre y en parte muy aumentada por él.

      En tercer lugar, también me llama la atención que el ejemplar conservado sea único, pues no se conoce otro alguno sino el que ya he dicho se conserva en Lisboa. Esta circunstancia hace muy sospechoso que esa lámina fuese un exlibris, pues naturalmente quien se mandaba confeccionar un exlibris, lo reproducía en buen número de ejemplares y lo colocaba en todos sus libros, que solían ser también numerosos. Pues bien: ya he dicho que no hay más que un ejemplar de esta lámina heráldica, y me parece muy raro que solamente uno de los libros del Marqués haya llegado hasta nosotros. Esto sería muy extraño.

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    Además, debo hacer notar la coincidencia del tamaño de la lámina heráldica del Marqués de Castel Rodrigo, con la que el mismo grabador Jan Schorkens abrió para ilustrar la portada de la edición portuguesa de la conocida obra del cronista y cosmógrafo regio João Baptista de Lavanha (Lisboa 1555-Madrid 1624), titulada Viagem da Catholica Magestade del Rey D. Filipe II N.S. ao Reyno de Portugal e rellaçao do Solene recebimiento que nelle se lhe fez a S. Magestade (impresa en Madrid, por Tomás de Junti, en 1621). Ciertamente, he examinado en Madrid, en la Biblioteca Nacional y en la Biblioteca Real, cuatro ejemplares distintos de esta obra, y creo que no solamente coincide la disposición de la orla, sino sobre todo sus dimensiones, pues en esta obra la portada nos muestra una huella de plancha de 196×292 mm, sobre unas hojas de 235×340 mm; mientras que doce de los quince grabados insertos, igualmente obra de Schorkens, tienen una huella semejante: entre 195-200×290-315 mm. Es decir, que la mayor parte de los grabados de Schorkens insertos en ese Viagem de Lavanha, tienen unas dimensiones muy semejantes a las de la única lámina conocida de Schorkens con las armas del Marqués de Castel Rodrigo (204×311 mm), conservada en la Biblioteca Nacional lisboeta. Naturalmente, convendría examinar con mayor detenimiento ambas obras, sobre todo la lámina en cuestión, para confirmar las dimensiones exactas, y las calidades y marcas del papel utilizado en cada una, y para compararlas.

    Recordemos que los Marqueses de Castel Rodrigo figuraron en esa famosa Jornada Real de Lisboa de 1619, acompañando al Rey y ocupando lugares destacados en todos los actos públicos allí celebrados, en particular durante las Cortes allí celebradas para jurar al Príncipe, y por eso les cita reiteradamente el cronista del Viagem, João Baptista de Lavanha.

     Pero es que hay más, mucho más, en cuanto a la estrecha relación que unió a nuestro segundo Castel Rodrigo, con el cosmógrafo y cronista Lavanha, como tiene demostrado el profesor Bouza Álvarez: Castel Rodrigo encomendó a Lavanha la copia y transcripción de muchos códices y manuscritos genealógicos portugueses, e incluso patrocinó la edición romana del Nobiliario del Conde de Barcelos (1640) y en otras publicaciones. Parece ser que Castel Rodrigo quiso enaltecer sus orígenes familiares, y para ello contrató al cronista-mor Lavanha, quien no siempre fue un fiel copista de los manuscritos antiguos obtenidos en la Torre do Tombo que transcribió para su patrocinador durante años -véase en Fernando Bouza, Corre manuscrito: una historia cultural del siglo de oro (Madrid, 2001), en el capítulo dedicado a la circulación de manuscritos en España y en Portugal, páginas 70-80. También se ocupó Lavanha, bajo la protección del segundo Castel Rodrigo, en ciertas gestiones en Lisboa, sobre asuntos y reformas navales.

    En conclusión, yo creo que el llamado y considerado exlibris del Marqués de Castel Rodrigo, ni fue ni es en verdad un exlibris, ni fue concebido como tal ni para tal fin. Se trata de una lámina heráldica de considerable tamaño, probablemente abierta por Jan Schorkens para ilustrar la edición en castellano y en portugués del Viagem da Catholica Magestade del Rey D. Filipe II N.S. ao Reyno de Portugal. Esa lámina heráldica, soberbia por cierto, no llegó jamás a integrarse en el libro de Lavanha, sospecho que por decisión del propio Rey, que quiso que tan importante edición fuese solamente suya -y así la lámina preparada en memoria del fallido mecenazgo de Castel Rodrigo no llegó a reproducirse-. Y, casualmente o por circunstancias que ignoramos, una prueba de artista -porque obviamente la conservada en Lisboa es una prueba de tórculo, a la vista de su escaso entintado-, fue pegada y adherida a un ejemplar manuscrito del Livro de Linhagens de Damião de Goes, hoy conservado en la Biblioteca Nacional de Lisboa. Así de sencillas creo yo que pudieron ser las cosas en lo atinente a esta lámina heráldica, que jamás fue un verdadero exlibris.

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     A la vista de estas circunstancias, considero que el más antiguo exlibris portugués pasaría a ser, esta vez sin duda alguna y con todo derecho, el que usó a mediados del siglo XVII el diplomático Francisco de Melo e Torres, I Marqués de Sande y I Conde da Ponte (1620-1667), por cierto, uno de los conspiradores de diciembre de 1640 que, rebelados contra el Rey de ambas coronas, lograron la independencia de Portugal.

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Le habrían seguido en el tiempo los exlibris del eximio canónigo evorense Manuel Severim de Faria (1583-1655), gran escritor y gran bibliófilo, cuyo exlibris fue grabado por Andreas Paulus;

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el de don Francisco de Mascarenhas, I Conde de Conculim (1662-1685), grabado por João Gomes hacia 1680;

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 y el de Luis José de Vasconcelos e Azevedo (1671-1713), grabado por Clemente Bellinque hacia 1695, en tres láminas de distintos tamaños, para distintos formatos de libros.

   Portugal, integrado desde tiempos remotos en el movimiento artístico-cultural del uso de exlibris, muy desarrollado aquí durante los siglos XVIII al XX, posee hoy un numeroso grupo de coleccionistas, una vasta y muy solvente bibliografía, y hasta revistas especializadas sobre el asunto. Y es que el exlibrismo portugués, junto con el catalán, han sido y son los más desarrollados de toda la Península Ibérica. Pero la tradición lusitana es mucho más larga en el tiempo -la catalana se inicia solo durante el Modernismo, hacia 1900, teniendo su auge en las décadas de 1930 a 1970-.

El Dr. Vizconde de Ayala

Alfonso-de-Ceballos