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Artículo de D. Rafael Portell Pasamonte, Vicerrector de la Academia Alfonso XIII; original remitido amablemente por su autor, para su publicación en el Blog de la Casa Troncal de los Doce Linajes de Soria.

¿CONJURACION DE LOS LEPROSOS?

Rafael Portell Pasamonte

 Diciembre de 2015

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 La vinculación de los judíos con los leprosos es muy antigua, según algunos historiadores romanos tiene su origen en la huida de Egipto de los hebreos dirigidos por Moisés, y entre los cuales figuraba algún grupo de contagiados por la enfermedad.

 También es igual de antigua, o quizás, todavía más, el segregacionismo  de los enfermos de lepra, ya que no debe ignorarse que hasta hace relativamente poco tiempo esta enfermedad era incurable, tenía unas consecuencias  gravísimas, sin conocerse, como se conoce en la actualidad que es difícil su contagio, además se le prohibía el contacto con las personas sanas y debían de llevar unas vestiduras y unos distintivos que les declararan notoriamente como leprosos.

 En la cristiana Europa de la Edad Media, a los judíos si se les permitía el trato y los negocios con los cristianos, pero no dejaban de ser considerados paganos, herejes y supuestamente, había que demostrarlo, sacrilegios. Vivian en zonas distintas (juderías) y a menudo  estaban separadas por muros y rejas.

 La unión de unos y otros, fomentada, por un tercero, dio lugar a los hechos que se narran a continuación, pero que aunque se  afirme su veracidad por historiadores modernos, no ha podido ser demostrado el origen primigenio del llamado “Complot de los leprosos”.

  En el mes de Junio del año 1321, ya cercana la festividad de San Juan, un rumor comenzó a circular de forma generalizada, primero en Francia, después por Alemania y España, causando el pánico en la población.

 Este rumor afirmaba que los pozos de agua de la región de Aquitania iban a ser envenenados por los leprosos a fin de matar al mayor número de cristianos posibles o al menos contagiarlos de la temida enfermedad.

 Por ello, Jean Larcheveque, señor de Parthenay, escribió una carta dirigida al rey Felipe V “El largo” en la que le transmitía las declaraciones de un leproso al que le habían hecho preso por andar circulando por sus posesiones sin dar a conocer su presencia, como era obligatorio para todos estos enfermos.

 Interrogado el leproso, con los medios que se empleaban a la sazón, y que no eran precisamente suaves, declaró que un judío le había sobornado con una gran cantidad de monedas, diez libras exactamente, al mismo tiempo que le entregaba un frasco con veneno, destinado a infectar todos los pozos, arroyos, manantiales y fuentes que pudiera con aquel brebaje. Además le prometía, dijo, mucha más cantidad de oro, si lograba que otros leprosos colaboraran en la misma tarea.

 ¿Pero de donde venían las órdenes y sobre todo quien había urdido tan siniestra y malvada conjura?  Parece ser, según opinión generalizada de aquel tiempo, que el rey moro de Granada, Ismail I (1314-1325), resentido por las continuas derrotas sufridas por su ejercito a manos del rey castellano, que había tomado las plazas de Belmez, Cambil, Porcuna y otras de menor identidad, concibió y urdió un plan para derrotar definitivamente a los cristianos.

 Para ello hizo llamar a su presencia a los judíos más poderosos y de más influencia de Granada, a los que les ofreció grandes sumas de dinero si conseguían exterminar a los cristianos, por cualquier medio imaginable, además, les prometió, también, entregarles Tierra Santa si conseguían que Francia cayera en poder sarraceno.

 Los judíos aceptaron el trato, pero se negaron a ser el brazo ejecutor, pues, alegaban y con razón, que serían ellos los primeros sospechosos  y propusieron que fuesen los leprosos, ya que estos estaban despechados por el trato infrahumano que recibían y que los convertían en seres viles y despreciables. Secretamente se pusieron en contacto con  leproserías, malatías y hospitales, sin que hubiese mucha dificultad para que los infectados por el mal de Hansen estuviesen de acuerdo, ya que, igual que a ellos, además, los judíos, les prometieron que aparte del dinero que recibirían, una vez desaparecidos los cristianos podrían ocupar sus tierras y propiedades, y así, de esta manera, volver a ser hombres libres a pesar de su enfermedad.

 Una vez conjurados los leprosos, los judíos les dieron grandes cantidades de una pócima para que envenenaran todo aquello que contuviera agua. Los ingredientes de la pócima era un secreto, pero parece ser que se componía de sangre humana, orina, tres tipos de hierbas sin citar  y, como no, hostias consagradas. Puesto a secar este brebaje, se machacaba para reducirlo a un fino polvo, que en el momento de usarlo se introducía en una saquita pequeña, provista de unas piedras y arrojadas a los pozos y fuentes. Rápidamente los leprosos se fueron posesionando de tales polvos, repartiéndose por toda la geografía europea hasta que la conjura fue descubierta y puesta, como se ha dicho antes, en conocimientos del rey francés.

 Pues bien, el rey Felipe, promulgó el llamado Edicto de Poitiers  de 1321, disponiendo que los principales culpables fuesen quemados vivos, pero como  no estaba clara todavía la unión de los judíos con los leprosos, solamente se quemaron a estos últimos. Las hogueras se extendieron por Toulouse, Albi, Cahors, Limoges etc. Los prisioneros, que eran sistemáticamente torturados, confesaban y sus confesiones alimentaban aún más las persecuciones.

 En el castillo de Chinón, próximo a Tours, se cavó una inmensa gran fosa y en la misma se procedió a encender una gran hoguera y en la cual en un mismo día fueron quemados 160 judíos, tanto hombres como mujeres. El cronista Guillaume de Nangis, relata que muchos de ellos se arrojaban  a la pira  cantando, como si fuesen a una boda; muchas mujeres se lanzaban con sus hijos en brazos, por el temor a que estos fuesen bautizados por los cristianos, cuando se quedaran huérfanos.

 Por toda Francia se sucedieron escenas como la anteriormente descrita. Cualquier leproso que fuese encontrado era llevando unos polvos o brebajes, era  llevado sin más a la hoguera, pues se decía que eran portadores del fatal veneno.

 Hasta entonces los leprosos habían vivido en instituciones de tipo hospitalario, casi siempre administrados por religiosos, bastante abiertas al exterior y en las que se entraba por propia voluntad, pero a raíz del descubrimiento de la conjura se ordenó su reclusión obligatoria. Por primera vez en la historia de Europa se estableció un programa de reclusión masivo de personas. Cosa curiosa era que el precitado edicto disponía, además, que si una mujer estaba encinta, se aplazase su ejecución hasta que diere a luz, y una vez efectuado este, era llevada directamente a la pira.

 En un principio no se molestó a los judíos, por el pago que efectuaron estos a las arcas reales de autenticas fortunas, pero el dinero pagado solo retraso unos meses su persecución

 Muerto el rey Felipe, su sucesor Carlos IV, en el verano del 1323 mandó expulsar a los judíos de Francia. Un año antes el papa Juan XXII ya había ordenado su expulsión de sus dominios.

 En la represión de leprosos y judíos habían intervenido, de una forma más o menos directa, aparte de los ya nombrados, multitud de inquisidores, jueces, notarios y autoridades políticas provinciales y locales. Estos fueron, en realidad, en provecho propio, de los instigadores, fraguadores y organizadores de las revueltas. Cierto es que se desconoce el origen de todo el entramado, pero está claro, que lo que se perseguía, al final era la expulsión de los judíos.

 En general hacia el año 1338 empezaron a remitir las persecuciones de leprosos permitiéndoles salir se sus confinamientos, pero con las mismas condiciones y restricciones que antes.

 El complot de leprosos tuvo tanta resonancia que incluso historiadores modernos creen en él, véase, “La historia de la lepra, ayer, hoy y mañana”. Medicina (Acad Col) 2003.

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