POR EL DR. JOSÉ MARÍA DE MONTELLS Y GALÁN.

Jubilosa jubilación la mía. Resulta que ahora, desocupado y feliz, me voy aficionando al futbol y veo por televisión con alguna asiduidad los partidos del Madrid o del Atlético. No es que abomine de mi notoria aversión al deporte, es que he vuelto a la mocedad, en la que, de la mano de mi padre, era un asiduo de los campos de la Ciudad Universitaria, donde asistíamos matinales a los partidos de rugby. Desde aquella tengo querencia por este deporte, aunque hace mucho tiempo que no estoy al día.
Escribí para la agencia de prensa de un amigo, mientras viví en Bruselas, allá por los ochenta, un artículo sobre los orígenes del rugby, pero me callé, porque no procedía, que el dicho juego tuvo un nacimiento vinculado a la Ciencia Heroica y al recibo, al cabo de los años, de un libro de Keneth Dunnig (1) , muy bien encuadernado, sobre el balón ovalado, me veo en la obligación de desvelar el misterio. 
Enrique VIII porHans Holbein d.J.074.
Dice Dunnig y es lugar común, que a partir de 1823, año en que, según la tradición, William W. Ellis, un estudiante del Colegio de Rugby (2) , con la finalidad confesa de desobedecer las reglas del futbol, tomó la pelota con las manos y la llevó hasta la meta contraria, es cuando debe datarse la fundación del nuevo juego. Otros autores señalan que el rugby moderno, al igual que el fútbol moderno, son una evolución directa del fútbol medieval británico, también llamado fútbol de carnaval, por jugarse en el tiempo de carnestolendas, un juego de pelota violento y reiteradamente prohibido, de reglas sumamente variables, que se practicaba popularmente en las Islas Británicas durante el medioevo europeo, en el que se usaban tanto las manos como los pies, así como la fuerza bruta para detener a los rivales.
Francisco I.
Sin embargo, tengo yo por cierto que el rugby, más o menos como lo conocemos hoy, nació en el año del Señor de 1520, en la ocasión de la visita que la Cristianísima Majestad de Francisco I le hiciera a Don Enrique, el de las seis mujeres, en el campo del Paño de Oro de Manchester, por pactar una paz universal que dispusiera a todas las naciones europeas para la lucha contra el Turco y de paso, detener la católica ambición de nuestro Carlos V. Cosas de la pérfida Albión!!!!
Así que, acordado el encuentro, tuvo lugar en los prados del territorio francés ubicados entre Guînes y Ardres, cerca de Calais -bajo dominio inglés en ese momento- con un gran derroche de esplendores por ambas partes, mucho refinamiento con los que ambos reyes rivalizaron y magníficas galas con las que se adornaron tiendas y casetas, con profusión de damascos, dorados y paños bordados en oro y sedas. Fueron seis mil obreros y dos mil albañiles y carpinteros los que edificaron un palacio de ladrillo, madera y tela para que sirviera de alojamiento al séquito de ambos monarcas durante las dos semanas  que duró el encuentro. De ahí que se denominase a aquellas campas, el campo del Paño de Oro.  
El Campo del Paño de Oro.
A título de curiosidad, aquellos soberbios gorrones consumieron dos mil carneros, setecientos congrios y cincuenta y cinco garzas. Por el intrigante Wolsey, el capellán de Enrique VIIII y Lord Canciller, sabemos que los franceses prepararon el congrio con una salsa de champán y almejas que hizo las delicias de todos y que los cocineros ingleses no estuvieron a la altura. Los anales nada dicen del pan, no se sabe cuántas hogazas comieron tanta y tan distinguida concurrencia. A mí me gusta el pan gallego, tostado y algo crujiente, pero me temo que en el Campo de Oro no hubo tal, que los franceses llevarían baguettes y los ingleses, su soso y anglicano pan de molde. 
Lo que se silencia con afán de ocultación y no sé muy bien porqué, es que entre los muchos juegos que Enrique VIII como anfitrión ofreció a los galos, se celebró un partido de futbol de carnaval, esto es un partido de rugby, entre los caballeros allí presentes con una sola regla establecida: durante el partido no se podía asesinar a nadie. Así que ninguna crónica consigna que hubiese muertos. 
El Pabellón de Enrique VIII.
Los franceses vistieron con camisolas flordelisadas y los ingleses con unos petos donde figuraba la rosa Tudor, la rosa cuyo diseño recoge las de York y Lancaster. A  lo que parece ganaron los de la jarretera, más duchos en los juegos violentos que sus oponentes y los franceses lo tomaron como una afrenta, cuyas consecuencias llegan hasta nuestros días. Miren la rivalidad de ambas selecciones en el Torneo de las Seis Naciones y juzguen Vds. mismos. Lo que me interesa resaltar aquí es la uniformidad de ambos equipos, netamente heráldica. Lises y rosas. En la época, no se podía concebir de otra manera. En nuestros días, conozco eruditos en lo que se llama heráldica deportiva, pero no he leído nada sobre la heráldica del Campo de Oro, donde naciera el juego de la pelota oval. No sabrán, digo yo, que la rosa roja de corazón blanco, se lució mucho antes que existiese la selección inglesa de rugby.
Rosa Tudor.
Aquellos fastos terminaron de manera abrupta, cuando el monarca inglés, tan aficionado a toda clase de distracciones y justas, desafiara a Francisco de Francia a un combate singular que acabó con la victoria del rey galo y toda la humanidad de Enrique VIII por los suelos. El mal perder del inglés hizo que, al poco firmase un tratado con Carlos V, entrase en guerra contra el franco. No me había vuelto a acordar de nada de esto, hasta que recibí el libro de Dunnig. El regalo de un amigo sevillano que ha poco ha estado en Londres.
(1)A brief history of rugby. Hampton Press.
(2)Rugby, es una ciudad del condado de Warwickshire en el medio oeste de Inglaterra, situada sobre el río Avon, el río de Shakespeare.